De los sueños de Nassima a los de Malala

5 Mar

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El extremismo tiene miedo de los lápices y los libros y del poder de la voz de las mujeres, por eso las matan” afirmaba Malala

En el año 2000 Nassima soñaba con huir de Afganistán para poder jugar en la calle, escuchar música o jugar con su amigo Mohamed. En 2014 Malala lo sigue haciendo, en su caso de Pakistán, para poder ir a la escuelaAlgunas cosas han cambiado en Afganistán y en el Pakistán de los talibanes en los últimos años, pero poco para la dignidad de las niñas y mujeres.

Nassima, de once años, quería ser como su amigo y poder jugar y caminar libremente por la calle, ir al colegio, escuchar música o lanzar cometas por las calles de Afganistán (Los Sueños de Nassima. Ed. La Galera) y solo soñaba con salir de su país escondida en una de las alfombras que fabricaba su padre y exportaba a través de Pakistán. No podía entender por qué ni las mujeres ni las niñas podían acudir a un hospital cuando estuviesen enfermas, por qué su entrada estaba prohibida.

Por esa razón su abuela Fatuma no había muerto de milagro cuando intentaron ingresarla con un problema de corazón. Recordaba como  era feliz en su antigua  escuela, aunque se tratase de un edificio destartalado, sin ventanas y con una pizarra que un día sí y otro también se caía al suelo. Quería aprender a leer porque su padre le había dicho que eso era lo más bonito que había en el mundo, que leyendo se puede soñar, se pueden vivir otras vidas, viajar, ser otras personas y eso a Nassima le parecía algo fantástico.

Pero esta niña de Kabul pensaba que “desde que esos hombres barbudos y ojos febriles, llamados talibán, habían llegado al poder, ella había dejado de ir a la escuela, ya no podía jugar en la calle con sus amigos, no podía leer ni asomarse a la ventana de su casa”.

Eso ocurría en el año 2000, hace 14 años y ahora Nassima, con 24 años, sigue sufriendo todo tipo de discriminaciones. Tras perder el poder los talibanes volvió a la escuela y a jugar con su amigo Mohamed con el que se acabó casando pero su vida es una continua lucha. Ahora Nassima es una activista de los derechos de las mujeres como lo fue Sushmita Benerjee, una escritora hindú casada con un afgano que el pasado mes de septiembre fue asesinada de 20 balazos en la puerta de una escuela. Sushmita siempre fue un objetivo de los talibanes, por ser mujer, por negarse a llevar burka pero sobre todo por sus libros publicados en India denunciando la situación de las niñas y mujeres afganas.

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Sushmita Benerjee, en 2003 con una de sus obras. / DESHAKALYAN CHOWDHURY (AFP)

Tanto Nassima como Sushmita se han sentido siempre muy identificadas con Malala, de Pakistan, que lucha ahora desde Londres para que las niñas de su país  puedan ir a la escuela. Malala fue disparada directamente a su cara a la salida de la escuela por un grupo talibán. “Dispararon a Malala porque la educación de las niñas amenaza todo lo que ellos defienden. El mayor riesgo para los extremistas violentos en Pakistán no son los drones estadounidenses. Son las niñas con formación”, ha escrito Nicholas D. Kristof en The New York Times.

Tras ser trasladada a Londres para operarla y que se recuperase físicamente Malala siguió luchando para que las niñas de su país pudiesen seguir yendo a la escuela. El mismo día que cumplía 16 años, Malala Yousafzai se dirigía a la Asamblea General de la ONU con fuerza y convicción. Con la misma que muchos años antes, en el 2000 lo hacía Nassima. Frente a un auditorio repleto y vistiendo un ‘sari’ que pertenecía a Benazir Bhuttola joven afirmaba: “No es mi día, sino el de todas las mujeres y niños que han levantado su voz por sus derechos”.

