2. ¿QUÉ ES LO DIFÍCIL DE ENCONTRAR CON SABIDURÍA SENDEROS DE FELICIDAD?

4 Jun

La flores de la primavera salenEmma Martínez Ocaña

Urge, por tanto, emprender un éxodo de una espiritualidad hasta ahora dominante hacia otra capaz de dialogar con el nuevo paradigma cultural en el que nos encontramos; un éxodo que nos haga pasar de una espiritualidad centrada en el sufrimiento y el dolor a una espiritualidad que acoge el dolor como un dato de la vida pero integra la búsqueda de felicidad como un signo del Reino.

(PD) Antes de avanzar en el tema, no quiero dejar de señalar hasta qué punto, para muchos creyentes cristianos emprender la búsqueda de la felicidad no es sencillo, porque a la mayoría de nosotr@s nos resulta extraño vincular felicidad con espiritualidad.

Si esto era (¿y sigue siendo?) así, es preciso preguntarnos: ¿es quizás porque el concepto de felicidad se nos presenta vinculado a un modo individualista y burgués de vivir?, ¿se puede deber a una concepción más dolorista –y en algunos casos masoquista– de la espiritualidad cristiana? ( anécdota de mi infancia)

¿Acaso no se ha trabajado más una espiritualidad “de la renuncia, el sufrimiento y el dolor” que una espiritualidad “del don, del gozo, del placer y de la alegría”? ¿no se ha identificado “espiritualidad” con lo no corporal, material, con aquello que está más allá de los límites de las necesidades básicas humanas, a las que de un modo u otro –muchas veces incluso en nombre de una supuesta madurez personal– se las ha silenciado, ignorado?

Es innegable que el rostro del cristianismo ha estado y quizás en algunos casos sigue estando más vinculado a la cruz que a la resurrección y a la globalidad del mensaje de Jesús. Por ello es imprescindible señalar que Él inició su predicación proclamando que traía una Buena Noticia[9], y expresó el núcleo de su mensaje (el Reino) en el Sermón del monte, en el que proclama las Bienaventuranzas, que no son más que las actitudes que configuran su proyecto de felicidad[10].

Urge, por tanto, emprender un éxodo de una espiritualidad hasta ahora dominante hacia otra capaz de dialogar con el nuevo paradigma cultural en el que nos encontramos; un éxodo que nos haga pasar de una espiritualidad centrada en el sufrimiento y el dolor a una espiritualidad que acoge el dolor como un dato de la vida pero integra la búsqueda de felicidad como un signo del Reino.

Este éxodo nos ha de hacer transitar de una espiritualidad de la renuncia, al don; de la negación del cuerpo, la materia y del placer, a una espiritualidad de la integración de todas las dimensiones del ser humano; de la valoración excesiva del dolor y el sufrimiento, a la reivindicación del gozo y la alegría; de un imaginario de santidad centrado en la negación, el sacrificio y la renuncia, a modelos de santidad, que sin negar el dolor como dato de la vida e incluso la necesaria renuncia, sea expresión de plenitud humana de felicidad.

Sólo necesitamos observar la imaginaría de nuestras catedrales dónde se nos presenta un muestrario de imágenes sufrientes, no sólo de Jesus y María sino de los santos. Santa Lucia con los ojos en una bandeja, Santa Brigida con el pecho en la mano; San Sebastián lleno de flechas en el cuerpo, San Andrés en la cruz y un sinfín de iconos de la santidad todos sufrientes…como decía un alumno mío hace años, Emma no sabía si estaba en una Iglesia o en un museo de los horrores.

No podemos sin más afirmar que el dolor madura. Todas las personas nos encontramos cotidianamente con lo paradójico del dolor y el sufrimiento: a unas personas las rompe y las destroza, a otras las madura y genera en ellas una gran resistencia y fortaleza (“resiliencia”[11]). La experiencia nos muestra que el dolor en sí mismo no es lo salvador, ni es lo que ayuda a madurar. Todo depende de cómo se afronte y está en estrecha relación con el amor que la persona haya recibido y con el apoyo amoroso que tenga en los momentos de dolor, pues lo que salva y madura es el amor: es el que capacita para afrontar con sentido y coraje el dolor.

¿Es posible una “espiritualidad evangélica” de la felicidad?, es decir, ¿podemos vivir y afrontar la realidad como buscadores de una felicidad sana, sabia, solidaria, en diálogo con los hombres y mujeres de nuestro tiempo y, a la vez, profundamente evangélica?

La felicidad no sólo es un derecho humano es también un signo del Reino proclamado por Jesús. Los creyentes estamos llamados a abrir senderos de felicidad que sean expresión de un fecundo diálogo

· Entre la cultura de nuestro mundo, desde la propuesta de una felicidad antropológica, profundamente humana y humanizadora, y

· Y la propuesta de felicidad de Jesús de Nazaret.

¿Cómo hacer del proyecto de felicidad un lugar de diálogo con una cultura como la nuestra que pone de relieve el derecho a ser feliz?

