“Ascensión” a lo que ya somos

12 May

lozanoApártate de ser esto o lo otro o de tener esto o lo otro –escribía en el siglo XIII el Maestro Eckhart-, entonces serás todo y tendrás todo; y de la misma manera, si tú no estás ni aquí ni allí, entonces estás en todas partes. Y así, pues, si no eres ni esto ni aquello, entonces eres todo“. Porque “no tener nada es tenerlo TODO“.

Con las palabras que leemos hoy, concluye el evangelio de Lucas. Un evangelio que, entre sus características especiales, se cuentan algunas de las que aparecen en este texto:

• Establece un periodo de 40 días entre la resurrección y la ascensión de Jesús (a los que añadirá otros 10, para hablar de Pentecostés, entendido como “venida del Espíritu sobre los apóstoles”). De este modo, establece una cronología (puramente simbólica), que habría de tener un éxito completo en la iglesia posterior.

• El comienzo de la misión se establece en Jerusalén, que para Lucas se erige en el centro de la salvación.

• A diferencia del evangelio de Juan –manifiesta e incluso polémicamente opuesto al templo-, Lucas se refiere al mismo como lugar de oración también para los seguidores de Jesús.

• La alegría constituye otro de los rasgos señalados de este evangelio.

En realidad, la “ascensión” no es algo diferente de la “resurrección”, sino otro modo diferente de hablar de la “exaltación” de Jesús por encima de la muerte.

Se trata de “mapas” con los que el autor quiere dejar clara su convicción fundamental: Jesús vive; la cruz no ha sido el final.

El “escándalo” de la cruz es interpretado a la luz de las Escrituras judías (“así estaba escrito“), con lo que se le hace entrar dentro del “plan” divino.

Para una consciencia mítica, la ascensión podía ser interpretada literalmente: Jesús asciende al cielo de donde había venido. Superado el nivel del mito, tal lectura cae, del mismo modo que la creencia literal en los cuentos infantiles. Sin embargo, la sabiduría que contiene sigue vigente.

Simbólicamente –desde nuestro nivel de consciencia no es posible entenderla de otro modo-, la “ascensión” es una imagen plena de sentido, en cuanto evoca nuestra verdadera identidad.

Frente a un materialismo chato que, al olvidar la dimensión profunda de lo real, empobrece dramáticamente lo humano, la “ascensión” viene a recordarnos –a “traernos al corazón”- que las cosas no son lo que parecen, porque no todo se acaba en lo que podemos tocar.

Es cierto que tampoco existe “otro mundo” mítico –un “cielo” al margen de la tierra-, pero lo Real, en su pasmosa sencillez, es mucho más complejo que la lectura corta que hace nuestra mente.

Lo que se ve es solo una cara –la manifiesta-, que remite a otra que no se ve –lo inmanifestado-, abrazadas ambas en la Unidad mayor que las contiene.

Desde una perspectiva no-dual, en la “ascensión” de Jesús nos vemos reflejados todos. Las formas manifiestas –nuestras individualidades- no son sino expresiones de la misma Identidad compartida, que se despliega a través de estas.

Así como el vacío primordial da lugar a infinidad de formas en las que se manifiesta, sin dejar de ser él mismo ni disolverse en ellas, de un modo similar, la Consciencia que somos se expresa en “objetos” diversos, sin dejar en ningún momento de ser ella misma.

Nuestro desvarío más grave consiste en identificarnos con los objetos, hasta el punto de creernos uno más de ellos (el yo individual o ego). Nuestra mayor ignorancia es la de pensarnos como seres separados. Nuestro único “pecado” es creer que somos “alguien”.

Al acallar la mente, dejamos de ver las cosas como ella las ve; salimos de la jaula en la que nos habíamos encerrado y nos reencontramos con nuestra verdadera identidad, ilimitada y atemporal. A esta identidad profunda, que no se agota en ninguna forma, y que es no-dual, llegamos –usando el lenguaje del evangelio- a través de la “ascensión”.

Si te piensas, te verás como “alguien”; si te percibes en el no-pensamiento, solo verás Consciencia. Mientras crees ser “algo”, recortas forzosamente tu identidad, porque si eres “esto”, no puedes ser “aquello”. Por el contrario, cuando te sabes “nada” –nada que la mente pueda pensar-, entonces te experimentas como todo, tal como han visto los místicos.

Apártate de ser esto o lo otro o de tener esto o lo otro –escribía en el siglo XIII el Maestro Eckhart-, entonces serás todo y tendrás todo; y de la misma manera, si tú no estás ni aquí ni allí, entonces estás en todas partes. Y así, pues, si no eres ni esto ni aquello, entonces eres todo“. Porque “no tener nada es tenerlo TODO“.

Y san Juan de la Cruz: “Para venir a poseerlo todo / no quieras poseer algo en nada. / Para venir a serlo todo / no quieras ser algo en nada“.

 

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

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