TODO MI SER TE AÑORA

1 Oct

ALOBERA.ABU05.JPGMagdalena Bennásar Oliver

¡Cuánta sabiduría en esas personas sufrientes, calladas y silenciadas por situaciones a veces inexplicables! Cuánto amor gratuito y sincero en esos cuidadores y cuidadoras que se pasan las horas de los días y las noches velando, sin turno prescrito, sólo la preocupación y el deseo del bien estar de la persona a la que se cuida.                 

En este inicio de curso, cuando todo se pone en marcha en centros educativos, parroquias…quedamos a un lado aquellas personas que por enfermedad o por cuidadoras no podemos montarnos en el tren de lo que se considera la vida.

No escribo como enferma sino como cuidadora de una persona bastante joven que por su estado anímico no puede montarse a ese tren y lógicamente necesita del cuidado, cariño y atención de alguien, esa soy yo en ese escenario.

Para mi es la primera vez que me toca un período tan largo, sin saber cuándo se terminará la “baja”. Es una manera diferente de iniciar el curso. La sensación es que la vida transcurre paralelamente mientras yo y la persona delicada, estamos a un lado.

¿Puede alguien identificarse con esta experiencia?

Puedes elegir entre dos caminos, uno, el más común tal vez, el de sentirte aislada, sola, que no cuentas porque no produces al nivel que sea. Otro, el más cristiano, mirar al Crucificado y sentir su latido en tu latido y en el de la persona con quien te toca esperar, pacientemente, con cariño y entrega, la salida del sol.

Mirar al Crucificado, sentir su latido, esperar con dignidad que esta mirada active lo mejor de ti para entrar en un espacio donde tú no controlas y sólo aquella mirada te sostiene y alienta.

Cuando la razón me sugiere sentimientos de indignación por las causas de la enfermedad que nos mantiene “fuera de juego” la mirada del Crucificado me habla de compasión y dulzura.

Cuando la razón me habla de posibles culpabilidades propias, errores tal vez, dudas…, su mirada me sugiere entrar en un mundo interior donde hay otras medidas y eficacias. Donde las palabras se hacen silencio a pesar de la angustia, a pesar del desconcierto.

Toda la semana voy orando un trocito del salmo 143: 8 y 11.

 “Hazme sentir tu amor cada mañana, que yo confío en ti; indícame el camino a seguir, pues todo mi ser te añora. Señor, dame vida, por tu fidelidad, sácame de la angustia.”

Y oro con aquellas y aquellos que no pueden “sentir” porque han tenido que bloquear sus sentimientos para protegerse del dolor sicológico, emocional.

Y me dejo invadir por el sentimiento de añoranza de experiencias de Dios más fáciles, para que me conduzcan a la experiencia presente, sin escapismos, porque es esta y no otra la experiencia que Dios en el Crucificado que tengo delante como símbolo de tantos crucificados en el mundo, me invita a vivir.

Y ahí, en ese silencio tantas veces inquietante, cuestionado por una mente cuestionadora, el alma reposa y conecta con las personas enfermas y sus cuidadoras. Este colectivo sigue otra programación, una que viene de dentro.

No sé si algún escriturista ha contado las veces que la palabra “angustia” sale en los salmos. No me interesa el número sino la intensidad que ello indica. El hombre y la mujer que oran, conectan con su realidad vital y esa es la que presentan al Crucificado, sea personal o social la cuestión angustiante.

“Todo mi ser te añora” sugiere una experiencia cercana e íntima que se echa en falta.  Que fue y tal vez ahora es menos. O debido a la situación tal vez tu manera de orar o de hacer silencio ha cambiado y te encuentras que parece que te falta algo.

Estar con el Crucificado no es fácil, ni se sujeta a un horario o postura corporal. Es asumir el dolor injusto de personas y de una humanidad, la de los márgenes, la que no cuenta pero que desde lo hondo del ser sabemos que son los que Jesús prefiere, por los que Jesús da la vida a pesar del desconcierto creado porque quienes se la quitan son los que no tendrían que ser.

También nosotras cuidadoras, mamás atrapadas en casa con bebés y con niños, enfermas y enfermos no jubilados que esperan con esperanza cristiana un giro en su enfermedad y que no siempre llega cuando se desea, o mejor, casi nunca. Como decía, también todos nosotros y nosotras empezamos el curso. De otra manera, eso  sí. Posiblemente no es la buscada ni deseada, pero es la concedida, la real.

Creo que se nos invita a ahondar, a crecer, a mirar con los ojos del Crucificado a las y los crucificados de hoy, no sólo en nuestras casas y barrios, también en tantos países que como sabemos están pasándolo muy mal.

¡Cuánta sabiduría en esas personas sufrientes, calladas y silenciadas por situaciones a veces inexplicables! Cuánto amor gratuito y sincero en esos cuidadores y cuidadoras que se pasan las horas de los días y las noches velando, sin turno prescrito, sólo la preocupación y el deseo del bien estar de la persona a la que se cuida.

Y todo eso no sale en los periódicos. Abramos los ojos, además de corrupción y guerras hay tanto para darnos vida y ánimo. Hay tantas personas que iluminan desde la sombra, sin más que su sabia presencia. Es a ellas a las que nos indica la mirada del Crucificado para aprender a vivir con dignidad y con el corazón ágil.

Tal vez añoro esa presencia, que no siempre he sabido descubrir, porque al final es donde está el Crucificado encarnado hoy.

Este curso, os invito a recordarlo. Yo por mi parte, lo intentaré también.

Magdalena Bennásar Oliver

espiritualidadcym gmail.com

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