Contra el sacerdocio de la mujer

10 Abr

J. Ignacio Glez. Faus

EL_DOL~1“Lo que los varones decían y predicaban teóricamente sobre la reforma de la Iglesia, no éramos nosotros, sino las mujeres, quienes lo llevaban a la práctica generosamente y sin subterfugios teóricos.”

“A lo mejor, reivindicar hoy el sacerdocio de la mujer es pedir que las mujeres bajen del Gólgota, cuando lo que habría que pedir es más bien que los discípulos, los apóstoles y Pedro suban al Gólgota.”

(Fe adulta) Supongo que el título de este apunte decepcionará profundamente. Sobre todo porque, además, yo debo reconocer que, teológicamente, no he estudiado el tema. Y que los argumentos que suelen aducir los exegetas contra la validez de algún pasaje neotestamentario que parecía opuesto al acceso de la mujer al ministerio eclesial, son argumentos cada vez más serios y más dignos de atención.

¿Por qué, pues, un título tan tajante? Por una especie de atención al “hoy” de la historia de salvación. Por esa práctica del discernimiento que no decide la acción apelando a principios generales con pretendida igual validez para todo momento y lugar, sino que busca y escucha la voluntad de Dios para cada hora y cada situación concreta. Esto me parece lo característico de toda praxis cristiana; y esto es lo que guía la breve reflexión de esta nota.

1. Situación eclesial actual

Hay, algo que quizá no se ha dicho nunca al tratar del sacerdocio de la mujer. Algo sobre nuestro momento eclesial que quizá resulte decisivo para el tema. Y es lo siguiente: las mujeres constituyen en estos momentos el estamento eclesiástico menos contaminado por el poder. Por eso ha sido también el estamento, más cercano a los pobres y por ello, seguramente, el más cercano a Dios. El ministerio eclesial, hoy por hoy, está demasiado travestido en poder “sagrado”. Y digo esto a nivel estructural, sin perjuicio de que luego, a nivel personal, muchos ministros ejerzan su función con admirable espíritu, y estilo, de servicio. Pero la tentación del poder, del protagonismo, de la “carrera”, está demasiado presente estructuralmente.

Ha ocurrido aquí en la iglesia, una evolución parecida a la del significado de la palabra en la sociedad civil: casi nadie sabe hoy que las palabras “ministerio” y “ministro” significan literalmente servicio y servidor. Nadie lo diría, ¿verdad?, cuando tiene uno que acudir a un Ministerio del Gobierno o tiene que dirigir una instancia al “excelentísimo Señor ministro”.

2. Razones históricas de esta situación

Pues en la Iglesia ha ocurrido algo parecido por una larga y complicada evolución histórica que no se puede desarrollar aquí(1). Razones simplemente prácticas fueron llevando a concentrar en una sola persona lo que al principio habían sido diversas funciones contrapesadas: “apóstoles, profetas, doctores, capacidades de curación o de ayuda, cargos de gobierno (1 Cor 12,28). (Fruto de esa concentración es la dificultad actual para crear hoy en la Iglesia ministros nuevos. Ahí está el fracaso de la reinstauración del diaconado: simplemente es que no hay tarea para ellos; o se trata de una tarea tan auxiliar y tan mínima que no parece requerir una ordenación ministerial).

Pero sigamos aludiendo a la evolución histórica: épocas de crisis y de dificultad, o de necesidad de reforma, aconsejaron concentraciones de autoridad que, de circunstanciales se convirtieron en definitivas. Como esas situaciones no tenían demasiada justificación evangélica, se recurrió al Antiguo Testamento, reinstaurando toda una terminología de “poder sagrado” cuya dinámica (como ya es sabido) acabó llevando incluso al poder político. Se recurrió igualmente a la visión neoplatónica de las jerarquías del ser, de las que debían ser reflejo las jerarquías de la tierra. Reaparecieron entonces palabras como “sacerdote” y “pontífice” (puente), que el Nuevo Testamento había evitado deliberadamente para referirse a los servicios de la iglesia. El necesario ejercicio de la autoridad se facilitó mucho al identificarlo con un ejercicio de poder. Se facilitó, pero también se falsificó: porque el evangelio de Jesús había tenido la audacia de dificultar el ejercicio de la autoridad al separarla en buena parte del poder y acercarla cada vez más al servicio. Y este punto era muy importante para Jesús, porque con él creía revelar la identidad de un Dios que, siendo la “autoridad máxima”, se ha relacionado con los hombres renunciando a todo poder divino y prefiriendo resultar perdedor con la libertad que salir triunfador con su Poder. A este Dios es al que los cristianos solemos llamar “el único Dios vivo y verdadero”. Esto es el abc de los que creemos, y yo quisiera creerlo profundamente.