“Hablo por aquellos cuyas voces no pueden ser oídas, por los que han luchado por sus derechos de vivir en paz, su derecho a la igualdad de oportunidades y su derecho ser educados. Queridos amigos, el día que me dispararon los talibán en la frente, a mí y a mis amigas, pensaron que la bala nos silenciaría, pero fallaron. Y aquella bala elevó cientos de voces. El extremismo tiene miedo de los lápices y los libros y del poder de la voz de las mujeres, por eso las matan” afirmaba Malala ante la mirada sorprendida, atenta y emocionada de muchos de los diplomáticos de Naciones Unidas.

El año pasado una representación del Gobierno afgano tuvo que rendir cuentas ante Naciones Unidas de la situación de las mujeres. Intentaron justificar la labor realizada por el gobierno pero con poco éxito. El documento hablaba de 167 “incidentes” que afectaban a la educación, de los que el 49% se atribuyeron a grupos armados, incluidas las fuerzas de los talibanes, el 25% a fuerzas progubernamentales y el 26% a autores no identificados. Diversos grupos armados perpetraron ataques contra escuelas, lo que incluyó la utilización de artefactos explosivos improvisados y ataques suicidas, la quema de escuelas y el secuestro y la matanza de personal docente. Varios grupos armados también fueron responsables de actos de intimidación, amenazas contra maestras  y alumnas y cierres forzados de estos centros.

Ante estos hechos nos deberíamos preguntar qué ha cambiado en Afganistán y en las zonas de Pakistán dominadas por los talibanes. La respuesta es poco, muy poco, a pesar de la dura guerra vivida y de la cantidad de muertos que han caído por el camino.

Las niñas y las mujeres poco se han beneficiado de la guerra, de los cambios de gobiernos o de que lo talibanes no estén en el poder. No tienen la presidencia del gobierno pero dominan la calle. Y la pregunta que nos deberíamos hacer todos, y especialmente los que tienen poder, es ¿tanto miedo dan mujeres que sepan leer y escribir, que tengan formación?

En el único lugar en donde las niñas han visto mejorar algo su capacidad de poder ir a la escuela en Afganistán es en las grandes ciudades. Cinco millones de niños y niñas no están escolarizados, de los cuales el 37% son niñas. Insisto, eso en las grandes ciudades como Kabul.

Pero el desprecio y odio hacia la mujer llega también a las agresiones físicas como le ocurrió a Aisha Mohammadzai, conocida como Aisha Bibi. En 2009 esta joven de 19 años fue sacada violentamente de su casa por los talibanes. Tras permanecer cinco meses encerrada en una cárcel, un tribunal rural la juzgó y determinó que debía servir de ejemplo para otras mujeres, por lo que a modo de condena, la envió de regreso con su marido. Este la llevó a las montañas, le ató sus manos y pies, y le dijo que como castigo le cortaría la nariz y las orejas. Y así lo hizo, dejándola abandonada en las montañas.

TimeafganSegún relató al programa “Daybreak” de la cadena británica ITV, tras el ataque Aesha logró llegar hasta la casa de su abuelo, desde donde fue trasladada  hasta un centro médico estadounidense, lugar en el que permaneció por 10 meses. Posteriormente, fue llevada a un refugio secreto en Kabul y luego viajó a Estados Unidos, gracias a la ayuda de una organización humanitaria.

En 2010, la revista Time publicó la fotografía de Aesha sin su nariz en la portada de su edición de agosto. La imagen, que fue tomada por la fotógrafa Jodi Bieber en un centro de mujeres maltratadas de Afganistán, fue elegida como la mejor de ese año en los premios World Press Photo. En la actualidad, Aesha vive en Maryland, Estados Unidos, donde una pareja cuida de ella.

Pero por qué le ocurrió eso a Aisha: pues simplemente porque su padre, cuando la niña tenía 12 años prometió darse a un combatiente talibán como compensación por un asesinato que un miembro de su familia había cometido. A los 14 años ya estaba casada y sometida a constantes abusos hasta que a los 18 años intentó huir. Y esa fue la razón de su mutilación facial.

En Pakistán solo se dedica un 1% de su presupuesto a educación (especialmente para varones) mientras que gastan un 30% en armamento. Mientras tanto, jóvenes como Malala, Aisha o Nassima tendrán que seguir soñando y jugándose sus vidas por una vida mejor para las mujeres.

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