Ser Iglesia (4). Hacia una nueva evangelización. Jesús proclama y testifica la buena noticia de Reino.

24 Jul

Emma Martínez Ocaña

“Fui descubriendo la entrañable ternura de Dios, su amor incondicional por todos sus hijos e hijas, por toda su creación, su pasión por lo perdido de este mundo, su sueño de hacer de este mundo una familia de hijos y hermanos…todo cambió para mí. Ya no podía sino vivir para hacer verdad este sueño, para vivir como Hijo amado y hermano de todos, para ser testigo visible del Dios amor invisible.”

(Periodista Digital) “Jesús se fue a Galilea a pregonar la Buena Noticia. Decía: Se ha cumplido el plazo, ya llega el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia” (Mc 1,12-13)

Convencida de que es así, en vez de hablar de Jesús, he tenido la osadía de invitarle a esta cita y que él mismo nos hable y nos comparta su experiencia. No se ha hecho de rogar.

“Queridos hermanas y hermanos, soy Jesús de Nazaret, sé de vuestra preocupación por vivir, como comunidad eclesial, en fidelidad al mismo Espíritu que a mí me alcanzó y me hizo posible vivir y evangelizar en fidelidad al sueño de Dios, y al mismo tiempo queréis ser fieles a vuestro momento histórico y a vuestra gente, como yo también lo quise.

Esas han sido mis grandes pasiones mientras caminé por mi tierra por eso he querido hoy venir a compartir con vosotr@s mi propia experiencia por si os sirve de ayuda.

Es verdad que mi tiempo no es el vuestro, nos separan veintiún siglos, pero sí descubro problemas comunes: la gente sufre no tiene trabajo, ni salud, ni se siente querida y respetada, hay violencia, guerras, hambre material y espiritual, no se respetan los derechos humanos, hay una profunda división social, económica, ideológica, en la distribución de los bienes hay un flagrante injusticia… Se suceden escándalos de corrupciones varias entre autoridades políticas, económicas, religiosas y eso descorazona y hace difícil la esperanza.

De todo ello fui yo también testigo y conozco cómo todo ello resuena en el corazón, duele, a veces desalienta, desanima. También yo tuve que hacer un camino de crecimiento en la escucha, acogida y transformación de mi persona para poder vivir todos los acontecimientos duros de mi tiempo y los que a mí personalmente me tocó asumir. Fui creciendo en la capacidad de dejarme alcanzar por el Espíritu de Dios, por su amor incondicional y poder así ser testigo de la Buena Noticia que yo había experimentado en mi corazón.

No fue fácil, el Dios que me proclamaban las escribas y fariseos no coincidía con la experiencia que yo tenía de Dios. Las autoridades religiosas de mi tiempo no me ofrecían referencias validas para reconocer en ellas el amor incondicional de Dios, su preferencia por los últimos, su entrañable misericordia.

¿Qué me ayudó a mí a abrirme al Espíritu de mi Dios, a vivir y a proclamar, a pesar de todo, la buena noticia del Reino?

La verdad es que, en mi vida de búsqueda continua, viví una experiencia fundante que trastocó mi vida y la cambió para siempre, se convirtió en la columna vertebral de mi persona. Yo era un creyente judío y como muchos de mis correligionarios quería que el Reino de Dios se hiciera verdad en medio de nosotros. Fui a bautizarme al Jordán y allí se me desveló la verdad de mi mismo y de Dios. Con una luz deslumbrante descubrí quién era Dios y quién era yo para Él: hijo amado en quien se complace, por ser hijo no por mis meritos. Me quedé trastocado, deslumbrado; necesité irme al desierto para interiorizar, penetrar con más profundidad esa experiencia. Allí en el silencio de los días y noches fui descubriendo la entrañable ternura de Dios, su amor incondicional por todos sus hijos e hijas, por toda su creación, su pasión por lo perdido de este mundo, su sueño de hacer de este mundo una familia de hijos y hermanos…todo cambió para mí. Ya no podía sino vivir para hacer verdad este sueño, para vivir como Hijo amado y hermano de todos, para ser testigo visible del Dios amor invisible.

