Desesperanza aprendida

1 Mar

Mujeres-migrantes-CNDHMaría José Ferrer

Me parece que las que tienen el coraje de rebelarse a cualquier edad son las que hacen posible la vida…, son las rebeldes quienes amplían las fronteras de los derechos, poco a poco…, quienes estrechan los confines del mal y los reducen a la inexistencia.

Natalie Barney

 Se publicó el mes pasado, pero yo lo he leído hoy. Me refiero al último número[1] de losCuadernos CJ, que publica Cristianisme i Justícia, titulado Atrapadas en el limbo: mujeres, migraciones y violencia sexual, en el que su autora, Sonia Herrera, denuncia la violencia que sufren las mujeres migrantes por ser mujeres y que normalmente se traduce en violencia sexual, una violencia tan habitual como invisibilizada, lo que supone, entre otras cosas, la impunidad para quienes la causan y la indefensión para sus víctimas.

Aunque los medios de comunicación tienden a mostrar sobre todo a los varones, lo cierto es que las mujeres constituyen la mitad de la población migrante del mundo y, en algunas zonas, el porcentaje de mujeres es sensiblemente mayor que el de varones. Ellas se enfrentan a las mismas dificultades que ellos, pero añaden a los riesgos propios de la migración uno específico, ligado a “su condición de cuerpo sexuado en femenino”: la violencia sexual, que puede tomar forma de abusos verbales y físicos, violaciones, explotación sexual… Y da igual que sean migrantes voluntarias o se vean obligadas por desplazamientos forzosos. Sus posibilidades de ser agredidas sexualmente a manos de las mafias que organizan las rutas migratorias, de los hombres con los que viajan, de las autoridades policiales y aduaneras de los países intermedios y/o de los que constituyen su destino final… son altísimas. Es más, según Sonia Herrera, “la violencia sexual es en sí misma una característica intrínseca de la migración femenina que se produce sistemáticamente en muchas áreas fronterizas del planeta”.

Tan es así que, a pesar de su gravedad, se asume como un hecho inevitable, lo que genera lo que se llama “desesperanza aprendida”, es decir, un estado de resignación en el que las mujeres víctimas de violencia se dan por vencidas y terminan asumiendo las agresiones como algo ineludible: las mujeres dan por hecho que durante el transcurso del viaje migratorio, tanto en el origen, como durante en el trayecto e incluso en el país de destino, serán forzadas sexualmente o tendrán que utilizar su cuerpo como moneda de cambio para su supervivencia.

Sonia Herrera aporta datos y relatos estremecedores, pero sobre todo se hace preguntas, muchas preguntas, entre ellas por qué la violencia sexual contra las mujeres migrantes no recibe la atención mediática debida, a qué se debe la invisibilidad de las mujeres que migran en situaciones de alto riesgo y qué razones socioculturales hacen que las mujeres en tránsito acepten la violencia en su contra como peaje para lograr una vida mejor. Tristemente, creo que todas las respuestas confluyen en una sola: vivimos en un sistema androcéntrico y patriarcal en el que, a pesar de los avances llevados a cabo en materia de igualdad, las mujeres somos consideradas inferiores.

La violencia sexual es una manifestación sociocultural que visibiliza la tolerancia a la violencia de género de la sociedad en la que se produce. La mala noticia es que la violencia sexual contra las mujeres migrantes manifiesta el alto grado de violencia machista que impera en todo el mundo. Y digo todo el mundo, porque los países “desarrollados” tampoco se libran de ella. La buena, no obstante, es que la desesperanza aprendida por estas mujeres en tránsito, y por tantas otras que no lo están, tiene remedio, es decir, puede des-aprenderse, porque la violencia contra las mujeres no es algo natural, ni está inscrita en el ADN de los varones, aunque sean ellos quienes la ejercen mayoritariamente, sino algo cultural. Es un problema estructural que puede abordarse, y prevenirse, rompiendo las desigualdades que lo originan.

La autora de este cuaderno de Cristianisme i Justícia casi se disculpa por tratar de la cuestión en unas decenas de hojas, ya que el tema “daría para varios libros”. Así que estas líneas no son, en absoluto, un intento de resumir lo que ya es un resumen, entre otras cosas, porque pienso que constituiría, por simplificación, una injusticia hacia las víctimas de la violencia sexual en los flujos migratorios. Más bien, espero que este postinvite a acercarse al texto de Sonia Herrera[2] ya que, utilizando sus mismas palabras, “su lectura y las preguntas que puedan surgir, suponen un primer paso de resistencia individual y colectiva ante la violencia sexual”. Y, sobre todo, quiero visibilizar, aunque sea mínimamente, una realidad que no puede permanecer oculta, ni sernos ajena, y contribuir a que, sea cual sea el contexto de injusticia en que se viva, se des-aprenda la desesperanza.


[1] Se trata del n. 187, correspondiente a enero de 2014.

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