Sor Lucía Caram: «Nunca condenaré a una mujer que quiera abortar»

22 Mar

Sor Lucía Caram: «Nunca condenaré a una mujer que quiera abortar»

Sor Lucia Caram abraza a la activista afgana Malalai Joya, durante el Encuentro con Mujeres que Transforman el Mundo. / Rosa Blanco
(El Norte de Castilla) Su primer tuit del día ha sido: «en las trincheras y en las heridas de la humanidad, late impaciente y vigorosa la certeza de k la libertad despuntará si no dejamos de soñar». Este domingo colgará alguno más, muy probablemente relacionado con el Encuentro con Mujeres que Transforman el Mundo que se celebra en Segovia y en el que ha participado este mediodía, y llegará fácil a las 7.400 publicaciones en su perfil antes de acostarse. Sor Lucía Caram tiene toda una legión de más de 52.000 seguidores en Twitter y el contador sigue disparándose cada día. También está muy presente en Facebook, donde su ‘parroquia’ rebasa los 27.200 fieles que esperan sus reflexiones. Es una «monja 2.0 y una gran emprendedora», como la ha definido antes de su conversación la presidenta de la Federación de Asociaciones de Periodistas Españoles, Elsa González.

Esta religiosa y activista es una de esas figuras religiosas que encarnan los aires de renovación que empiezan a soplar en la Iglesia con la llegada al pontificado del Papa Francisco, hace ahora un año. Dice lo que piensa, aunque a veces lo condense en esos 140 caracteres de su Twitter. Eso sí, siempre amable y con una sonrisa en la cara. Comulga con su compatriota argentino, con sus palabras, pero sobre todo con sus hechos.

La elección de Bergoglio «me hizo recuperar la esperanza». Sor Lucía explica que el poder de seducción del pontífice reside «en su normalidad». Ahora, cuando incluso el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Ricardo Blázquez, habla de abrir las puertas, la religiosa lo aplaude. Pero precisa que esa apertura es «para que la Iglesia salga». Recuerda que«Juan XXIII ya abrió las ventanas y se las cerraron y olía a podrido». Francisco vuelve a intentar airear una institución con la que la religiosa no oculta ciertas discrepancias hacia el modo en el que ha venido actuando.

El «chiringuito sacrosanto» de la Iglesia

Esa normalización que encarna el Papa es la cercanía a las personas. «Su grandeza está en asumir los problemas de la gente y no mirar hacia otro lado; reside en ir a las grietas y salir al encuentro de las personas para dar respuestas a esos problemas reales de la sociedad». Ese nuevo estilo del pontífice –insiste– sorprendió a propios y extraños, incluso por la vestimenta. Corrieron regueros de tinta y de tuits por los zapatos gastados de cordones de Jorge Mario Bergoglio, un calzado que no tenía nada que ver «con las mariconadas rojas que llevaban los de antes».

Incide en que la Iglesia sufre una «crisis institucional por haber querido controlar algo que es incontrolable y por convertirse en ideología, en un espacio de control de creencias y un órgano de poder mediante la imposición de unas máximas, cuando el único mandamiento ha de ser el amor». Ese comportamiento del estamento eclesiástico hace que «se aleje» de la sociedad. «La gente tiene necesidad de respuestas a sus anhelos de felicidad, pero la religión se ha dedicado a adoctrinar y de ahí nacen lo fundamentalismos». «La Iglesia ha perdido fuelle porque se ha dedicado a mantener su chiringuito sacrosanto que no lo reconoce ni Dios», ahonda con ese lenguaje de cercanía.

Y el Evangelio es la medicina que receta para cada uno de los males que le encocoran. La vuelta a la Sagradas Escrituras, a «vivir y servir». Por eso trata de pregonar con el ejemplo de «tener que ser capaces de ponernos en la piel del otro y entonces dejar de dogmatizar». Esa es la nueva evangelización para la dominica argentina.

La religiosa tiene para todos. No se libran los gobiernos, los políticos, los periodistas ni siquiera el fútbol al que venera de otra forma. La actualidad le aborda en las preguntas. Y lo mejor, no las evita. Respecto a la reforma del aborto que promueve el ministro Gallardón, «siempre estaré a favor de la vida, pero nunca condenaré a una mujer que quiera abortar». «Un Gobierno tiene que garantizar una ética de mínimos y no puede decidir una ética de máximos para los que han militado con una idea», esgrime sor Lucía Caram. Matiza que la Iglesia, como cualquier otro, tiene el derecho a decir lo que piensa al respecto. Eso no es susceptible de juicio alguno. Pero se revuelve y reprende a esa misma Iglesia de la que «quisiera que alzara la voz tan fuerte ante las injusticias sociales como lo hace con los temas sexuales».

«Me duele España»

«En estos momentos, España me duele», admite la religiosa. «Hemos dejado que los políticos siembren la cizaña de la división, han querido que hagamos la guerra para distraernos de los problemas reales de la gente», lamenta al tiempo que reconoce el desencanto generalizado de la sociedad. La crispación no resuelve esos conflictos, apostilla. «El sistema ha fracasado cuando falta el pan». El mal que percibe sor Lucía radica en haber intentado copiar modelos fallidos.

«Muchos de nuestros políticos no están preparados, y los que valen están en la empresa privada», se despacha. Cuando reprocha esa incapacidad de los líderes, también le duelen los intereses creados que hay detrás de los gobiernos. Detrás del de Mariano Rajoy, también. «Cuando hablan con Estados Unidos o con Merkel, nuestros líderes viven una experiencia orgásmica», les reprocha por el servilismo y el querer imitar esos sistemas que a su juicio «han fracasado».

«La solución no son las vallas»

Para muestra, el botón del drama de la inmigración. «La solución no son las vallas ni disparar con pelotas de goma», alienta sor Lucía, sino la promoción de políticas sociales para facilitar el retorno y de empresas en los países de origen de los extranjeros que se juegan la vida en busca de un futuro mejor. De nuevo, apunta su dardo crítico contra el Ejecutivo actual. «La política es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos», sentencia.

La Argentina actual de Cristina Kirchner también le hiere. Sor Lucía comparte con el Papa Francisco su condición ‘anti-k’, enemigos de la actual presidenta. Muchos países de América Latina como el que le vio nacer, el Ecuador de Correa, la Venezuela de Maduro o la Bolivia de Morales sufren «el problema de que sus líderes son corruptos».

Como culé declarada, lo que ocurre en su querido fútbol tampoco la calla. «Es vergonzoso, inmoral, pornográfico y una bofetada a la gente que ha de llegar al final de mes con 400 euros que se paguen esos sueldos». Eso sí, si esa pasión suya la ‘mezcla’ con la religión, sor Lucía lo tiene claro: «Dios es argentino y en la intimidad se llama Messi y a veces Francisco», bromea.

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