Esa era la mejor buena noticia que había recibido nunca y comencé entonces a proclamar con mi vida y mis palabras que el Reino ya estaba entre nosotros, en nuestro propio corazón, que solo hacia falta abrir los ojos y ver, que el Dios de la vida alentaba con su soplo toda la realidad y la sustentaba desde dentro. Poco a poco fui dejando a Dios ser Dios en mí, consentí en ser alcanzado por su amor incondicional.

A partir de esa experiencia mi pasión fue convertirme en testigo suyo. Pedí intensamente esa gracia, trabajé mi persona para hacer de mi cuerpo un lugar para revelar al Dios amor. Fui aprendiendo a mirar a mi pueblo con la mirada apasionada de Dios, que sufría al ver cómo lo trataban sus opresores convirtiéndolo en esclavo. Yo lo veía en mi tiempo no solo había esclavitud económica y política sino también religiosa, mi gente vivía esclavizada por la dominación política, por la injusticia y la religión opresora. Miré a mi gente para liberar, poner en pié, perdonar, devolver la dignidad de hijos e hijas amadas, hice de mis ojos un jugar para descubrir la mirada amorosa de Dios para con todos sus hijas e hijos. Escuché los gritos de dolor y de gozo de mi pueblo, pude comprender sus necesidades, sueños, deseos, no cerré mis oídos a sus quejas, demandas, y me alegré con sus alegrías. Mi boca fue aprendiendo a profetizar, a denunciar y anunciar que la buena noticia del Reino ya estaba en medio de nosotros, con mi boca bendije y la cerré a la maldición y maledicencia, besé, gusté la vida. Aprendí a hablar y callar como lenguaje de amor. Fui aprendiendo a degustar en la vida cotidiana los sabores del Reino. También trabajé para hacer de mis manos un lugar para la vida, para continuar la creación, para ayudar a dar a luz a cada persona lo mejor de si, para levantar, sanar, compartir. Toqué y acaricié y sobre todo me deje acariciar y tocar por personas consideradas socialmente impuras porque nadie les había mirado el corazón. Pasé por la vida echando una mano, haciendo el bien. Mis pies se hicieron samaritanos curando a quienes estaban tirados en el camino, fui sabiendo caminar junto a mi gente buscando caminos con ellos, sin tenerlo todo claro, sin saber de antemano las respuestas. Junto a mi pueblo dancé la danza de la vida, las conquistas sencillas por una vida más digna. Recorrí caminos conocidos y desconocidos, salí de mi tierra queriendo romper fronteras, establecer contactos y diálogos constructores. Mis entrañas se estremecían de dolor al ver el sufrimiento de mi pueblo y ese dolor hizo que toda mi persona se movilizase en hacer verdad un amor operativo, por eso mis entrañas fueron fecundas, dando vida, esperanza, sentido, pan, vino para que siga la fiesta. Mi corazón fue aprendiendo, a base de contemplar a mi Dios muchas noches en oración, que estaba lleno de nombres, que lo único importante era saber amar como Dios ama, con ternura, con compasión, con gratuidad, con incondicionalidad… trabajé para hacer mi corazón semejante al suyo. Poco a poco el espíritu de Dios me fue alcanzando y mi persona se hizo testigo visible del Dios invisible.

