LA MUJER EN LA IGLESIA

12 Jun

No es justo, ni evangélico, ni testimonial, la situación de “minoría de edad”, de exclusión de los ámbitos de decisión y gobierno, la falta de igualdad real de la mujer en la Iglesia.

Eloisa Larrea

El sábado 16 de mayo tuvo su última sesión el CPD. Se presentaron cuatro ponencias con el tema del LAICADO. Entre ellas, Eloísa Larrea presentó ésta centrada en la figura de la mujer. En tono reivindicativo, puede hacernos sintonizar con lo que dentro llevan muchas mujeres que, con su presencia y su trabajo y entrega, sostienen a tantas y tantas comunidades de nuestra Diócesis. A pesar de la amplia acogida que tuvo, a D. Mario le pareció poco menos que fuera de lugar, alegando que el tema no era el sacerdocio de la mujer sino el laicado. Aquí la ponencia:

Quisiera aclarar tres cuestiones para comenzar

La primera que yo no soy ninguna experta en este tema, no he estudiado teología más allá de los cursos del Sedere necesarios para impartir clases de religión. Voy a hablar, por lo tanto, no desde lo intelectual, el estudio o la teoría sino desde la experiencia, mi experiencia, desde la vivencia, la opinión y el sentimiento que es un marco diferente al intelectual pero totalmente complementario. No vengo como experta y no me siento como tal. Aún así, estoy convencida de que lo que voy a tratar de expresar es todo ello RAZONABLE, es decir, de sentido común, que es el suelo básico en el que podemos entendernos las personas.

La segunda aclaración es que mi intención con lo que voy a decir no es provocar ni ofender a nadie sino, como me pedía Estrella, hacer mi reflexión, compartirla con vosotros y si sirve bien y sino queda mi disponibilidad y voluntad de hacerlo. Todo ello desde el amor y el cariño a la Iglesia de Jesús de Nazaret de la que me siento parte, partícipe y constructora

El último previo es deciros que voy a estructurar mi exposición en tres momentos: el VER, el JUZGAR y el ACTUAR. Es la metodología que he aprendido en los movimientos de AC en los que he participado y participo desde joven y no sé hacerlo de otra manera. En cada uno de ellos voy a poner hechos de vida, vividos por mí, o escuchados por mí que tratarán de reflejar o argumentar aquello que sostengo

1.- VER: Las mujeres mayoría en la base, “conjunto vacío” en los órganos de dirección

Estrella me decía que enmarcara mi pequeña intervención en el marco de la reflexión sobre el laicado que estáis haciendo en el CPD. Diría que la situación de la mujer en la Iglesia comparte todas las características que ella enumeraba en su intervención al hablar del laicado en general. En nuestra Iglesia hay mujeres con distinta conciencia de su ser creyentes y féminas, también hay diferentes niveles de participación e implicación en las comunidades eclesiales, desde las que son dominicales a aquellas otras mujeres a las que sólo les falta que les ordenen. Claramente convivimos mujeres con distintos grados de conciencia de nuestra situación, con distintos niveles de corresponsabilidad y de la misma manera con diversos niveles de formación y capacitación pastoral.

Pero, como ella decía también en su charla, hay un primer rasgo que define la situación de la mujer en la Iglesia en el que creo que estaremos todos de acuerdo porque es simplemente sociológico: SOMOS MAYORÍA.

1º) 1er rasgo del VER: Las mujeres SOMOS MAYORÍA en la Iglesia: solo hace falta dar un repaso a la realidad que vemos con nuestros ojos: somos las que limpiamos los templos y los locales (no sé si habrá muchos hombres que realicen este trabajo, pero daros cuenta de que cuando ha habido sacristanes como puesto de trabajo remunerado en las parroquias yo los que he conocido han sido todos hombres), participamos en la liturgia, en muchas parroquias además en exclusiva aparte del sacerdote, somos la mayoría de las catequistas de infancia, animamos grupos de jóvenes, acompañamos también la catequesis de matrimonios, adultos, llenamos los grupos de voluntariado de Caritas, y no digamos en las celebraciones dominicales.

¿Os imagináis una huelga de brazos caídos de este personal?

Sin embargo según vamos subiendo en la estructura eclesial vamos descendiendo en número, vamos siendo minoría. De tal manera vamos descendiendo en número e influencia que llegado un escalafón ya desaparecemos, no estamos, NO SOMOS NADA, no hay una sola mujer, NO EXISTIMOS, somos un conjunto vacío.

La representación gráfica de la situación de la mujer en la Iglesia sería una pirámide como las que yo dibujo a mi alumnado para explicar la sociedad estamental o el absolutismo monárquico.

