“¿Qué daño hemos hecho por ser mujeres?”, Manjula Pradeep

22 Mar
Manjula Pradeep y Rosa Maria Calaf . Foto : Rosa BlancoHay un refrán en India que dice que invertir en una niña es como regar el jardín del vecino. Así de contundente comienza Rosa María Calaf la conversación que va a mantener con Manjula Pradeep. Esta abogada y activista pertenece a los dalit, a los intocables, la casta más baja de la sociedad india, aunque asegura que “en India hay algo peor que ser dalit, ser mujer dalit.

(Mujeres. Segovia 2014)

La violencia sexual es una de las atrocidades que sufren las mujeres en India donde se producen, al menos, 25.000 violaciones al año y donde el 70% de las mujeres ha sufrido algún tipo de ataque sexual, incluso perpetrado por sus propios maridos. Ella misma reconoce ser una superviviente de la violencia sexual cuando tan solo tenía cuatro años. La presión mediática y ciudadana surgida en los últimos años tras algunos casos de violación ha llevado a modificar algunas leyes y también a la celebración de juicios rápidos para juzgar estos delitos. “Para mí la justicia va más allá de la condena, la justicia se basa en que la mujer que ha sufrido pueda vivir con dignidad”, reivindica. Pero Manjula lamenta que, a pesar de todo, la mentalidad no haya cambiado y que las violaciones sigan estando a la orden del día, también las colectivas. Cree que este tipo de violencia responde a una reacción masculina ante un movimiento social femenino, hacia el cambio que empujan las mujeres formadas que reniegan de la sumisión, reclaman sus derechos y alzan la voz en contra de las vejaciones. Manjula explica que los opresores piensan que así podrán aplacarlas. 

Rosa Maria Calaf y Manjula Pradeep. Foto: Rosa Blanco

Rosa Maria Calaf y Manjula Pradeep. Foto: Rosa Blanco

Otra de las barbaridades a las que se ven sometidas las mujeres en India son los abortos selectivos, los llamados feticidios. Manjula denuncia que cuando una mujer se queda embarazada “nadie se preocupa de su estado de salud, lo primero que se hace es llevarla a una clínica para conocer el sexo del bebé. Se quiere que el primer hijo sea varón y se presiona a la mujer para que sea así, pero eso no está en nuestras manos”. Cree que si hubiera existido antes la tecnología que hay ahora, ella no hubiera nacido. Rosa María Calaf recuerda horrorizada una valla publicitaria que vio en uno de sus viajes a India en donde se ofrecían abortos selectivos a cambio de ahorrarse la dote en un futuro, ante lo que Manjula Pradeep confirma lo que parece evidente: “El aborto en India es un negocio”. Paradójicamente, en 1994 se prohibió el aborto selectivo, pero, tras veinte años de vigencia la ley no se aplica: “Es una práctica muy arraigada en la sociedad, muchos médicos están convencidos de que están ayudando a las mujeres”, explica Manjula.

Igualmente la dote está prohibida por ley, pero también se practica constantemente. Lo que surgió como una garantía para la mujer, llevándose una serie de bienes propios a la hora de casarse, ha acabado convirtiéndose en una compraventa en beneficio del marido. Una brutalidad más en contra de las mujeres, quienes se ven humilladas y vejadas por este intercambio material. Un maltrato que, en ocasiones, llega a ser físico y a acabar con su propia vida si su familia no entrega a la del marido los bienes previamente acordados. “Las muertes por dote no se ven como delitos porque no hay testigos, no hay denuncias, así que nunca se juzgan”, lamenta Manjula Pradeep. Muchas veces son las propias suegras quienes llevan a cabo estos ataques guiadas por los valores patriarcales con los que han crecido, en donde existe una jerarquía entre suegra y nuera. Aunque “son las presiones de los hombres quienes las obligan, son las voces de su marido y de su hijo (el marido de la víctima) quien las hace actuar”, asegura mientras se pregunta sin esperar respuesta: “¿Qué daño hemos hecho por ser mujeres?”

Manjula afirma decepcionada que desde las instituciones internacionales las violaciones de derechos que se sufren en su país se ven como un problema interno cuando no lo son, por eso ella pide ayuda “para romper con la desigualdad de género y de castas”. Reclama un compromiso global que enseñe a su pueblo que nadie ha de tener más derechos que nadie y que demuestre que invertir en una niña no es regar el jardín del vecino, sino el de uno mismo.

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