Buscar con sabiduría senderos de felicidad

3 Jun

cruce caminosEmma Martínez Ocaña 

“El descubrir que el sueño que anida en lo profundo del corazón humano (el sueño de Dios para quienes somos creyentes) no es otro que la felicidad humana y que, dentro de ti, tienes los ingredientes para poder construirla.”

(RD) Me reconozco una buscadora nata. Entre mis múltiples búsquedas la de la felicidad ha ocupado un lugar privilegiado. En esta etapa de mi vida de “júbilo” miro con gratitud mi trayectoria vital y descubro los muchos caminos por los que he buscado felicidad para mí y para los demás: unas veces de forma sabia y evangélica, otras de forma necia y equivocada, pero siempre aprendiendo de la vida.

A través de muchos años de escucha y de tratar de servir de ayuda en el acompañamiento psicoespiritual de numerosas personas, he constatado que la búsqueda de felicidad está en el corazón del ser humano y se manifiesta de muchas maneras. De ella se aprovecha nuestra sociedad de consumo ofreciéndonos “objetos” y “modos de vivir” para ser mas felices, engañando muchas veces a nuestro corazón sediento de felicidad verdadera.

De estas búsquedas con sus luces y sombras he aprendido mucho. De todas estas experiencias, además de tiempos de lectura, reflexión, meditación, encuentros grupales, ha brotado un libro que lleva el mismo título[1] que esta comunicación.

Las palabras que hoy voy a compartir con vosotros nacen de la experiencia y quieren conducirte a ella.

Por eso pido que no seáis lectores pasivos sino que hagáis una escucha activa confrontando lo que yo digo con la propia experiencia de felicidad/infelicidad. A cada uno en particular pregunto: ¿a qué llamas tú felicidad?, ¿Dónde encuentras sus huellas?…

Ya de entrada te aventuro una experiencia única e irrepetible: el descubrir que el sueño que anida en lo profundo del corazón humano (el sueño de Dios para quienes somos creyentes) no es otro que la felicidad humana y que, dentro de ti, tienes los ingredientes para poder construirla.

1. ¿A QUÉ LLAMAMOS FELICIDAD?

No podemos afrontar el tema de la felicidad sin preguntarnos necesariamente si es posible ser felices en un mundo lleno de dolor, de injusticia, de muertes prematuras, de guerra, soledad, sin sentido. Dos tercios de la población mundial viven por debajo del nivel de la pobreza. A ello se añaden los terremotos, tsunamis, huracanes, inundaciones y sequías… El calentamiento planetario ha despertado el fantasma de graves amenazas contra la estabilidad del planeta y el futuro de la humanidad. Vivimos además en este momento una crisis sin precedentes que nos está dejando sin presente y lo peor aún con muchas pocas perspectivas de futuro. Ante este cuadro, ¿es posible ser feliz en un mundo infeliz?

La felicidad es la búsqueda fundamental del ser humano, el sueño de la humanidad desde el comienzo de la historia. No puede quedar invalidada por las situaciones de infelicidad de nuestro mundo. Lo difícil es tener sabiduría para poder reconocer qué senderos nos conducen a ella. Se trata de llegar, al menos, a una modesta felicidad.

Mientras caminamos por la historia es iluso soñar con la felicidad plena, pues siempre habrá algo que la empañe. La búsqueda es permanente y constante aunque los resultados sean exiguos. Además hemos de ser conscientes de que la felicidad, para que sea total, debe alcanzar a toda la humanidad, y éste es aún un horizonte muy lejano.

Ser feliz es, sin duda, una búsqueda personal, pero no puede ser insolidaria y solitaria. La felicidad posible, relativa y parcial que está a nuestro alcance tiene un irrenunciable componente comunitario y su experiencia es solidaria. Ello nos obliga a hacer un discurso crítico y no ingenuo sobre las oportunidades de una vida feliz.

