Ayudar a los demás a dar a luz lo mejor de sí: Jesús, partero de vida.

27 Jul

Emma Martínez Ocaña

En esa tarea de ayudar a los demás a dar a luz lo mejor de ellos mismos, Jesús fue un sabio “partero”: en él podemos contemplar en qué consiste ese saber servir de ayuda.

Cuidó pero no sobreprotegió, ni suplantó, ni hizo por los otros lo que ellos podían y debían hacer, no se hizo protagonista del crecimiento, ni de las curaciones: siempre devolvía al otro el mérito: “Tu fe te ha salvado”, “Que se haga como tú has creído”.

Ayudó sintiendo apasionadamente el dolor de los suyos, pero no entró en confluencia con nadie.

Cuidó a cercanos y lejanos, a los suyos y a los extranjeros, privilegió a todos los excluidos por el sistema, no descuidó la dimensión social y política del cuidado porque su pasión fue el Reino de Dios y no sólo cada una de las personas dolientes. Luchaba por un mundo distinto, una sociedad que fuese una familia de hij@s y de herman@s.

Jesús ayudó y se dejó ayudar, aprendió a dar y recibir, enseñó y aprendió: de la vida de las personas, de los lirios del campo, de los pájaros, de la tierra, la semilla…

Vamos a escucharle a él:

“Dar vida”[1]fue una de mis pasiones: ayudar a que cada persona pueda vivir según su verdad, según sus posibilidades y límites, sea ella misma y despliegue su ser con lo que la vida ha hecho con ella y en ella.

Es sugerente la imagen de ser “partero de vida”, me gusta. En la historia de mi pueblo se guardaba memoria agradecida de dos parteras egipcias: Sifrá y Puá [2] que arriesgaron su vida para ayudar a dar a luz a las mujeres israelitas.

También mi madre se fue a hacer de partera cuando supo que Isabel estaba embarazada.[3]

Saber favorecer el nacimiento de cada uno, en su verdad más profunda, en todas sus posibilidades, es una tarea apasionante. Es colaborar con mi Dios Madre en esa bella misión , ayudando a ser a cada persona lo que puede y está llamada a ser.

Ayudé a mis amigas y amigos a sacar de ellos lo mejor de sí, por eso, antes de morir, pude orar a mi Padre dando gracias por ello y devolviéndolos a sus manos: “Tú me los diste, yo los pongo en tus manos”[4]. Sí, Tú, mi Dios Madre-Padre, me regalaste amigas y amigos y yo los cuidé con mimo, con esmero pero también con respeto, dejándolos ser ellos mismos.

Yo los ayudé escuchando su verdad más profunda, su singularidad única e irrepetible, nunca los comparé.

Los amigos son siempre un regalo tuyo, una manifestación de tu amor, Dios mío, y por eso te doy gracias.

No era fácil respetar a cada persona en su singularidad y al tiempo ayudarles a crecer. Tampoco acoger sus deseos y peticiones cuando éstos entraban en contradicción con lo establecido, con lo políticamente correcto, con lo que se esperaba de un Rabino. Pero siempre fue para mi más importante la persona que todo lo demás, por eso escuché al amor apasionado de María Magdalena, lo acogí con gratitud, lo disfruté, compartí con ella mi pasión por el Reino, los secretos de mi vida, y la llamé para hacerla colaboradora mía en la expansión de la Buena Noticia.[5]

Era mi manera de sub-vertir el orden patriarcal donde sólo los varones podían ser discípulos y testigos. La ayudé, mientras viví en la historia, a librarse de todo aquello que dentro de ella era obstáculo (“demonios” les llamaban mi gente) para que pudiera acoger con plenitud el Reino en su corazón. Quedó totalmente sanada[6] (siete demonios es la expresión simbólica de esa sanación), liberada en sus mejores energías; por eso se convirtió en una auténtica seguidora: en los caminos polvorientos de Palestina [7], hasta la cruz [8]cuando otros me abandonaron, en mi entierro… y después de mi muerte la ayudé a experimentar mi amor personal por ella y la confirmé en la misión que le había encomendado: ser la Apóstol de los Apóstoles, la primera testigo de la Resurrección. [9]

También ayudé a María y Marta , e igual que con María Magdalena, fui ayudado por ellas. Nuestra amistad fue una ayuda recíproca para crecer, madurar, y ser nosotros mismos.

