Las Mujeres de la Pascua

25 Mar

                      Por Magdalena Bennasar

Espiritualidad Integradora Cristiana

 

“Y después todo sigue, claro, llega el parto de la cruz, el parto de dar vida a esa humanidad que emerge, que quiere salir, sacar la cabeza… tantas mujeres que no quieren más rostros cubiertos o, lo que es lo mismo, seguir invisibilizadas por sistemas cuyo dios sigue siendo nuestro binomio “dinero-poder”.

Son días convulsos en nuestro país y en tantos otros. Ninguno se libra de un contagio más o menos directo de una situación donde, progresivamente, va aumentando el número de pobres, vulnerables e indefensos ante los poderes institucionales, que en cada  época tienen diferentes apellidos, pero siempre un nombre común:  “dinero-poder”.

Jesús se fue al desierto a aclarar el fondo de su conciencia _cosa que muy pocos y muy pocas nos atrevemos a hacer_ para descifrar quien o quienes eran dueños de su libertad más profunda. Y tampoco le es fácil, como a nosotros y nosotras. Hemos mezclado tanto, que lo evangélico nos resulta nuevo siempre, casi siempre.

Jesús ha dicho y hecho muchas cosas muy significativas a lo largo de su corto período de vida pública, pero al final, cuando siente que como a sus hermanos mayores _los profetas_ no le tolera el sistema, y que tampoco los suyos se dan por aludidos y siguen funcionando con su esquema “poder-dinero”, Jesús empieza a realizar gestos acompañados de muy pocas palabras.

La Pascua es ese tiempo privilegiado que nos regala la comunidad cristiana, todos los años, para  que podamos “entrar” en esa intencionalidad de Jesús, que nos dará las claves de la libertad y del amor sin limites frente al binomio asesino “dinero-poder”.

Y él, en ese tramo final, de nuevo realiza el gesto que más ha repetido a lo largo de sus días, y que también en nuestras vidas es repetido una y otra vez, y que no cansa, y sin el cual no se tiene el equilibrio emocional: cena con sus amigas y amigos. El gesto que acoge y deja acoger, la hospitalidad hacia los otros y hacia uno mismo, porque esa cena, como todas las cenas de encuentro, marca un hito que la comunidad cristiana acogemos como nuestro distintivo.

 

La Hospitalidad es femenina, saca lo mejor de nosotras y de nosotros, activa lo más humano y se plasma en gestos que adquieren diferentes significados según el momento. Tal vez hoy Jesús lavaría los pies de los que han ido a las huelgas que se dan en los países que baña su querido Mediterráneo… y los de tantas mujeres que hoy no podrán preparar más que una cena de hambre, porque la suerte ha querido que nacieran en uno de esos países pobres. O se sentaría con los amenazados de desahucio, que debe ser las antípodas de la hospitalidad, porque el dios dinero ha dictado leyes, que promulgan hombres y mujeres que han recibido una sólida formación porque eran hijos de los que podían pagar buenos colegios…

Y después todo sigue, claro, llega el parto de la cruz, el parto de dar vida a esa humanidad que emerge, que quiere salir, sacar la cabeza…tantas mujeres que no quieren más rostros cubiertos o, lo que es lo mismo, seguir invisibilizadas por sistemas cuyo dios sigue siendo nuestro binomio.

Y sigue la maravilla de verlas a ellas, ese lado femenino de todo ser  humano, fieles hasta el riesgo de ser acribilladas por una religiosidad que no da en el clavo. Ellas y ellos, las y los silenciados por los poderes de siempre, nos llevan de la mano a la tumba vacía, para que juntos, hospitalarios, despojados y despojadas sintamos la Vida.

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2 comentarios to “Las Mujeres de la Pascua”

  1. Rodrigo Olvera 04/01/2012 a 21:44 #

    Afirmar que la hospitalidad “ES” femenina, es seguir asignando culturalmente roles estereotipados a las personas.
    Yo aceptaría que se afirme que históricamente se ha asignado culturalmente la hospitalidad como una culidad femenina. Pero afirmar que lo es, me parece contrario a los avances que la sociedad ha venido haciendo gracias al movimiento feminista.
    Saludos

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  1. Cristianos Gays » “Las Mujeres de la Pascua”, por Magdalena Bennasar. - 04/08/2012

    […] Leído en Euklería: […]

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