Hanna Arendt

2 Jul

Isabel Gómez Acebo

hannah-arendtComo denuncia Arendt, es más cómodo acallar la conciencia y no enfrentarse con la autoridad porque lo contrario, suele originar problemas

Este fin de semana he ido con mi marido a ver la película Hanna Arendt, dirigida por una mujer Margarethe von Trotta (ha hecho otras películas sobre mujeres importantes como Rosa de Luxemburgo y Hildegarda de Bingen) y con protagonismo principal para otra, Barbara Sukowa que encarna a la gran filósofa, la mejor discípula de Heidegger y parece, según da a entender la película, su amante.

            Estamos ante la historia de una judía que huyó a Nueva York desde un campo de concentración para su raza levantado en Francia. Su vida de refugiada en paz, dando clases, se ve interrumpida cuando conoce que Israel ha secuestrado a Adolf Eichmann, uno de los mayores instigadores del Holocausto, y lo va a juzgar en Jerusalén. Pide al semanario americano The New Yorker que la permitan ir para relatar los pormenores del juicio y los cinco artículos que escribe a su vuelta, la crucifican.

            No hace ninguna concesión a la galería y su tesis se centra en una famosa frase la “banalidad del mal”, para defender que Eichmann, como él mismo dijo en su defensa, cumplía órdenes. Algo que también hicieron los dirigentes judíos que hubieran podido resistirse a colaborar con el nazismo con un resultado, quizás mejor. Esta última tesis le supone el abandono de todos sus amigos judíos y una reprimenda de los rectores del centro donde enseña, pero ella no se deja convencer por nadie.

            En la película vemos escenas del juicio de Eichmann, grabadas en su día pero el momento más impactante es la defensa, que hace de sus tesis, ante un numeroso plantel de alumnos.

            Se sale de la sala con mucho que pensar porque la banalidad del mal nos afecta a todos. A fuerza de vivir situaciones de injusticia, nos acostumbramos y las damos por buenas. A nivel de pensamiento esta necesidad de responder a nuestra conciencia también afecta a nuestra religión ¿No dijo el concilio que los laicos teníamos el derecho pero más bien la obligación de defender nuestras tesis? Lo que pasa es que, como denuncia Arendt, es más cómodo acallar la conciencia y no enfrentarse con la autoridad porque lo contrario, suele originar problemas.

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