3. Peligros teológicos de esta situación

Digo que quisiera creerlo profundamente, porque no es fácil de creer. Y la dificultad de esta fe radica en que -por un lado- nadie niega la necesidad de autoridad para toda comunidad, laica o religiosa. Pero -por otro lado- esto no es razón para que olvidemos que la autoridad conecta demasiado con el afán pecador de poder, derivado de esa necesidad de valer que constituye a todos los hombres, a la que Pablo llamaba “afán de justificación” y en la que, según él, fracasan todos los hombres, paganos o religiosos, a menos que acepten “dejarse valer” por la fe en ese Amor impotente de Dios, que ama a los pecadores en lugar de ejercer su omnímodo poder contra ellos (cf. Rom 5,5). Eso que Juan XXIII, hablando de la Epístola a los Romanos, calificó como meollo del cristianismo.

Y en este contexto histórico y psicológico humanamente comprensible por la dureza de la realidad, pero teológicamente necesitado siempre de reforma para la llamada del Evangelio, las reformas de la Iglesia se fueron haciendo cada vez más difíciles, casi imposibles. En la medida en que “reforma” implicaba asimilación al Crucificado, despojo y renuncia al poder, toda reforma resultaba imposible o se falsificaba. Y por eso los movimientos de reforma (que muchas veces nacieron también dentro de una lógica del poder) quedaban fuera de la Iglesia y se convertían en heréticos. Quizás es que la renuncia al poder es una de esas cosas de las que el evangelio dice que “no son posibles a los hombres, sólo son posibles para Dios” (cfr Mc 10, 27). Si esto lo dice el Evangelio de la renuncia a la riqueza, cuánto más, cuantísimo mas, vale de la renuncia al poder, que es en definitiva el objetivo secreto o público de toda riqueza.

4. Ventajas de esta situación para la mujer

Y por eso, en esta situación, tuvo que suceder lo que fue posible percibir tras el Vaticano II: en la Iglesia eran las mujeres las más sinceramente dispuestas a la conversión y a la reforma. Posiblemente porque eran las que tenían menos poder del que desprenderse. Y se pudo ver que lo que los varones decían y predicaban teóricamente sobre la reforma de la Iglesia, no éramos nosotros, sino las mujeres, quienes lo llevaban a la práctica generosamente y sin subterfugios teóricos. Se pudo ver esto muchas veces. No siempre, porque no estoy diciendo de ninguna manera que las mujeres sean inmunes a la tentación del poder (aunque mucho más sutil y menos burda que la de los machos); pero en la iglesia estaban simplemente, menos expuestas a ella.

Y por eso, porque apenas tiene poder, es la mujer la mayor fuerza reformadora de la iglesia de hoy. Por eso se las teme y se procura controlarlas cada vez más, y en algunos lugares de América Latina se ha llegado a prohibir a las religiosas que estudien teología, con la excusa oficial de que es “sólo para los candidatos al sacerdocio”, pero quizá con la intención inconfesada de mantenerlas en una minoría-de-edad-de-formación, mucho más fácil de manejar.

5. Peligros del cambio

Yo temo por eso que -sociológicamente hablando- la reivindicación del sacerdocio de la mujer se convierta hoy por hoy en una entrada de la mujer en el juego del poder eclesial. Y, consiguientemente, en una hábil esterilización de sus posibilidades vivificadoras evangélicas. Si yo fuese un alto cargo eclesiástico deseoso de mantener el actual estado de cosas, me inclinaría a abogar por el sacerdocio de la mujer, por esa habilidad política que intuye con razón que es mucho mejor tener aliados que interpeladores. Y si Roma se opone a ese sacerdocio, quizás esté haciendo a largo plazo el servicio inapreciable de mantener vivas en la iglesia las posibilidades de reforma evangélica, a pesar de los pesares.

Esto vale, como acabo de decir, sociológicamente hablando. Desde el punto de vista teológico, me parece que el acceso de la mujer al ministerio es cuestión vinculada a otras dos mas urgentes y que quizá sólo están hoy iniciadas: una teología del Espíritu (el ruah femenino como contrapunto al logos masculino) y una profunda renovación de toda la teología del ministerio eclesiástico, la cual requiere infinidad de estudios exegéticos e históricos sobre el tema que, en la iglesia católica, quizás están sólo comenzando.

