Jesús escandalizó por su modo de tratar a las mujeres (4)

25 May

lamparaSeguidoras, maestras y apóstoles.

Emma Martínez Ocaña

Yo, María de Magdala, puedo asegurarte que durante el tiempo en el que recorrí los caminos de Palestina como seguidora de Jesús fui testigo de la entrañable ternura de Jesús, de su misericordia cercana y escandalosa ¡Cuantos tabúes rompió con su actitud liberadora hacia todos los marginados de su tiempo, y de un modo especial lo hizo con nosotras las mujeres!

No pararía de presentarte mujeres a las que Jesús, amó, liberó, puso en pié. ¿Recuerdas aquella mujer a quien Jesús sana de su encorvamiento ancestral?. [1] Es una mujer símbolo de tantas mujeres encorvadas (ayer y hoy) por el peso de los demonios patriarcales (sexismo, violencia machista, clasismo, racismo…) que nos impiden reconocer nuestra verdadera talla. Jesús la cura en sábado provocando la indignación del jefe de la sinagoga. Yo creo que Jesús disfrutaba poniendo de relieve que las leyes, por muy sagradas que fuesen estaban al servicio de la vida, de las personas, de la liberación.

Seguiría sin parar presentándote a otras mujeres que tuvieron la dicha de encontrarse con Jesús pero… Pero para mi sorpresa, (Jesús no acaba de sorprendernos nunca), él mismo me pide la palabra, ¡faltaba más!. Quiere intervenir para explicarnos que no sólo nos ofreció lo mejor de sí sino que también el supo aprender de nosotras y recibir nuestro amor generoso.

Hoy soy yo, Jesús de Nazaret, quien me hago presente en este encuentro para deciros que no sólo ofrecí a las mujeres lo mejor de mí sino que también aprendí, recibí y disfruté del encuentro con mujeres importantes en mi vida: mi madre, María de Nazaret, de quien aprendí tanto y de quien recibí un amor incondicional, mis grandes amigas y seguidoras mías: María de Maddala, Marta y María, Salomé, la otra María, la madre de Santiago el Menor y José… además de otras muchas mujeres de las que aprendí: el servicio a la mesa, a lavar los pies con amor.

De una mujer pagana de Cananea[2] aprendí a dialogar. En vez de ofenderse porque le dije que “los perrillos no comen de la mesa de los hijos” cuando yo aún no comprendía que mi misión estaba no sólo entre los judíos sino que también había sido enviado a los gentiles, ella me abrió los ojos para comprender que la preferencia no la tenían los lazos de la raza sino la necesidad de los hijos.

También me impresionó una mujer samaritana, ella se convirtió en la primera evangelizadora de Samaría.[3] ¡tantas mujeres me enseñaron a contemplar la vida de Dios desde la cotidianeidad de mezclar la levadura en la masa del pan, de remendar la ropa, de salar a punto la comida, de buscadora con amor una monedita perdida… Pero en este momento voy a presentaros a una mujer de un corazón grande, generoso y desinteresado (Mc12, 41-44). [4]Una mujer que me conmovió profundamente y la presenté a mis discípulos como prototipo de la auténtica seguidora mía.

Ella nunca supo que, en este momento, cuando ya se acercaba mi muerte, pues me buscaban para matarme, su generosidad, su entrega generosa fue para mi lugar de aliento, de ánimo para seguir dándome yo también del todo, entregándome sin reservarme nada, como lo hizo ella.

No se si la recuerdas, el episodio lo narra Marcos (Mc 12, 41-44). Un día estaba yo en el templo sentado mirando, contemplando sin prisa lo que allí estaba pasando. Era la hora de las ofrendas. Por si no lo sabes te cuento cómo se hacían éstas: los oferentes se colocaban delante del sacerdote, decían en alto la cantidad que donaban y podían especificar para qué finalidad querían que se emplease el donativo. Por tanto esto me daba ocasión no solo de ver sino de oír lo que ahí está pasando.

Mientras estoy allí me doy cuenta de que hay muchos ricos que dan mucho dinero, dicen en alto con mucha opulencia su ofrenda, de pronto veo a una mujer pobre, muy pobre, era una viuda. Ser viuda en Israel en mi tiempo, donde la mujer, por sí misma, no tenía seguridad social ni económica alguna era ser candidata a la miseria, a una situación límite. Si además pertenecía a las clases humildes, su situación podía ser desesperada. Un presente angustioso y sin futuro alguno.