También fui aprendiendo a vivir como buscador dialogante, discípulo de la vida. No se trataba de imponer nada, ni de negar todo lo bueno que vivía mi gente sino de compartir con ellos con toda la pasión de mi persona, las verdades que yo iba descubriendo de Dios y del Reino, de la vida, de la felicidad, del dolor y de la muerte. No imponía a nadie mis convicciones, creencias, valores, las compartía, las ofrecía, respetando la decisión de cada persona. Supe buscar aprendiendo de todas las personas y realidades de mi entorno, crecí en identidad en el encuentro con otras identidades, me supe enriquecer con sus riquezas. De una mujer cananea aprendí que la prioridad para nuestro Dios Madre no la tiene la pertenencia a una religión sino la necesidad de sus hijas e hijos; de otras mujeres amorosas aprendí a lavar los pies como gesto de amor; de una pobre viuda aprendí qué era la generosidad, dar de lo que necesitas para sobrevivir, no de lo que te sobra. Tantas realidades eran para mi maestras de vida: Descubrí el rostro de Dios en el pastor que conoce a las ovejas por su nombre y va a buscar a la descarriada; en la mujer que pierde una monedita pequeña y revuelve la casa entera para encontrarla, de un padre que había perdido a su hijo y lo encuentra y todas ellas convocan a una fiesta, la fiesta del encuentro de lo perdido. La sal, la luz, el remiendo en la tela, la semilla… toda la realidad habitada y transida de Misterio me hablaba de Dios y su Reino por eso supe dialogar, aprender, hacerme buscador con las personas buscadoras.

Otra actitud que cultivé, en mi deseo de hacer verdad el Reino de Dios, fue la de aprender a degustar la vida. Vivir tiene que ver con saber acoger lo que la vida te da y te quita, saber decir hola y adiós. Pasé por la vida viviendo intensamente los momentos de dolor y de gozo, míos y de las personas con las que convivía, veía vivir. En mis encuentros con las personas fui feliz ayudando a que cada persona recuperara lo mejor de sí misma, unas necesitaban curarse de sus sorderas varias, de sus parálisis en tantas áreas de la vida, de su capacidad para ver el bien, lo bueno, lo bello, otras medio muertas en vida recuperaron la capacidad de volver a vivir con sentido y esperanza. Gusté el dulce sabor de la amistad, del “buen vino y del “pan tierno” que alegran el corazón, participé de fiestas, bodas, banquetes. Gusté del placer del encuentro, del sabroso gozo de ser y de ayudar a ser, del buen sabor de boca que dejan las luchas por conquistas comunitarias de liberación, de satisfacción por necesidades básicas cubiertas…

Fui aprendiendo a ser un luchador festivo, danzador de la vida, a pesar de todo. Me quisieron denigrar llamándome comilón y borracho, amigo de gentuza y personas no deseadas Pero todo ello tenía sentido para mi. No fui un asceta, sino un hombre festivo y comprometido por eso supe de gozo y de dolor. No invitaba a mis discípulos discípulas a ayunar mientras gozábamos juntos de la fiesta de bodas de Dios con su humanidad. Sí trataba yo, e invitaba a quienes me seguían, a ayunar de mentiras, violencia, abusos, intransigencias, maledicencias, excomuniones, injusticias. Ese no es alimento para la vida sino que produce muerte. Para mí fue importante cultivar la dimensión gozosa y festiva de la vida a pesar de todo, la gente busca ser feliz y necesita caminos y modelos de felicidad solidarios, sanos, fraternos, no consumistas, yo intenté ofrecer desde mi experiencia caminos de felicidad, una felicidad paradójica para real.También conocí el sabor de la traición, el engaño, la calumnia, la soledad… sufrí pero no me desesperé ni me abandoné, busqué ayuda en los míos, y cuando éstos también me fallaron pedí ayuda a mi Dios.