Con lucidez y honestidad tenemos que preguntarnos qué modelo de felicidad hemos interiorizado, a qué llamamos ser feliz. Nuestra “idea” de felicidad no sólo depende de nuestra biografía y geografía, de los modelos de felicidad que nos hayan proporcionado nuestros padres y figuras relevantes de nuestra infancia, sino también de los iconos que nos presenta la sociedad contemporánea, así como de los propios deseos y de la forma en que afrontamos la vida. Ante todos estos elementos hay que tener una mirada crítica, lúcida.

Etimológicamente la palabra “felicidad” procede del latín “foelix” que, en sus orígenes, hacía alusión a la fecundidad, a la prosperidad. En la etimología griega evoca el contenido actual de felicidad: la “eudaimonia” literalmente significa “buen demonio” y junto al término “makarios” son palabras asociadas a suerte, fortuna, placer, estar bien.

El concepto de felicidad no es estático. Ha ido evolucionando teniendo siempre en el sustrato una cosmovisión determinada, aunque no se explicite. Se ha ido construyendo progresivamente a través de los imaginarios sociales dominantes en cada momento histórico que no es este el momento de analizarlo con detalle pero sí de sintetizar la trayectoria desde Platón y Aristóteles para quienes la felicidad no se podía desvincularse de la ética. El arte de ser feliz se identificaba con el arte de obrar bien, pasando por Santo Tomas de Aquino para quien la felicidad era una tarea fundamentalmente política, él afirmaba “la felicidad es un bien común”[2] , hasta la Ilustración donde se concibe la felicidad no como un objetivo político, sino como un bien de los individuos que cada uno/a tenía que procurarse.

Esta es la concepción dominante que ha perdurado hasta nuestros días en nuestra sociedad occidental desarrollada y que se recoge en expresiones como: “sálvese quien pueda”, “disfrute quien pueda”, “es su problema”, etc.

Actualmente el mercado nos promete la felicidad a través del consumo. Los medios de comunicación identifican ser feliz, estar bien… con consumir más. El consumo nos deslumbra ofreciéndonos, una felicidad plena, sin límites ni espaciales ni temporales, pudiendo conseguir todo lo que deseamos lo más rápido y con el menor esfuerzo posible, aquí y ahora, sin riesgos, sin enfermedades, ni sufrimiento, ni muerte.

Esta “felicidad” del consumo, nacida también de la creencia de que la tecnología puede resolverlo todo, sólo se ve agrietada por la presencia de los pobres, una presencia que se tapa, se oculta, se disimula o disminuye, desdibujando sus reales dimensiones. Los pobres estorban, molestan, son una amenaza a la felicidad que nos ofrece la sociedad de consumo. Es más, ésta nos presenta la felicidad como un “objeto” entre otros muchos, un objeto con el que podemos “comprar” nuestro bienestar, el que nace de la tranquilidad de conciencia, sin alterar lo más mínimo el nivel en el que hemos situado nuestra felicidad.

Los teóricos de la felicidad suelen distinguir siempre dos aspectos: una felicidad subjetiva que tiene que ver siempre con un sentimiento de bienestar: esa sensación de plenitud personal e intransferible que habla de la reconciliación con nuestra propia vida, de sentirnos bien en nuestra propia piel, de aceptar lo que la vida nos trae en cada momento; y una felicidad objetiva, pública, social que no es tanto un sentimiento como una situación, un marco deseable, un escenario en el que todas las personas tengan la posibilidad de buscar la felicidad con cierto éxito. La felicidad subjetiva necesita, para ser solidaria, pasar por la felicidad objetiva.

No es fácil definir la felicidad pero está de moda investigar sobre ella.

La felicidad pertenece a la categoría del ser no a la del tener ni a la del aparentar. Es sobre todo una vivencia. Se puede tener todo y no sentirse feliz.