Acogí con gusto sus deseos de convertirse en discípulas mías: a Marta le costó un poco más, pues al principio, condicionada por los prejuicios patriarcales, no entendía que su hermana María osara pedírmelo y yo lo aceptase. Pero cuando le dije que una sólo cosa era necesaria y que María ya la había encontrado estaba seguro de que comprendería, como así fue.[10] Su casa era mi lugar de descanso, donde yo me sabía querido, ayudado y protegido, y también me dejaba ayudar.

Ese deseo de servir de ayuda se me presentó en un momento sumamente difícil para ella y para mí
cuando murió su hermano Lázaro. Las ayudé pero no cómo ellas esperaban, frustrando su deseo de evitar la muerte: Era necesario que comprendiesen que la vida pasa muchas veces por ella. Acepté su reproche de no haber estado allí, a su lado, pero a la vez les comuniqué una buena noticia: “no está muerto, está dormido”. Muchas veces damos por muertas partes nuestras, realidades, personas, tareas, instituciones que sólo están dormidas esperando que alguien les conmine a la vida para que puedan resucitar. Ellas necesitaban esa experiencia ¿y tú?. [11]

También ayudé en todo lo que pude a mis amigos: a los doce (de un modo especial Pedro, Santiago y Juan) a Nicodemo, a Zaqueo… Los ayudé respetando su identidad e intentando hacerles ver sus debilidades, sus miedos, sus peleas inútiles por quienes serín los primeros, sus dificultades para entender que el Maestro es el que sirve y lava los pies.[12] Acogí con misericordia sus necesidades de signos, señales, ver y tocar…para creer. Me senté con ellos acogiendo su necesidad de comprender mis parábolas, el misterio de la vida y de la muerte, el cómo el grano de trigo debe morir para dar fruto. Mucho no entendieron pero yo seguí confiando en ellos.

Los ayudé queriendo sacar de ellos lo mejor que tenían dentro. A Pedro, el del corazón grande pero fanfarrón, que se creía mejor que nadie, le quise hacer comprender su fragilidad y vulnerabilidad humana; sólo la experiencia de la misma le hizo cambiar, pero yo seguí confiando en él, le encomendé el cuidado de sus hermanos y hermanas en la primera comunidad.[13]

No los sobreprotegí ni les evité sus errores. Tampoco los utilicé: los dejé dormir cuando los necesitaba a mi lado en el huerto[14], les dejé marchar cuando el miedo los atenazó, les permití negarme y venderme con un beso.

Mi mejor manera de ayudarles era fiarme de ellos, confiando en su mejor yo: por eso, después de mi Resurrección los confirmé en su misión de proclamar la buena noticia. Y no me defraudaron.

Les ayudé todo lo que pude mientras caminé a su lado en la historia, y después de mi muerte les hice experimentar que yo siempre estoy con ellos como peregrino, como amigo que parte el pan [15]y les prepara los panes y los peces.

Fue especialmente delicado para mí servir de ayuda a mi madre.

Primero dejé que ella fuera mi mejor ayuda para poder ser yo mismo, no sólo porque me llevo en su útero, me dio a luz y me alimentó a sus pechos sino porque me ayudó a crecer en edad, sabiduría y conocimiento en Nazaret, junto a mi padre José.

Después tuve que aprender a ayudarles sabiendo al tiempo poner límites a sus deseos de controlarme, de hacerme según sus sueños sobre mí. Yo tenía que ser fiel a mi mismo y al sueño de Dios y eso no coincidía con sus expectativas: Ya desde pequeño les reproché su búsqueda angustiosa y les recordé que yo me debía a mi único Padre, mi único Dios.[16] Les costó entenderlo pero tenían un corazón contemplativo y rumiante y poco a poco fueron asimilando mi extraño modo de situarme con mis palabras y acciones, pero ese proceso fue lento.

A mi madre la quería mucho, pero como toda madre tenía que madurar pasando por la renuncia al hijo de sus entrañas. Los hijos no pertenecemos nunca a los padres y madres, no somos para ellos. Yo tenía que ser fiel a mi vocación aunque eso supusiese romperle las entrañas, como si de un nuevo parto se tratase. Era imprescindible que así fuera.

