Lo que María Magdalena y la Samaritana enseñan a la iglesia

22 Jul

Jamie L. Manson, National Catholic Reporter

“La mujer Samaritana fue la primera en reconocer a Jesús como Mesías. María Magdalena es la primera en reconocer a Cristo resucitado. Esto no es una hazaña menor en el evangelio de Juan, donde se encuentran tres tipos de personas. Los que saben que Jesús es especial pero no están seguros del por qué. Los discípulos varones serían un buen ejemplo de esto. Después están los que saben que Jesús es el Mesías y quieren matarlo. Y, por último, hay un pequeño grupo de discípulos que han tratado profundamente a Jesús, le reconocen como Mesías y lo confiesan públicamente.”

Tal y como NCR informó el lunes, el pasado fin de semana cientos de comunidades a lo largo y ancho de EEUU ofrecieron liturgias especiales en honor a María Magdalena, cuya fiesta fue el domingo 22 de julio. Una comunidad de San Diego me invitó a predicar en su celebración del “apóstol de los apóstoles”. En lugar de seleccionar del evangelio las narraciones sobre María Magdalena, eligieron la historia de la Samaritana del capítulo 4 de Juan.

Al leer este pasaje y compararlo con la historia de María Magdalena, me quedé sorprendida al observar las similitudes entre ambas mujeres. Cualquiera que haya oído hablar de María Magdalena y de la Samaritana, o la “mujer de la fuente” como también se la conoce, se habrán llevado probablemente la impresión de que ambas mujeres fueron rescatadas por Jesús de unas vidas sexualmente inmorales.

La verdad es que incluso algunos de los estudiosos más reconocidos de la Biblia, muchos de ellos varones, afirman que los “cinco maridos” de la Samaritana y el hombre con el convivía no son más que un símbolo de los seis dioses (además de Yahweh) de los que se acusaba a los Samaritanos de venerar. El gran académico Raymond Brown resalta que la palabra hebrea para “marido” también se utilizaba en aquellos días para designar a las divinidades paganas. En la época de Jesús, los samaritanos eran considerados impuros, tanto que hasta entrar en Samaría contaminaba. Que Jesús no sólo fuera a esa tierra sino que, encima, entablara conversación con una mujer era algo impensable.

Algunos estudiosos del tema creen que el evangelista Juan, uno de los grandes simbolistas de las Escrituras, podría estar utilizando al personaje de la mujer Samaritana como un símbolo para todos los samaritanos. Esta interpretación tiene sentido porque Jesús en ningún momento juzga a la Samaritana, ni le dice explícitamente que rechace el pecado ni la perdona por un comportamiento contrario a la ley. Todo lo que hace es revelarle su verdadera naturaleza, sabiendo que ella le reconocería.

María Magdalena es otra de las mujeres del evangelio de Juan que es famosa por reconocer a Jesús. Ha sido arduo, my arduo, entender su verdadera historia desde el Papa Gregorio en el s. VI hasta Tim Rice y Andrew Lloyd Webber en 1970 que nos han hecho creer que era una mujer adúltera y una pecadora arrepentida.

María de Magdala ha sido probablemente el personaje más deformado de toda la tradición cristiana. Desde el s. IV las historias, vidrieras y pinturas la han retratado como un prostituta y pecadora que, tras su encuentro con Jesús, pasó el resto de su vida en oración privada y penitencia. Esta interpretación no tiene ninguna base en las Escrituras. Juan la describe como la primera testigo del más importante de los acontecimientos en la fe cristiana. Es la primera en descubrir la tumba vacía. El Cristo resucitado la elige para anunciar la buena noticia al resto de los discípulos, lo que incitó a algunos de los padres de la iglesia a nombrarla “el apóstol entre los apóstoles”.

Que el mensaje de la resurrección se confiara primero a una mujer es una prueba clara de que la resurrección tuvo lugar. Si el hecho de la resurrección de Jesús hubiera sido una invención, nunca hubieran elegido a una mujer como testigo, puesto que la ley judía no reconocía el testimonio de las mujeres.

La mujer Samaritana fue la primera en reconocer a Jesús como Mesías. María Magdalena es la primera en reconocer a Cristo resucitado. Esto no es una hazaña menor en el evangelio de Juan, donde se encuentran tres tipos de personas. Los que saben que Jesús es especial pero no están seguros del por qué. Los discípulos varones serían un buen ejemplo de esto. Después están los que saben que Jesús es el Messiah y quieren matarlo. Y, por último, hay un pequeño grupo de discípulos que han tratado profundamente a Jesús, le reconocen como Mesías y lo confiesan públicamente.