La felicidad también tiene que ver con ser de verdad aquello para lo que hemos nacido, es decir, con el despliegue de las propias potencialidades. Hablamos de las “propias” potencialidades, no de las ajenas, porque en el momento en que empezamos a compararnos con los demás ya hemos perdido el horizonte. En la comparación estamos queriendo ser lo que es el/la otro/a, en vez de disfrutar de lo que somos.

Sabemos que no se alcanza la felicidad por el hecho de definirla. La psicología positiva desde comienzos de la década del 2000 ha comenzado una profunda revolución en el enfoque de la psicología de la felicidad. Numerosas publicaciones[3] nos señalan que para indagar sobre este estado vital es preciso hacerse preguntas concretas: de qué forma nos sentimos felices y cómo llegamos a ello; cuándo y cómo perdemos la felicidad. Preguntarnos sobre el qué, el cómo y el cuándo de nuestro ser felices o infelices (tal como nos iniciamos en el tema anterior) ampliará nuestra consciencia y arrojará luz para poder construir la felicidad desde dentro de uno/a mismo/a.

¿Cómo se aproxima esta corriente a la investigación sobre la felicidad? ¿Qué puede decir de ella?

Para los psicólogos de esta corriente es imposible definir la felicidad, es uno de los términos más estudiados y de más variación en su conceptualización.

Las investigaciones de esta red que constituye la Psicología Positiva [4]más que poner el punto de mira en una definición teórica de felicidad, tarea casi imposible, investigan cuándo y cómo las personas dicen sentirse felices, y cuándo y cómo pierden felicidad.

Han llegado a la conclusión de que si se identifica felicidad con estado emocional, ésta se reduce a momentos transitorios, si se buscan las raíces profundas de la felicidad, es más fácil vivir un estado duradero de felicidad incluso durante toda la vida.

De acuerdo a sus estudios Seligman distingue en sus conclusiones tres acercamientos a la felicidad, con los que me siento identificada:

a) La vida placentera, la que busca conseguir tanto placer como sea posible. Para los que definen desde aquí la felicidad la receta es llenar la vida de todos los placeres posibles, tanto físico-corporales como psíquicos y aprender una serie de métodos para saborearlos y disfrutarlos mejor. Los placeres son transitorios y se definen en función de los sentimientos experimentados. La vida placentera tiene por objeto permitir experimentar emociones positivas respecto al presente al pasado y al futuro. Pero este aún siendo en muchos casos el más buscado, incluso el que se identifica con ser feliz, es el nivel más superficial y el menos duradero, el que no siempre depende de nuestra voluntad. El camino de la vida placentera por tanto tiene que ver con la capacidad para disfrutar de la vida y el esfuerzo por ir disminuyendo las emociones negativas para incrementar las positivas.[5]

b) La Buena vida, lo que Aristóteles llamó Eudaimonía, consiste en vivir intensamente la vida dejándonos “fluir”[6] y sobre todo para Seligman la buena vida es el “producto de utilizar las fortalezas o virtudes características de cada persona para obtener numerosas “gratificaciones” en los principales ámbitos de la existencia”. La buena vida es el resultado del conocimiento de las fortalezas de cada persona y del ejercicio constante de la voluntad para desarrollarlas con la mayor frecuencia posible en todos los ámbitos de la vida a fin de obtener una felicidad auténtica y duradera. Al estudio de las principales “fortalezas y virtudes”, que se repiten en todos los estudios de sus investigaciones, dedica gran parte de sus libros. [7]

c) Una vida significativa o con sentido es aquella en la que la persona pone sus talentos, fortalezas, virtudes y capacidades al servicio de una causa, tarea, proyecto… algo más grande que uno mismo. Esta experiencia la formulan los encuestados como lugares donde encuentran orientación y sentido, pertenencia y sentido de unidad. Es el nivel más profundo y duradero de felicidad, esta manera de vivir la felicidad puede durar la vida entera, se aprende y se practica.[8]

(Continuará)

Artículo completo: http://blogs.periodistadigital.com/poner-letra-a-mi-canto.php/2013/05/31/p335210#more335210

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s