También pasé por la vida no como juez sino como sanador. Cuánto dolor en la gente de mi tiempo y de vuestro momento histórico. Miraba con horror tantos cuerpos maltratados de tantas maneras, violados, violentados, vendidos, comprados, prostituidos, hechos mercancía barata, fruto del engaño y la extorsión, explotados en trabajos inhumanos; cuerpos mutilados por la violencia y las guerras; cuerpos aterrorizados por la represión y la tortura; cuerpos secuestrados de tantas maneras, hambrientos, desnutridos, enfermos por no tener la atención sanitaria a la que tienen derecho; cuerpos encarcelados muchas veces porque son pobres y no pueden pagar un buen abogado o a un fiscal o a un juez; cuerpos hambrientos de caricias y contactos ¡Tantas y tantas heridas. En mi interior resonaba el grito de Dios por boca del profeta Isaías “Consolad, consolad a mi pueblo” ¿Cómo hacer creíble un Dios bueno Madre-Padre y no atender el dolor de sus hijos e hijas? ¿Cómo proclamar la buena noticia sin denuncia el dolor y sus causas, sin trabajar por aliviarlo, y tratar de erradicar las causas sociales y estructurales del mismo? Intenté pasar por la vida como buen samaritano no solo no pasar de largo, sino hacerme próximo, crear proximidad con mi manera de mirar la realidad, para después acercarme a las personas doloridas, saqueadas por los bandidos de turno, y bajando de mis cabalgaduras, tocar, ungir, limpiar, cargar…Descubrí la gran necesidad que tenemos los seres humanos de encontrarnos con hombres y mujeressanador@s! Quizás en mi tiempo y en este vuestro también nos han educado más para ser jueces que sanadores, para criticar más que para comprender, para juzgar más que para acoger incondicionalmente los cuerpos heridos en cualquiera de sus dimensiones. Por eso pasé por la vida curando, tratando de expulsar demonios…tantos (violencias, hambres, guerras, clasismos, sexismos, racismos, terrorismos, egoismos, narcisismos…). No os olvidéis que una de las características de mis discípulos es el de “expulsar demonios”? (Mc3, 13-16; par). Y no solo se trata de curar enfermedades sino de algo mas urgente establecer contactos sanadores,. Yo descubrí en mi esa gracia por eso la gente trataba de tocarme porque salía de mi una fuerza sanadora.

Esta fue una de mis convicciones básicas, y que proclamé con toda solemnidad en el sermón del monte y recogió Mateo en su capítulo 25 que al final de la vida sabremos si hemos ganado la vida o la hemos perdido en función de cómo ha sido nuestro amor operativo que pasa por el cuerpo y lo sana que toca “el alma” y la cura en sus soledades y aflicciones es decir, cómo ha sido nuestro amor sanado: amor que se hace pan y agua que sacia el hambre y la sed; vestido que cubre las desnudeces varias, compañía en el dolor de la soledad, de la enfermedad…, liberación de las prisiones diversas en las que caemos, acogida en las exclusiones de raza, sexo, clase…Es decir se nos va a preguntar si hemos pasado por la vida como Sanador@s o no, ahí descubriremos, como os he dicho antes que es ganar o perder la vida. ¡Nada más, ni nada menos!

Como veis yo fui creciendo en sabiduría, en capacidad de dejarme alcanzar y transformar por el Amor hasta poder dar la vida libremente, os deseo que también cada uno de vosotros vaya dejándose alcanzar por el mismo Espíritu de Dios que a mi me alcanzó y que yo a mi vez prometí enviar a mis discípulos y discípulas. Ese misma Ruah de Dios habita ya el fondo de vuestro corazón, habita el corazón de la realidad, el corazón de vuestro mundo solo necesitáis descubrirlo y dejaros alcanzar y moldear por su fuerza.

Si así vivís, personal y comunitariamente, os pasará lo que me pasó a mí que los que vivieron conmigo, a mi lado los que me vieron, oyeron, tocaron tuvieron la certeza de que Dios mismo los había visitado, quizás si os dejáis alcanzar por su Ruah, los que os conocen dirán: lo que hemos visto, oído, tocado es que el Dios de los cristianos es amor y merece la pena creer en El y hacer verdad su proyecto de Amor.” Que tal os suceda.

Con cariño y esperanza.

Jesús de Nazaret, hijo amado de Dios y hermano vuestro.

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