Con voz temblorosa y como avergonzada dice a media voz: “dos ochavos”

El corazón se me conmovió. La miro y me doy cuenta inmediatamente que ese dinero que entregaba era todo lo que tenía

Llamo enseguida a mis discípulos que, distraídos, no se estaban dando cuenta de lo que estaba pasando. No podía dejar pasar esa ocasión para educarles la mirada. Unos días antes yo les había advertido para que se guardasen de la hipocresía de los escribas que viven de pura apariencia exterior, que les gusta ocupar los primeros puestos en las sinagogas y banquetes pero son ladrones, (hoy diríais de guante blanco) les había dicho: “devoran la hacienda de las viudas so capa de largos oraciones. Estos tendrán una sentencia más rigurosa” (Mc 12,38-40). Yo para ese momento ya era consciente de que mis enfrentamientos con las autoridades político-religiosas me iban a llevar a la muerte.

Como te estaba contando, el corazón de esta mujer me deja prendado. Yo, en mis noches de oración y de escucha de los gustos de mi Dios, había aprendido a mirar desde lo superficial a lo profundo, a ver lo valioso en lo pobre, pequeño, marginal y de poca apariencia, a descubrir la riqueza en la pobreza y no quise perder la ocasión para educar la mirada de mis discípulos.

Los llamo y para prevenirlos de las apariencias les digo: “mirad acabáis de ver a muchos ricos que han echado en el cesto mucho dinero, pero esta viuda pobre he echado más que todos porque lo ha dado todo, “era todo lo que poseía, todo lo que necesitaba para vivir”, los otros han dado “de lo que les sobraba”. Esa mujer pudo haber echado una monedilla y quedarse con otra, pero no, en una generosidad increíble ha echado las dos. Esta es la diferencia radical, la entrega amorosa incondicional y sin reservas o el cumplimiento de la ley que deja la conciencia tranquila pero que no entiende de amor.

Me siento con ellos en ese momento y quiero hacerlo también contigo, para educar tu mirada y agrandar tu corazón.

Para saber mirar es necesario situarse en el lugar adecuado, en el punto de vista preciso y esto hará posible que puedas ver unas realidades u otras: puedes ver o no la presencia de tantas “viudas empobrecidas” y descubrir la realidad de la pobreza de tu mundo cercano y del mundo entero o te dejas deslumbrar por las cifras macroeconó-micas de los que manejan las finanzas a su gusto y provecho y tapan el dolor y el sufrimiento al que se somete a la población para que el deficit se reduzca…

Si quieres descubrir cómo anda tu corazón pregúntate cómo andas en generosidad, date cuenta qué hay en ti de: “ric@ que hecha de lo que le sobra” en dinero, tiempo, energía etc; de pobre viuda que da todo lo que tiene y se da a si misma en el don; de discípul@ que necesita ser educad@ por mí, porque las apariencias te deslumbran la mirada, de sacerdote que acoge las ofrendas de otros y tiene el peligro de olvidarse de la suya.

¿Veis esa pobre viuda?, les dije, “pues ella es prototipo de lo que es ser servidor/a del Reino, auténtica discípula”:

· En el reconocimiento de su propia pobreza, que en vez de ser lugar de encierro y de amargura, hizo de ella un espacio de apertura al don.

· En la generosidad de su corazón capaz de esa radicalidad en su ofrenda, en ella no sólo da sino que se da sin reservas. Descubrió que hacer de la propia vida un don es, paradójicamente, camino de felicidad.

· En la gratuidad. Esa mujer no recibió más recompensa que el gozo de su propia generosidad y su libertad.

Por último, no olvidéis nunca a esa mujer. Ella, tiene un corazón tan lleno de amor que ha sido capaz de hacer la locura de darlo todo y descubrir en ese gesto la verdadera riqueza: saber vivir desde la generosidad y la gratuidad que brotan siempre de quien ha experimentado el Amor.

Yo mismo, tengo mucho que aprender de ella y le pido a mi Padre que cuando llegue mi “hora” yo sepa también darlo todo por amor, que como le pasó a ella, me deje alcanzar de tal manera por Su amor que me produzca el gozo de venderlo todo” para comprar el campo donde está escondido el verdadero tesoro: el Reino de Dios.

Me despido de vosotros, yo Jesús de Nazaret.

No podíamos tener mejor final para este encuentro que esta intervención de Jesús, ha sido el broche de oro inesperado.

Hemos llegado al final, yo la mujer elegida por Jesús como la primera testigo de su Resurrección, la apóstol de los Apóstoles, me despido de vosotr@s: espero que esta manera escandalosa y novedosa con la que Jesús nos miró y trato a las mujeres os anime a todas y todos a luchar por romper los muros de la exclusión patriarcal que nos reduce a objetos, que nos niega derechos, que no reconoce nuestras capacidades entre todas y todos podemos cambiar estas miradas y estas conductos para ello contamos con el ejemplo y la palabra del Profeta de Nazaret entonces podremos todos experimentar esta Buena Noticia de la igualdad fundamental de las personas

YO MARÍA DE MAGDALA, UNA MUJER LIBERADA POR JESÚS PARA PODER SER SU SEGUIDORA Y APOSTOL.

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