Una hija pródiga llamada Iglesia

20 Abr

Isabel Gómez Acebo

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Un día, la hija reclamó su herencia y se alejó de la casa del Padre, malgastó su fortuna y se entregó a una vida desordenada. Sus actos fueron motivo de escándalo y vergüenza. Hasta que otro día, habiendo perdido su reputación, entró en sí y dijo: volveré a la casa de mi Padre.

En cierto modo, la crisis de la Iglesia contiene los rasgos de la parábola del hijo pródigo.

Pareciera que al experimentar el hastío del desenfreno al que conduce la soberbia, un hombre humilde y valiente tuvo el coraje de levantar la mirada y clamar al cielo con ese: volveré a la casa de mi Padre. Es el gesto de Benedicto XVI, que a partir de la humildad de su renuncia allana el acceso a la acción del Espíritu, arrastrando con ello a toda la Iglesia. La renuncia marca el límite de la impotencia humana, que -rendida a los pies de la grandeza de Dios- da paso al Esposo fiel de su amada la Iglesia. Entonces, la sorpresa de la elección de un papa inesperado, es prueba elocuente de la acción fecunda del Espíritu Santo.

En un tiempo insignificante, infinitesimal en la historia de una Iglesia bi-milenaria, el Pueblo de Dios recupera la esperanza perdida, despierta la alegría y aflora la confianza; la profecía de Jeremías se hace certeza cuando niños, jóvenes y ancianos se llenan de gozo (Jer 31,13). Se debilitan las barreras que dividen a los credos y sus pastores se abrazan. Los líderes de las naciones se congregan en una plaza para expresar buenos propósitos a un hombre llamado Francisco, dando inicio a un nuevo tiempo; sin palabras alientan a una Iglesia caída y, con su presencia, parecen ayudarla a levantar porque al fin y cabo, el mundo necesita esperanza. Es como la fiesta del Padre a la hija arrepentida.

Sin encíclicas ni documentos, sin decretos ni programas, la historia parece cambiar de rumbo. Sólo por mérito del ejemplo se impone lo esencial: la supremacía de Pedro en el amor.

¿Es verdad lo que ven los ojos? ¿No será expresión de una suerte de un neo-populismo religioso?

Es que la desconfianza se hizo universal. Luego, es necesario andar con cautela: entre optimismo y pesimismo, sólo cabe realismo.

En una Iglesia con arraigada estructura jerárquica, los ecos del testimonio coherente del papa Francisco en Roma llegan, a los distintos rincones del mundo, como destellos de una suerte de pirotecnia, que alegra y aviva a sus espectadores. Mientras otros, molestos por los ruidos y la estridencia de un espectáculo grotesco, esperan con desoladora paciencia que sobrevenga el cansancio, la rutina y el hastío. Como en un teatro interminable, la avidez de novedad espera cada día algo diferente.

Un catolicismo pasivo, inconsciente de su potencial profético, vuelve a tropezar en la misma piedra; mientras Francisco sigue sólo en Roma; aunque no tanto, desde que generales de congregaciones ancestrales van a ofrecer servicio y compañía. No obstante, todo el peso de la cruz de la Iglesia vuelve a descansar en un hombre bueno y honesto de 76 años. Queda entonces, el presente y el futuro de la Iglesia confiado a la debilidad del sucesor de Pedro. Es que está en el ADN católico la convicción de que la marcha de la Iglesia es tarea de la jerarquía.

En vista de la fuerza que contienen los signos, que ha impreso Francisco en cada acción emprendida como obispo de Roma, ¿Cuántos católicos se han preguntado honestamente, cómo puede uno personal y comunitariamente ayudar a levantar y llevar la pesada cruz que Dios ha puesto sobre los hombros del papa?

Hay que tomar conciencia que, las causas que motivaron una crisis de tales proporciones en la Iglesia siguen intactas y que, las estructuras que la inmovilizaron por largo tiempo siguen anquilosadas. Hay personas, procesos y convicciones muy arraigadas que esperan conversión.

Y como con el hermano mayor de la parábola, a la vuelta de la esquina está el peligro de las expectativas y reclamos. Mientras los postergados de hace solo semanas radicalizan sus anhelos de reforma; los consternados del presente extreman sus miedos y sospechas. Egoísmos y mezquindades sólo consiguen acentuar peligrosas distancias, mientras el Espíritu de Dios sigue acompañando a Francisco que persevera hablando el lenguaje de los signos que, al igual que el Maestro, son motivo de escándalo evangélico.

En medio de la duda, habrá que recordar que, así como Francisco se ha entregado a pastorear el rebaño universal con símbolos y signos, no es casualidad que esta hija pródiga llamada Iglesia, vuelva a la casa del Padre, precisamente en el Año de la Fe y a los 50 años del Concilio. Justo cuando muchos se quebraban la cabeza buscando formas para emprender una Nueva Evangelización, en circunstancias que hoy Francisco ha mostrado al mundo la novedad del Evangelio de siempre, con la fuerza expresiva del método y el ardor de los primeros cristianos. Hoy Francisco está haciendo lo suyo, mientras la Iglesia espera que sus hijos hagan lo propio.

Marco Antonio Velásquez Uribe

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