Ella y él

8 Dic

Maria“Esa mujer es María de Nazareth. La mujer que colaboró con Dios para que su humanidad fuera posible. La mujer que no se echó atrás ante el peligro, ni ante un posible escándalo.Recordarla a ella es, en este caso, recordar que Dios está con aquellos seres humanos que viven en situaciones de amenaza o de irregularidad.”

Gema Juan

(PD) Memoria de todos.
En memoria de ellas, de todas las mujeres sometidas en la historia, pero también de todos los afligidos, puede ser bueno recordar a una mujer que expresa en su ser y su vida la mayor solidaridad y la mayor esperanza. Y, al mismo tiempo, evocar a quien fue capaz de compartir con ella, la aventura de una vida abierta a Dios y, por ello, abierta a todos.

Esa mujer es María de Nazareth. La mujer que colaboró con Dios para que su humanidad fuera posible. La mujer que no se echó atrás ante el peligro, ni ante un posible escándalo.Recordarla a ella es, en este caso, recordar que Dios está con aquellos seres humanos que viven en situaciones de amenaza o de irregularidad.

¿Qué hace de María, tan igual y tan diferente, una mujer tan cercana y solidaria? ¿Qué hace de ella, que es inmaculada, alguien tan próximo, amable y amigable?

Juan de la Cruz dijo de María que siempre su moción fue por el Espíritu Santo, es decir, quelo que movió a María en cada momento de su existencia fue la elección del amor. Después añadirá, hablando de quienes son movidos por el Espíritu, que dejan atrás todo lo que no era amor y se dejan ganar por ese amor.

María es la primera, tras Jesús. Primera entre sus hermanos en mostrar quién es Dios, en recordar quién es Él. Ella trae a la memoria a un Dios que actúa, que «es y hace». Y, tal como explica Juan, cuando uno ama y hace bien a otro, hácele y ámale según su condición(según su ser) y apunta enseguida que así hace Dios: ama y hace como Él es. María recuerda que Dios sigue actuando y no abandona a quien está en riesgo.

Y expresa la capacidad de confianza que hay en el ser humano, que es, a la vez, su capacidad para el amor. Su decisión de acoger –fuera como fuera la circunstancia en que esa acogida se realizó– confirma la mejor esperanza: es posible confiar y es posible amar.

Teresa de Jesús avisó de que todos somos hábiles para amar y Juan de la Cruz afirmaba que por mucho desorden que exista en cada quien, el alma está tan perfecta como Dios la crió, no está irreversiblemente estropeada. Para todos es posible el paso de la confianza que conduce al amor y María aparece como una hermana mayor, como quien puede acompañar porque ha sido capaz de elegir.

Aquello que parecería volver distinta y lejana a María –ser inmaculada– es, en realidad, una fuente de luz y un estímulo. Porque significa que, en María, la misericordia de Dios manifiesta su fuerza desde el origen y, con ello, recuerda a todos el impulso que mantiene esa misericordia: es un aliento capaz de transformar las raíces del ser humano, de devolver la inocencia auténtica, la de la libertad verdadera, la que vence la sombra del pecado.

Jesús, hijo de María, fue tentado. Fue puesto en el límite en el que el ser humano tiene que escoger y aprendió, sufriendo, a obedecer. No sabemos de qué modo María se hizo semejante a su hijo en estos aspectos, pero sí sabemos que tuvo que enfrentarse a una situación compleja en la que, sin duda, conoció la inseguridad, porque permitió que su vida entrara en la irregularidad y la ilegalidad, con la incertidumbre y los problemas que eso implicaba.

Algo parecido le sucedió a José, compañero y esposo de María, que también eligió y apostó por el amor. José fue capaz de abrir sus entrañas, de fiarse y así, se hizo acogedor, pura hospitalidad. Ni él ni María eran pequeños dioses o semidioses, sino criaturas en las que todo lo humano afloró naturalmente. Por tanto, envuelto en preguntas y esperanzas, en fidelidades continuas y en contradicciones.

José entró en la dinámica del misterio, que siempre es reciprocidad e invita a dar un paso más en la confianza. Aquel «hombre justo», como lo llamó el evangelista Mateo, esa «buena gente» –como le llama L. Boff– que es José, es expresión de que lo posible es mucho y concreto, también desde la bondad silenciosa y anónima. Por eso, Teresa, amiguísima de él, le llamó «maestro», entendió que con él se aprendía a vivir y a confiar.

Si María descubre constantemente que, pese a lo embarrado que está el tesoro humano, es posible seguir alumbrando a Jesús, José sostiene otra certeza: la de saber que siguen existiendo quienes son capaces de creer en los sueños, capaces de hacerse cargo de cada situación difícil, respondiendo a la necesidad y dando cobertura a irregulares e ilegales.

Ella y él renuevan la esperanza humana, son la mejor memoria de todas las mujeres y todos los sufrientes, porque dicen, con su vida, que es posible no dejarlos aparcados ni destinarlos al olvido. Dicen que hay una salida, que pasa por un «Sí» y por la fe en un sueño. Hay una salida, y esta solo se encuentra en la decisión de compartir la vida, con el riesgo y la precariedad que traiga pero, también, con la increíble luz que alumbra: la luz del que en cada «Sí» se hace presente.

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