En memoria de ellas (II)

2 Dic

Santa Teresa de Jesús“Teresa no podía hablar de patriarcados, pero ya hablaba del sometimiento injusto en que veía a las mujeres y a sí misma.”

“La renuncia a la subordinación femenina es algo que no parecen poder aceptar muchos varones.”

“La Iglesia católica tiene un reto importante, puesto que su estructura sigue siendo patriarcal. Pero, además, tiene la posibilidad de ayudar, de servir a la sociedad, ayudándola a liberarse, al hacerlo ella misma. Como siempre, una liberación para el amor.”

Gema Juan

(P. Digital) Teresa de Jesús se atrevió a escribir: mirad de qué sujeción os habéis librado, hermanas. Se estaba refiriendo a las mujeres casadas de su tiempo. A la vida que se veían obligadas a llevar y al puesto que ocupaban en el matrimonio. Teresa hablaba de la anulación a la que se veía sometida la mujer.

Por descontado, no estaba diciendo que los varones fueran en sí unos desalmados. Entonces, como en toda época, hubo varones que, bajo los parámetros sociales de su momento, actuaron con justicia y humanidad con sus mujeres.Teresa se estaba refiriendo, sobre todo, al sistema que estaba funcionando.

Ese sistema producía una sujeción que podía ser llevada al límite. De modo que también dirá, a sus hermanas que sean conscientes de la gran merced que Dios les ha hecho en escogerlas para Sí y librarlas de estar sujetas a un hombre que muchas veces les acaba la vida, y plega a Dios no sea también el alma.

Teresa no podía hablar de patriarcados, pero ya hablaba del sometimiento injusto en que veía a las mujeres y a sí misma. Tampoco podía hablar de la trata de mujeres, pero percibía claramente que la situación establecida podía conducir a vejaciones. Las mujeres, en definitiva, quedaban a merced del hombre en cuyas manos cayeran.

Actualmente, prolifera la sujeción de la que hablaba Teresa, llevada a su peor extremo. En cualquier autovía, se remozan casas y se transforman en burdeles. Y se hace en ambas partes de la carretera, para que no falte servicio. Eso, sin contar con las grandes plataformas en las que, en pleno siglo XXI, se vive en régimen de esclavitud sexual, a la vista de todos.

El psicoanalista Juan Carlos Volnovich, analizando la prostitución desde el punto de vista de la psicología del cliente, se preguntaba por qué en una época de liberación sexual y en la que los movimientos feministas han avanzado tanto, el tráfico humano para la explotación sexual tiene tanto auge. Porque es evidente que si disminuyera la demanda, disminuiría el tráfico.

Entre sus respuestas, se encontraba una que propone un reto importante. Decía Volnovich que el sistema patriarcal, aún vigente, se ve amenazado o debilitado por el feminismo contemporáneo. Que los movimientos de mujeres interpelan al poder masculino y ponen en tela de juicio el domino de los varones en la esfera pública. Y que de ahí puede venir una necesidad de reafirmar el propio valor, sometiendo o abusando.

Sabida es ya, la relación existente entre sexualidad y poder. Basta recordar las cercanas palabras del obispo dimisionario, Geoffrey Robinson, hablando de los abusos sexuales: todo abuso sexual es, ante todo y sobre todo, un abuso de poder.

La renuncia a la subordinación femenina es algo que no parecen poder aceptar muchos varones. Porque mantener la dependencia femenina, basada en una supuesta inferioridad era, y a menudo todavía es, una fuente de seguridad. Por tanto, una fuente de poder y violencia. Sucede en la sociedad y sucede en la Iglesia aunque, por supuesto, a diferentes niveles.

La Iglesia católica tiene un reto importante, puesto que su estructura sigue siendo patriarcal. Pero, además, tiene la posibilidad de ayudar, de servir a la sociedad, ayudándola a liberarse, al hacerlo ella misma. Como siempre, una liberación para el amor. De otra manera, no puede entenderse a sí misma la Iglesia ni entender su labor entre los hombres y mujeres con los que comparte camino.

Una Iglesia que promueva la igualdad esencial, en ningún aspecto discriminatoria, reforzará la idea de que para valer no es necesario dominar, y ni siquiera es saludable. Es más, mostrará que la comunión produce mayor seguridad que cualquier tipo de dominio o sometimiento.

Desde la espiritualidad, se puede dar una respuesta muy positiva. Como ya vimos, puede ayudar a redescubrir el alma de cada ser humano. Nadie es un objeto destinado al uso personal de otro.

Por otra parte, la experiencia mística, apoyada en el evangelio, invita constantemente a la mayor experiencia de amistad, donde todas las cosas de los dos son comunes a entrambos–así lo decía Juan de la Cruz. Y si todas las cosas son comunes entre Dios y el ser humano ¿qué cosa podría haber no compartida en igualdad entre dos semejantes?

Teresa presentó una alternativa clara y concreta: un grupito de mujeres, bajo una estructura sencilla, viviendo el evangelio desde la vocación personal. A ella misma le sobresaltó el revuelo que armó su iniciativa y lo que molestaba la pequeña presencia.Espantábame yo, cómo les parecía a todos era gran daño para el lugar solas doce mujeres y la priora, y de vida tan estrecha.

Teresa estaba rompiendo el cerco de un sistema que ofrecía seguridad a base de sometimiento y pactos de interés. Y eso inquietaba mucho. Ella proponía una comunidad libre y en plena comunión.

Sin duda, una Iglesia que acepte convertirse, poco a poco, en una comunidad libre y sencilla, basada en la comunión efectiva y no en anarquías imposibles, no uniforme pero formada por comunidades de iguales, dará razones para esperar algo mejor y se separará de un sistema que no favorece la plena integración humana.

Molestará a los poderosos, alentará a los vacilantes, despertará a los ausentes. Y será consuelo para las víctimas de tanto abuso, porque no solo abrazará sus dolores, sino que será remedio y un puente de solidaridad*. Un lugar de encuentro, un espacio que propicia la circulación, la reciprocidad y la sanación.

*Agnes M. Brazal. «La Iglesia, puente de solidaridad» en Traficar con personas, Concilium 341

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