No me retengáis

9 May

col_sandraNo quiero retenerte, Señor que se filtra y chorrea como vino derramado. Dejarte libre. Dejar que tu tremenda libertad, que no acepta domesticarse, nos contagie.

“No me retengas”. Me sorprendió esa traducción de tus palabras a la Magdalena, en la entrada del sepulcro.

Lo que retenemos, se pudre… lo comemos como fruto fresco, o lo soltamos para alimento de otros o abono de lo nuevo. El Reino, como el viento, necesita fluir, reinventarse.

No quiero retenerte, Señor que se filtra y chorrea como vino derramado.

Dejarte libre. Dejar que tu tremenda libertad, que no acepta domesticarse, nos contagie.

Aprender de tu expansión sin límite. Soltar toda forma, para que el espíritu nos inunde. Renunciar a la aspiración de conducirte, Señor del agua viva, del fuego ardiente. Abandonar la pretensión de darte cauce y meterte en nuestros moldes.

“No me retengáis”.

Caer en la cuenta de tu infinito, que sobrepasa por todos lados nuestras manos, nuestras estructuras, nuestro tiempo y espacio.

Dejarte hacer. No poner obstáculo al paso fecundante del espíritu cargado de semillas.

Ésta es también la resurrección. La conciencia de tu exceso, de tu abundancia irretenible. Vas más allá de estos recortes de eternidad, superas todo fraccionamiento, todas las fórmulas y las definiciones.

Eres un río creciendo entre nosotros, buscando ponernos de pie. Un amor que quiere involucrarse desde los dolores y las fiestas colectivas, sangre hecha música para liberar las penas. Lo que se plenifica en tu pasión, se hace risa y gemido entre nosotros. Tú, el caminante, el que tomó la palabra, el que se atrevió a anunciar la abundancia y a denunciar todas las esclavitudes.

Tú, el liberado liberador, el hombre de fuego, hoguera soplada en el espíritu. Tú derramándote; canción de la vida, “sufriendo y agitando las esperanzas marchitas” de ese pueblo al que le habían achicado su Dios… como el mío…

Tú devolviendo a Dios su inmensidad, liberándolo de los límites que el sistema religioso le ponía. Sacando a Dios de la jaula de los mandatos, de las predilecciones; soltándolo al viento de su propio infinito que los hombres le habíamos arrebatado.

“Dejar a Dios ser Dios”, es un acto de liberación.

(Fe Adulta) Liberarlo de la omnipotencia, para lanzarnos nosotros mismos al vértigo de la libertad. Gesto simbólico que el Padre no necesita, pero sí nosotros: Dios libre de los yugos que le endilgamos. Dios potente, atado sólo a ese amor ‘absurdo’ que confirma y suelta, que acompaña confiando, sin manipular. Dios haciéndose eco del bombo vital, del corazón de su gente latiendo, doble parche de luchas y celebraciones. Mismo flujo, misma vida la tuya, la mía, la colectiva, la del universo entero.

“No me retengáis”.

El grito de un Dios que pide que reconozcamos su libertad suprema.

Ésa que lo lleva a dejar el mundo en nuestras manos, llorando nuestras traiciones y admirando nuestros corajes.

 

Sandra Hojman

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