Yo la entendí cuando vino a buscarme con mis hermanos, pues se creían que me había vuelto loco. [17]Querían evitarme lo que era inminente: mi linchamiento, mi condena a muerte. Por eso buscaron la forma de quitarme del medio. Pero no era lo que había elegido, yo quería ser fiel a mi mismo, a mi pueblo a mi vocación y a mi Dios, y eso entraba en contradicción con sus deseos: Por eso mi modo de proteger mi identidad y ayudarles fue duro, pero no los podía sobre-proteger, ni dejarme manipular por sus deseos, (legítimos por otro lado) y tuve que decirles que “mi madre y mis hermanos eran quienes escuchaban la Palabra de Dios y la cumplían.[18]

No lo entendieron entonces, pero era el momento de ayudarles a crecer en la fe, a pasar de los lazos de la carne a los de la fe y mi reacción intentaba encaminarlos en esa dirección aunque sé que los hice sufrir. Frustraba sus expectativas pero no podía librarles de ese sufrimiento.

Ayudar a mi madre en Caná fue también hacerle ver que ella no marcaba mis tiempos, pero accedí a su deseo de ayudar a una pareja recién casada en apuros y aproveché para expresar que había llegado la hora de sustituir las tinajas pesadas de agua de la antigua alianza (hechas de prescripciones y normas) por el vino nuevo de la fiesta de un Dios entre nosotros.[19]

Servir de ayuda a mi madre fue también prepararla para el dolor de mi muerte. No estaba en mis manos evitarle ese amargo trago y no lo intenté. Pero allí en el Gólgota le abrí a la posibilidad de crecer, ofreciéndole mi nueva familia para que la hiciera suya. La ayudé ofreciéndole una nueva fecundidad, perdía un hijo y podía ganar una comunidad, la comunidad de mis amigos y amigas.[20] Ella se dejó ayudar, acogió a los míos como suyos, por eso después de mi Resurrección, cuando les envié mi Espíritu, allí estaba formando una Nueva Familia, la de los “amigos de Jesús[21]”

Mi deseo de dar vida, mi generatividad, se volcó de un modo especial en los excluidos, marginados, enfermos, personas “pecadoras oficialmente”…así me lo había revelado Dios, así sentía yo su corazón de Madre-Padre, que pone más amor donde hay más necesidad. Por volqué en ellos y ellas mi compasión, cuidado y empeño por ayudar, ofreciéndoles mi riqueza personal haciéndome pobre y marginado como ellos, poniéndome como ellos en la fila de los pecadores para ser bautizado por Juan[22]. Hice lo posible por acogerles y comprenderles ofreciéndoles pan y vino para el camino, salud, perdón y reconocimiento de su dignidad…

No me quise olvidar en mi deseo de ayudar de los extranjeros, aceptándolos como hijos de Abraham, aunque en eso fue una mujer Cananea la que me abrió los ojos. [23]

También puse especial cuidado en ayudar a las mujeres rompiendo estereotipos, reconociéndolas en su dignidad, eligiéndolas como seguidoras mías, testigos de mi resurrección, poniéndolas en pié.

No pararía de narrarte el gozo tan profundo que todas estas experiencias me producían, porque poder dar vida, capacitar para que cada persona pueda vivir su vida y su verdad, es una fuente profunda de fecundidad y de felicidad.

Te deseo que tú también tengas esa experiencia.

Jesús partero de vida.

[1] Jn 10,10

[2] He desarrollado este tema en MARTÍNEZ OCAÑA, E., Cuando la Palabra se hace cuerpo en cuerpo de mujer, Narcea, 2010, 3ª, pp. 115-118

[3] Lc 1,39-56

[4] Jn 17,12

[5] He desarrollado este tema en MARTINEZ OCAÑA, E. Cuerpo Espiritual, Narcea, 209, 128-153

[6] Lc 8, 1-3

[7] Lc 8, 2b-3; 23,49; 23,55; 24,10

[8] Mc 15,14.40.47; Mt 27,55-56; Lc 23,49.55; Jn 20,13.15

[9] Mc 16,1-11; Mt 28, 1-20; Lc 24, 1-12; Jn 20, 1-19

[10] Lc 10,38-42

[11] Jn 11,1-54 He desarrollado ese tema en Cuando la Palabra se hace cuerpo…en cuerpo de mujer, o.c, 96-112

[12] Jn 13,1-17

[13] Jn 21

[14] LOc 22,39-46 y par

[15] Lc 23,13-35

[16] Lc 2, 41-52

[17] Mc3,20

[18] Mc 3,31-35

[19] Jn 2, 1-12

[20] Jn 19,25-27

[21] Hch 1,12-14. El tema de María lo he desarrollado en o.c. Cuerpo Espiritual, pp.160-184

[22] Mc 1,9

[23] Mt 15, 21-28;Mc 724-31. He desarrollado este tema en ibídem, 74-81

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