Y porque, en estas líneas, se trata sólo de un apunte personal, quisiera cimentarlas mejor con una larga cita de Urs von Balthasar. Es, desde luego, muy larga. Pero es una de esas páginas que nunca deberían perderse para la teología: “Por el modo como !a iglesia se retrata en la narración de la pasión, es claro que ha reconocido que en este punto no existe inmediato ‘seguimiento de Cristo’. La negación de Pedro y la huida de los demás tiene sobre sí una necesidad profética (Mt 26,31s) y fue predicha por el mismo Señor (Jn 16,32). Pero no obsta en absoluto a que, al obrar así, los discípulos se coloquen ante el mundo en la picota, ya que descubren su infidelidad, su cobardía y su inestabilidad… Todo lo que Pedro emprende en el contexto de la pasión va errado: su deseo de que el Señor no sufra: al proceder así, hace de ‘Satanás’, por abrigar planes humanos y no divinos, situándose muy próximo a Judas (Mt 16 23; cf. Lc 22,31); sus protestas de que él no traicionará aun cuando todos los demás traicionarán: la suya será la negación más fuerte (Mt 26,34 par.); su disponibilidad para defender al Maestro contra los atacantes: si saca la espada mundana, a espada morirá (Jn 18,1 1; Mt 26,52): al curar a Malco, toma Jesús partido contra Pedro (Lc 22,51); su sentido de responsabilidad, que le lleva a seguir de cerca los acontecimientos: ese mismo puesto de observación es el que le lleva a fallar lamentablemente (Mc 14,66ss, par.). Sólo le queda un modo de estar cerca, y es alejarse para llorar amargamente, más por sí mismo que por el Señor. Los demás huyen aturdidos. Y el discípulo que en Marcos pierde su única vestimenta para poder escapar (Mc 14,52) constituye la contrapartida paradójica y simbólica de Jesús despojado de sus vestidos: lo que para Jesús es algo, que él mismo hace que suceda por obediencia, es para aquí un despojo imprevisto.

Tras desaparecer los varones y los jefes de la Iglesia, aparece la Iglesia de las mujeres, grupo firme que ‘de lejos’ ‘le acompaña’ y ‘cuida de él’. Marcos (15,41) habla de ‘muchas’, además de las tres que cita por sus nombres. A la hora de dar tierra a Jesús estarán presentes, y luego serán los primeros testigos de la Resurrección. Estarán ‘observando’, contemplativamente. Su compasión no será activa ni adoptarán siquiera el papel activo de llorar ‘como las plañideras de Jerusalén, cuyos llantos rechaza Jesús (Lc 23, 28s). Los únicos personajes activos son un hombre extraño a todo lo que sucede, a quien le hacen cargar con la cruz (Lc 23,26), y los dos ‘malhechores’, con quienes el Jesús crucificado forma una nueva comunidad de condenados a muerte. Ahora están por delante de los elegidos.

En comparación con todo esto, el relato de Juan produce la impresión de ser una explicación mistérica: bajo la cruz, y a diferencia de la ausente Iglesia ministerial, está una Iglesia del amor, representada sobre todo por la Madre dolorosa y por el ‘discípulo amado’, a quien Jesús encomienda a su Madre: núcleo visible de Iglesia fiel que luego (en la pregunta que escucha Pedro: ¿me amas más que éstos?) se difuminará en el seno de la iglesia petrina para seguir siendo a pesar de todo un resto inexplicable para Pedro (21,22s)” (2). Hasta aquí von Balthasar.

La Iglesia no debería olvidar nunca la simbólica teológica de esta escena del Gólgota, donde Pedro niega, donde los apóstoles y discípulos huyen mayoritariamente, y donde sólo las mujeres están allí presentes en gran número, y sólo uno “de fuera” conlleva el peso del madero. En este apunte sólo he querido decir que estoy cada vez más convencido de que la hora de este mundo es la hora del Gólgota. Y que por eso no deseo que, tras la huida “responsable” de nosotros los varones a la hora del prendimiento de Jesús, desapareciera también esa “iglesia de las mujeres, grupo firme que de lejos le acompaña y cuida de El… núcleo visible de iglesia fiel que luego se difuminara’ en el seno de la iglesia petrina para seguir siendo un resto inexplicable [y tan inexplicable!] para Pedro”. A lo mejor, reivindicar hoy el sacerdocio de la mujer es pedir que las mujeres bajen del Gólgota, cuando lo que habría que pedir es más bien que los discípulos, los apóstoles y Pedro suban al Gólgota.

Esto es lo que temo del acceso de la mujer al ministerio en su configuración actual. Y esto es to que me gustaría presentar modestamente a los obispos canadienses que, en el pasado Sínodo, reivindicaron dicho acceso. Seguramente nuestros puntos de vista no se contraponen. Pero es muy importante que se complementen.

 


Notas:

(1) Remito a lo más interesante que yo conozco sobre el tema, y que son las dos obras de AlexandreFAIVRE: Naissance d’une Hiérarchie. Les premières étapes du cursus eclesial, Paris 1977. Y Les laics aux origines de I’Eglise, Paris 1984.

(2) “El misterio pascual”, en Mysterium Salutis III/2, pp. 215-217 (Subrayados míos).

 

José Ignacio González Faus

Teólogo. Cristianisme i Justicia

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