Las dificultades para encontrar los caminos adecuados que nos conduzcan a la felicidad son muchas y de distinta índole.

Situaciones reales objetivas que imposibilitan la felicidad.

La primera afirmación que quiero hacer es que decir que la felicidad depende de uno mismo puede ser un sarcasmo o un cinismo si no se añade que eso ocurre cuando la vida nos regala las condiciones humanas mínimas para poder vivir como personas, con las necesidades básicas cubiertas.

Hoy más de ¾ partes de la humanidad viven en situaciones de extrema pobreza, hambre, injusticia, violencia generalizada, paro, guerras terribles, enfermedades que podrían curarse etc.

No tenemos un mundo justo y esto es fuente de infelicidad para todos aunque no afecte de la misma manera a quienes lo padecen directamente que a los que no lo padecemos.

Luchar contra estas situaciones es el primer mandato ético de la vida humana, hacer de este deseo una tarea será una fuente de felicidad personal y social.

Creencias sociales que nos confunden y desvían de los caminos que nos conducirían a la verdadera felicidad.

Son muchas las miradas sobre la felicidad que nos confunden desviando el centro de la felicidad a aspectos periféricos de nuestra persona, identificando felicidad con satisfacción, fortuna, salud.

En general, en nuestro mundo globalizado, al hablar de la felicidad predomina una triple perspectiva: dicha, satisfacción y fortuna. Sobre todo nos ofrecen imágenes vinculadas al hacer más que al ser y al acoger; en vez de receptividad agradecida se fomenta la posesividad como fuente de felicidad.

En nuestras sociedades “occidentalizadas” se nos quiere hacer creer que la felicidad se encuentra fuera de uno mismo y que se puede adquirir, comprar. Se nos engaña cuando ésta se pone en la apariencia física, en el éxito, en la valoración de los demás, en el dinero, poder, diversión o en cualquier cosa se pueda comprar y nuestra tragedia es que esos “valores” terminan confundiéndonos y `provocando en nosotros más infelicidad e insatisfacción.

Otra equivocación es confundir felicidad con estado de bienestar material. Es cierto que sin las condiciones mínimas de vida humana no es posible la felicidad pero esto no basta. No se puede ser feliz si margina la dimensión espiritual del ser humano, el cultivo de la dimensión ética, estética, sentido de la vida, capacidad para trascender más allá de uno mismo. El error es confundir el bien-estar con el bien-ser.

El bienestar no produce automáticamente felicidad. Sin duda que el bienestar produce satisfacción y una situación placentera pero eso no es felicidad. Siempre que ponga la clave de mi felicidad en algo o alguien fuera de mí estoy dándole a esa cosa, circunstancia o persona la llave de mi felicidad. Cuantas más cosas o realidades identifiquemos con la felicidad más amenazada estará ésta, pues más fácil es que esas realidades no las consigamos o se nos pierdan. Así pasaremos de la tristeza a la euforia continuamente dependiendo de que poseamos o no aquello con lo que hemos identificado la felicidad.

Hay un gran peligro que hoy nos acecha identificar vida feliz con vida fácil, con vida brillante, con vida exitosa (desde los parámetros culturales del éxito) y sobre todo vida despreocupada de los graves problemas de nuestro mundo.

Otra equivocación es confundir felicidad con placer. No se trata de demonizar el placer que es en sí algo bueno, pero placer y felicidad son dos cosas distintas. El placer es una experiencia momentánea y se produce en una parcela de nuestra persona, afecta a una o dos dimensiones de nuestro ser no a la totalidad. La felicidad es un estado, algo enraizado en el fondo del ser, en lo más profundo de la persona, envuelve a la persona entera y produce una experiencia liberadora. Pero sin duda que la felicidad tiene que ver con saber disfrutar de los placeres auténticos que la vida nos regala.

También dificulta la felicidad la creencia de que se puede ser feliz sin aprender a renunciar a la búsqueda compulsiva de la felicidad y de la propia felicidad a cualquier precio. Creer que la felicidad es la ausencia de frustración, de dolor, de adiós…

Otra dificultad tiene que ver con la búsqueda de una felicidad completa, perpetua, continuadamente intensa, capaz de ser retenida para siempre. Esta percepción de la felicidad es una quimera y sin la renuncia a ella no se puede disfrutar de la felicidad posible que es real pero muchas veces modesta, frágil, insegura.

Otra dificultad viene derivada del inmediatismo y pragmatismo de nuestra sociedad que nos lleva a confundir vida feliz con vida agitada

Mecanismos y creencias interiores, actitudes personales.

Es más frecuente de lo que creemos encontrar dentro de nosotros mismos auténticos mecanismos saboteadores de nuestra felicidad, incluso adictos a la infelicidad. [12] Catastrofismos, filtraje, mirada negativa (ver siempre la botella medio vacía) victimismos, resentimientos…

El primer paso para poder derrotar los introyectos y las creencias erróneas acerca de la felicidad es conocerlas, ver sus manifestaciones, comprender las causas que los han originado para poder liberarse de ellas.

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