Con ello llegamos a concretar la segunda característica de la situación de la mujer en la Iglesia:

2ª) Las mujeres no estamos en los órganos de dirección ni de decisión. No existimos en el “poder eclesial”. En 2015 tenemos mujeres presidentas de gobierno (curiosamente en un porcentaje elevado en países latinos donde también hay más católicos), presidentas de comunidades autónomas, de parlamentos, senados, FMI, órganos de dirección de la judicatura y un largo etcétera, pero no HAY UNA SOLA MUJER EN LOS ÓRGANOS DE DIRECCIÓN DE LA IGLESIA.

Ya sé que muchos van a decir que la Iglesia no es una organización al estilo de las demás que nos damos los seres humanos, que no es una democracia, que no se puede regir por los criterios del mundo. No estoy de acuerdo: la humanidad ha avanzado en toda su historia y en nuestra cultura ha pasado por la Ilustración y la revolución francesa poniéndose de acuerdo en que las personas, todas las personas, somos iguales en dignidad y en respeto, somos hermanas, y hemos de construir la justicia para todos los seres humanos desde la libertad, la igualdad y la fraternidad. Por ello yo me atrevo a afirmar que la Iglesia es una institución fundamentada en la fe en Jesucristo pero fundada y organizada por las personas y que aquella primitiva Iglesia del siglo situada en una cultura, un tiempo, unos esquemas mentales y unas costumbres no puede ser igual que la Iglesia que quiere ser profética en el siglo XXI y que a todo esto hay que darle una vuelta y abrirse las ventanas al mundo real, a sus valores.

Yo trabajé de permanente sindical en un sindicato durante seis años y en ese breve espacio de tiempo, lógicamente fui miembro de la comisión ejecutiva de mi federación, pero llegué a estar en la Comisión Ejecutiva Federal que era el máximo órgano de decisión de ese sindicato en Euskadi y lo hice precisamente por ser mujer, es decir, porque se veía necesario, enriquecedor e importante que las mujeres llegasen a ese ámbito de decisión. He sido también ocho años directora de un centro educativo público. Y digo esto para remarcar que cuando hablo de órganos de poder no lo hago en el sentido peyorativo que podemos darle de “ansias de poder” sino en el positivo, ya que el poder también es servicio, pensar en los demás, tomar decisiones para favorecer los débiles, para mejorar las cosas, para hacer un mundo más humano y justo.

Hecho de vida: comunidad de religiosas incardinadas en una parroquia de Bilbao. Una lleva la catequesis infantil, otra toda la iniciación cristiana de adolescentes y jóvenes, la animación en la fe de los monitores y monitoras eskaut, otra la atención a inmigrantes, varias (ya se repiten las personas porque son cuatro) trabajan en proyecto de apoyo escolar de Caritas, también en atención a inmigrantes, mujeres de la calle, preparan las celebraciones litúrgicas, ensayan con el grupo de música que las anima, pintan, arreglan y decoran los locales parroquiales y otras cuantas tareas que no son tan visibles pero que sostienen el quehacer y la tarea pastoral de una parroquia. Y… ¿en el consejo de la Unidad Pastoral no pueden DECIDIR? Pues así es, ni siquiera si en el presbiterio nos sentamos en una Eucaristía distintos grupos y miembros de la comunidad porque el sacerdote no está de acuerdo. Yo creo que la pasionista que coordina, trabaja, pone vida y corazón en esa Unidad Pastoral ¿por qué no puede ser la párroco?

Un hecho que recuerdo con tristeza y dolor es la sesión final de la Asamblea diocesana en el año 1987. Después de tres años de participación, corresponsabilidad, esfuerzo y trabajo para llevar adelante la tarea de la Asamblea en la Eucaristía final, en aquel escenario grande que se montó en la feria de muestras a modo de presbiterio cumplió la función que le da nombre: sólo hubo presbíteros en todo el tiempo de la celebración y bastantes, y las primeras filas, en la parte de abajo, donde estaba el pueblo, también fueron reservadas a los presbíteros. Me dolió porque pensé y pienso que no fue justo. Creo que aquella Comisión Organizadora de, creo recordar, de 34 miembros, que representaban a los territorios, al laicado, religiosas y cristianos en las mediaciones que se habían dedicado en cuerpo y alma a organizar una Asamblea del pueblo de Dios de Bizkaia que fue como un aire fresco tenían que haber estado allí. Es una foto que dice mucho. Ya se cerró la primera ventana porque había demasiado aire. Seguimos igual que hace treinta años en este aspecto también.