La Samaritana es la primera discípula en reconocer a Jesús como el Mesías prometido, y su testimonio le lleva muchos seguidores de Samaría. María Magdalena es la primera discípulo que ve a Jesús resucitado y proclama la resurrección a los discípulos varones. No fueron simplemente las primeras mujeres en reconocer a Jesús. Fueron los primeros discípulos en reconocerle. No es necesario leer el evangelio de Juan con lentes de feminista para apreciar lo escandalosas que resultarían estas historias para una audiencia del s. I.

Resulta irónico y trágico que la prominencia de María Magdalena y la mujer Samaritan en la historia de Jesús forzara a los varones a convertirlas a cada una en un tipo diferente de mujer escandalosa. En lugar de honrar su modelo de disimulado, se las redujo a su sexualidad y convirtió en mujeres débiles y pecadoras que necesitaban redención.

Pero lo que más atónita me deja es que la iglesia institucional continúe haciendo lo mismo hoy en día a tantas mujeres. En lugar de celebrar los extraordinarios dones que las mujeres han aportado a la iglesia a lo largo de los siglos, se nos sigue diciendo que la anatomía femenina constituye un obstáculo insuperable, motivo por el que Dios no puede llamar una mujer al sacerdocio.

Sigue habiendo muchísimos santos, sacerdotes, monjas, teólogos, abogados por la justicia social y ministros que siguen hiriendo a la iglesia. La mayoría de ellos, hay que decir que han elegido permanecer cerrados porque la jerarquía ha insistido en que el deseo del cuerpo, las emociones y su espíritu sufren un desorden intrínseco. Si dejaran de reprimirse y afloraran, la iglesia institucional dejaría de celebrar los dones que han hecho a la iglesia.

En lugar de buscar honestamente  las innumerables vías por las que las mujeres y los religiosos pueden llevar la vida de Dios en mayor plenitud a la iglesia y al mundo, la iglesia institucional nos reduce a nuestra sexualidad y hace de nuestra sexualidad la razón por la que no podemos pertenece a “los elegidos”.

En una época en que la jerarquía católica romana está centrada en definir quienes son los privilegiados dentro de la iglesia (varones célibes y parejas heterosexuales) y quien no está autorizado a compartir sacramentos como la ordenación y el matrimonio, el evangelio nos presentan correctivo crucial. En la historia de la Samaritana, Jesús, por ejemplo, desafía abiertamente y abre dos fronteras: la frontera entre los elegidos y los excluidos y las fronteras entre lo masculino y lo femenino.

Al escuchar los pasajes del evangelio, la iglesia primitiva comprendió lo subversivas que eran las palabras de Jesús y lo escandaloso de su obra. Las narraciones de los evangelios fueron escuchadas por las más improbables de las discípulas, gente como María Magdalena y la Samaritana, mujeres que vivía en los márgenes de la sociedad y se convirtieron en modelos de fe.

La iglesia institucional parece estar haciendo horas extras para poner barreras que prevengan a la gente de Dios de intervenir en la iglesia. Los márgenes de la iglesia son cada día más anchos. Es fácil desesperarse con tanta exclusión. En estos momentos, ayuda recordar los evangelios. Jesús constantemente hacía frente a los rígidos líderes religiosos preocupados por manteen la pureza y la ortodoxia, no podían ver _o se negaban a ver_ la encarnación de Dios allí mismo, entre ellos. Mientras los 12 discípulos permanecían confusos sobre la identidad de Jesús y los líderes religiosos estaban ocupados intentando eliminarlo, fueron los marginados quienes le reconocieron y ayudaron a traer la vida de Dios plenamente la mundo. María Magdalena y la Samaritana son dos de los mejores ejemplos de esta paradoja de los evangelios.

Traducido por Eukleria

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Una respuesta to “Lo que María Magdalena y la Samaritana enseñan a la iglesia”

  1. Lariza 05/28/2013 a 16:46 #

    Ojalá pudieran traducir el texto con un lenguaje incluyente: María Magdalena reconocida como “la apóstola entre los apóstoles” o La mujer samaritana como “la discíplula de Jesús”.

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