Cuestiones innegociables

24 Mar

María José Ferrer

imagesCAU1718X“No confío demasiado en los cambios que vienen de arriba, aunque bienvenidos sean, si los hay. Y tampoco creo que tengamos que esperar a que las transformaciones vengan, como una graciosa concesión, de las alturas. En una pirámide, que es el dibujo oficial de la estructura de la iglesia, el vértice superior no es el que sostiene el edificio, sino el sostenido, en último término, por la base. Si queremos cambios, si queremos un futuro diferente, tenemos que propiciarlo, tenemos que adelantarlo nosotras/os, y si algún día quienes decretan que hay cuestiones innegociables quieren hablar, no negarles el diálogo.”

(Blog de M. J. Ferrer) Ha pasado poco más de un mes desde que Benedicto XVI presentó su renuncia. Sería imposible contabilizar todo lo que se ha dicho y escrito desde entonces a propósito del papa saliente, del Vaticano, de la Iglesia, del cónclave y, en los últimos días, del nuevo papa. No ha habido medio de comunicación que no ofreciera prácticamente a diario algo sobre el tema. Confieso mi pereza y mi desgana ante los asuntos vaticanos, pero reconozco que contemplar opiniones tan diversas y, en muchas ocasiones, encontradas sobre las mismas cuestiones ha sido muy interesante como prueba de que la realidad no es algo en sí, sino que admite tantas interpretaciones como miradas.

Desde el miércoles, se analiza con lupa cada palabra y cada gesto de Francisco, con la esperanza, supongo, de vislumbrar hacia dónde tiene intención de dirigir su pontificado. En general, quienes desean que la iglesia cambie, se muestran optimistas, porque entrevén en el nuevo papa actitudes y aptitudes para poner en marcha dicho cambio. Michela Murgia, teóloga y escritora italiana, en un artículo titulado “Sorpresas desde el fin del mundo” decía el jueves[1]: “nada puede quitarme la sensación optimista de que este papa ha iniciado conscientemente una nueva narración”, es decir, un nuevo estilo, un nuevo lenguaje y, por tanto, un argumento diferente. Ella, que temía que las quinielas sobre quién sería el elegido en el cónclave se hicieran realidad, vivió los gestos de Bergoglio en el balcón de la plaza de San Pedro como una bocanada de aire fresco y, por tanto, como esperanza de futuro.

No obstante, la cuestión no es solo si se producirán transformaciones, ya que de hecho siempre se producen, sino hacia dónde apuntarán, cuáles serán y qué profundidad alcanzarán. En palabras de Michela Murgia: “Nadie que tenga un mínimo conocimiento de la Iglesia espera revoluciones doctrinales de un papa salido de un conclave compuesto enteramente por conservadores, cuando no por restauradores: estoy segura de que el pontífice Francisco no hará ninguna apertura sobre asuntos considerados no negociables”. Y sigue: “Sin embargo, es posible que la referencia explícita a la colegialidad eclesial pronunciada por Bergoglio anuncie un redimensionamiento del poder de los sultanes curiales y que, asimismo, la referencia a Asís implique un estilo diverso en la gestión del dinero y una relación muy diferente con los pobres”. A ella, que está dispuesta a ser tan crítica con este papa como con los pasados, no le parece poco, sobre todo teniendo en cuenta que se temía lo peor.

A mí, sin embargo, algunas cosas no me bastan. Recuerdo que cuando Luz María Longoria Álvarez de Icaza, que fue auditora en el Vaticano II, nos contó en Roma algunas cosas, fui más consciente que nunca de que había tanto que transformar en la iglesia preconciliar, que los cambios que el concilio hizo posibles, y que ahora pueden parecernos incluso insuficientes, supusieron una auténtica revolución. Es posible que en la situación actual haya tanto que arreglar, que tengamos que conformarnos con empezar por algo, aunque sea poco, con la esperanza de que a un paso le siga otro.  Pero me produce desasosiego constatar una vez más que hay cuestiones que corren el riesgo de ser apartadas sistemáticamente de la agenda y, con ellas, a las personas afectadas por ellas, personas a las que siempre les/nos toca esperar fuera…

Porque es precisamente lo innegociable lo que yo quiero que se negocie. Porque es escandaloso que, en la comunidad de hermanos y hermanas que se supone que somos, haya cuestiones sobre las que no se puede hablar. Porque esa “innegociabilidad” es la que hace sufrir hasta lo indecible a infinidad de cristianos y cristianas, a quienes se les niega no solo un espacio en su propia casa, sino la posibilidad de lograrlo, la que empuja a tantas/os a irse, o a permanecer exiliadas/os interiormente, la que excluye y discrimina. Porque el hecho mismo de que haya cuestiones innegociables proyecta una sombra larga y oscura sobre cualquier cambio que se pueda llevar a cabo.

Por eso, no confío demasiado en los cambios que vienen de arriba, aunque bienvenidos sean, si los hay. Y tampoco creo que tengamos que esperar a que las transformaciones vengan, como una graciosa concesión, de las alturas. En una pirámide, que es el dibujo oficial de la estructura de la iglesia, el vértice superior no es el que sostiene el edificio, sino el sostenido, en último término, por la base. Si queremos cambios, si queremos un futuro diferente, tenemos que propiciarlo, tenemos que adelantarlo nosotras/os, y si algún día quienes decretan que hay cuestiones innegociables quieren hablar, no negarles el diálogo.

Sí, de verdad creo que se puede cambiar el mundo.

Beatriz Talegón

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s