La última característica de este VER es que está situación de relegación en el gobierno de la Iglesia sólo tiene una razón y es su imposibilidad de acceder al ministerio ordenado. Insisto en que después de treinta años de la Asamblea no hemos avanzado nada, creo que hemos retrocedido. Allí se recogía como una de las conclusiones para trasladar a la Santa Sede la petición de acceso de la mujer al sacerdocio. Hoy parece ser un tema todavía más intocable que hace treinta años! Y pensad en todo lo que ha avanzado la mujer en la sociedad y la vida civil, nos hemos convertido en mayoría en muchos sectores profesionales que en ese tiempo empezaban tímidamente a abrirse al género femenino. También, en mi humilde opinión, habría que cuestionarse el modelo de sacerdote en nuestra Iglesia, pero es otro tema y no es el objeto de mi pequeña charla. Lo que sí está claro es que el ministerio ordenado es el que detenta el poder, toma las decisiones, marca las líneas fundamentales como lo hace cualquier gobierno del mundo y las mujeres, por el simple hacho de serlo, no pueden acceder a él. ¿Hay alguna otra realidad en la que sea así?

Hecho de vida: en tiempo de la Asamblea Diocesana en una celebración de la Eucaristía del tema de los jóvenes una chica leyó el evangelio. El sacerdote antes de comenzar la homilía volvió a leerlo y argumentó que “no había sido proclamado” porque lo había hecho un laico y encima mujer. Seguimos igual.

2.- JUZGAR: No es justo, ni evangélico, ni testimonial, la situación de “minoría de edad”, de exclusión de los ámbitos de decisión y gobierno, la falta de igualdad real de la mujer en la Iglesia.

MT 27, 55-56 / Mc 15, 40-41, 47 / Mc16 1-8 / Lc 23,55 – 24,12

Las primeras testigos de la Resurrección son las mujeres que acompañaban a Jesús “con mucha alegría… corrieron a anunciárselo a los discípulos”. Sin ellas “vana hubiera sido nuestra fe”.

Muy gordo tuvo que ser esto para que aquellos que lo recogieron por escrito setenta u ochenta años después de que sucediera siguieran poniendo en la boca y el corazón de las mujeres la experiencia fundamento de nuestra fe. Ellas por supuesto no pudieron escribirlo porque en aquella sociedad no se les estaba permitido leer y escribir.

A la luz de estos fragmentos del evangelio yo me pregunto: ¿Qué hace la Iglesia católica manteniendo la desigualdad y la marginación de las mujeres en los ámbitos de decisión, de gobierno? ¿Por qué en el año 2015 la Iglesia católica sigue vetando el acceso de la mujer al sacerdocio en igualdad de condiciones que los varones? En un país como el nuestro, en una cultura como la nuestra donde las mujeres en los últimos cincuenta años han accedido a todos los ámbitos de la vida pública y profesional seguimos sin poder hacerlo en pie de igualdad en nuestra Iglesia. Encontramos a nuestro alrededor torneras, fresadoras, conductoras de autobuses, taxistas, médicas, jueces, (por cierto mayoría ya), abogadas, camioneras, profesoras, escritoras, carpinteras, policías… ¿y sacerdotes? No, está vedado para la mujer.

A mí me provoca dolor, indignación, rabia, tristeza profunda escuchar en 2015 todavía… “es que Jesús sólo eligió hombres”. Jesús de Nazaret vestía con túnica y ¿seguimos haciéndolo? ¿Eligió hombres negros u orientales? ¿Usaba, tal vez, un ordenador, una tablet? Se cae por su propio peso, no resiste la modernidad este argumento caduco. No estamos ya en tiempos del medievo cuando san Agustín era capaz de combinar una misoginia radical con la enseñanza evangélica de la igualdad del varón y la mujer. A lo largo de la historia de la Iglesia muchos de sus pensadores, San Pablo, San Jerónimo, San Agustín, Santo Tomás… se olvidaron del anuncio revolucionario de la igualdad de todos los seres humanos, “ya no hay varón y hembra”, y se dejaron llevar y empapar por las estructuras patriarcales y misóginas del momento que les tocó vivir. Yo me atrevo a decir, siguiendo también lo que teólogas feministas han defendido, que las afirmaciones de todos ellos estaban muy pero que muy lejos del Evangelio de Jesús de Nazaret.

Estos argumentos que he mencionado más arriba creo que son, cuanto menos, infantiles. En el siglo XXI, no resisten el cedazo de la RAZÓN, y además me atrevo a afirmar que son profundamente injustos, antievangélicos y también antitestimoniales.

