Palabras enfermas

13 Abr

María José Ferrer Echevarri

Las palabras son seres frágiles, quizás los más frágiles de toda la creación humana.

Blanca Ballesteros

 

café pendienteAcabo de mirar el correo electrónico. Entre los mails que me esperaban en la bandeja de entrada he encontrado dos que, después de varios días de silencio bloguero, me han invitado a reflexionar en voz alta. Y no es que estos días no haya habido asuntos susceptibles de compartir, pero eran… muy grises, algunos casi deprimentes, a tono con la lluvia que nos acompaña desde hace semanas. Creo que mis dedos sabían que en el fondo no quería amortiguar con mis palabras la luz que este tiempo de Pascua evoca, así que, pese a que lo intenté varias veces, se negaron a teclear nada. Hasta ahora mismo.

El primero de esos correos incluye un texto titulado “Café pendiente”[1] que explica una iniciativa solidaria. Se trata de algo muy sencillo. La gente entra en un bar y toma un café, pero paga más, en concepto de “cafés pendientes”. ¿Pendientes de qué? De que se los tomen, gratis, quienes no pueden permitirse pagarlos. Solo tienen que entrar en el bar y preguntar si hay algún “café pendiente”. El texto dice que “este tipo de caridad” nació en Nápoles y se ha extendido por muchas ciudades del mundo. ¿También en España? Ojalá fuera cierto, pero la falta de noticias al respecto me hace pensar que no.

El otro habla de un libro titulado Diccionario de palabras olvidadas, editado en 2008 por la Biblioteca Pública de Burgos y la Junta de Castilla y León[2]. El objetivo de la obra, en la que colaboraron decenas de personas, era y sigue siendo “rescatar palabras olvidadas, palabras que se han ido quedando huérfanas, en desuso, y recopilarlas”. En el prólogo, Blanca Ballesteros recuerda que las palabras tienen el poder de materializar los pensamientos: “Las palabras son. Las palabras significan. Cuando una palabra deja de formar parte de nuestro discurso, cuando es olvidada, perdemos parte de nuestra propia historia y de nuestra propia consciencia. […] Si olvidamos una palabra, la hacemos desaparecer, y si desaparece, con ella parece que se va un poquito de todos nosotros. […] Cuando leemos una palabra que ya no se entiende, se produce un vacío en nuestro pensamiento, se abre una zanja en nuestra capacidad de entender”. Regalar al pensamiento palabras olvidadas es, pues, iluminarlo.

Podría pensarse que las dos noticias tienen poco en común, pero yo las veo muy conectadas. Al leer el primer correo me ha llamado la atención que la iniciativa del café pendiente se califique como “este tipo de caridad”. Sinceramente, me sorprenden estas palabras. Esperaba otras, como solidaridad, apoyo, compromiso, justicia, corresponsabilidad, dignidad humana… Y nada más abrir el PDF del Diccionario de palabras olvidadas, antes de leer la introducción y el prólogo, he buscado en él la entrada “caridad”, aunque no sé por qué.

En realidad, “caridad” no es una palabra olvidada, como pueda serlo cualquier término asociado a un objeto o actividad vigentes antiguamente y hoy desaparecidos. De hecho, se usa, generalmente cerca de las personas pobres, un contexto en el que, al menos a mí, me rechina, me suena obsoleta, gastada, vacía de significado o, lo que es peor, adulterada con contenidos espurios –paternalismo, condescendencia, asistencialismo…– que se le han pegado como costras de basura antigua difíciles de rascar. Y cuando la oigo o la leo, se abre un zanja en mi capacidad de entenderla, y si puedo evitarla, la evito, lo que no deja de ser una forma de desuso y, a la larga, de olvido y, finalmente, de pérdida de mí misma,  porque hubo un tiempo en que, lejos de rechinarme, la palabra “caridad” me despertaba con su música…

Las palabras son frágiles, sí. Son seres vivos y, como tales, nacen y mueren. Algunas mueren por desuso del significante al que remitían. Otras enferman de incoherencia, porque acaban significando realidades que no les corresponden. No sé si se puede evitar su muerte, pero estoy segura de que merece la pena intentar sanarlas devolviéndoles su verdadero sentido, es decir, renovando su significado, asociándolas a realidades nuevas a las que puedan servir de expresión e inspiración al mismo tiempo.

Dicho lo cual, ¿a nadie le apetece empezar aquí con los “cafés pendientes”? Y quien dice café, dice…

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