En cualquier ámbito del mundo real en el que nos movamos seguir manteniéndolos es totalmente ridículo porque no se sostiene con un mínimo de racionalidad. El ser humano hemos sido capaces de descifrar el ADN y… ¿no somos capaces de diferenciar lo que es cultural, propio de una cultura y un tiempo de lo que es sustancial y además justo? En cualquier encuesta a los compañeros de trabajo, de escalera, en la calle ¿Qué se dice sobre la situación de relegación de la mujer en la Iglesia? Que es ridícula, retrógrada, reaccionaria, signo de atraso y algo a cambiar y transformar. ¿Cómo vamos a ser adalides de la justicia, de la verdad, de la fraternidad?

Hecho de Vida: la Corona española ya va a poder ser heredada por las mujeres porque se entiende que es totalmente contradictorio con la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Ya nos ha pasado por la izquierda una institución más antigua que la Iglesia católica. 

Hecho de vida: he participado en los órganos de dirección de CCOO, del instituto por cuota, porque las instituciones entienden que es de justicia promocionar la igualdad de la mujer, se crean secretarías, instituciones que la defiendan y en la Iglesia se sigue con el argumento retrógrado de que “Jesús no eligió mujeres” ¿Qué tienen los hombres para ser depositarios de un mayor “ratio” del Espíritu, de ser los “únicos intermediarios” entre Dios y los simples seres humanos?

ACTUAR: “Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable” (Eduardo Galeano)

· Estudiar, formarse, investigar desde la óptica de la mujer, desde la visión feminista. Se hace en la historia, en la química, en las matemáticas y otras ciencias. Tiene que haber teólogas que hablen desde el rostro materno de Dios que ha estado oculto muchos siglos.

· Otro paso es leer, dar a conocer, publicar la teología feminista. Los círculos de pensamiento, escuelas sociales, IDTP… publicar, promocionar la teología feminista. Sacudirse siglos de dominación y relegación a un papel secundario, escondido invisible de las mujeres en la Iglesia. ENDEREZARSE como la mujer del relato de la curación de la mujer encorvada.

· EMPODERARSE, EMPODERAR A LAS MUJERES. Palabra nueva que utilizan desde el ámbito de la cultura, la investigación, la cultura y hemos de utilizar también en la Iglesia. Dar poder, en el buen sentido, a las mujeres, hacerles visibles, dueñas de sí mismas y tan dignas del espíritu, de ser reflejo de Dios, transmisoras de la fe y los valores del evangelio como los varones.

· Agruparse, unirse, juntarse para reivindicar el acceso al sacerdocio en pie de igualdad, para estar en los puestos de poder-servicio y de decisión de la Iglesia. En este punto los varones que ya están en los órganos de decisión tienen también tarea para reivindicarlo codo con codo con nosotras.

· SER VANGUARDIA en la defensa de la igualdad, los derechos de la mujer y en la denuncia de su situación. Hay un punto concreto en el que debemos actuar urgentemente y ser denuncia nítida y clara: “la violencia contra las mujeres” que se extiende en nuestra sociedad. La Iglesia debe analizar en profundidad su misoginia histórica, debe hacer un examen profundo de su responsabilidad y complicidad con las prácticas de dominación de las mujeres. Ha de reconocer el pecado cometido y debe crear y potenciar acciones concretas que sanen a estas mujeres, iniciativas de apoyo a las mujeres víctimas de la violencia de género, ha de denunciar en todos los foros posibles esa práctica antievangélica y pecadora. En fin, ser VANGUARDIA en la defensa de la mujer.

Termino con unas palabras recogidas en el libro “Queremos el pan y las rosas” de Lucía Román.

“La vida de Jesús de Nazaret genera en quien la acoge una experiencia de emancipación, liberación y plenitud. A lo largo de la historia y en la actualidad esta experiencia ha impulsado y sigue impulsando a muchas mujeres a comprometerse en la transformación de las condiciones de vida de las empobrecidas y discriminadas. Son mujeres valientes que forman parte de la historia de las pioneras de la emancipación femenina. La vida de María de Magdala, de las madres de la Iglesia (siglos I-IV), Hildegarda de Bingen, las beguinas, las místicas medievales, Clara de Asís, Catalina de Siena, Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la cruz, Flora Tristán, Dorothy Day, Teresa de Calcuta, Simone Weil, Mary Robinson y muchas otras mujeres cuyos nombres no han permanecido pero que también fueron testimonio vivo de ello. Han sido y son testigos de un Dios que no es varón ni mujer y que ha creado tanto al varón como a la mujer a su imagen y semejanza. Un Dios inconformista con el actual orden de las cosas. Un Dios que es salvación porque levanta del polvo de la opresión a las mujeres y a los hombres sin distinción, les reconoce su valor y dignidad. Un Dios que nos transforma en agentes de justicia entrañable, liberación y reconciliación.”

 

 

 
 

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