3. Un pozo en Samaría (Jn 4,1-45). La danza de lo imprevisible

3 Mar

Dolores Aleixandre

Samaritana1“Pero lo imprevisible la está esperando junto aquel galileo sentado en el brocal del pozo que entabla conversación con ella sobre cosas banales, como para no asustarla: hablan de agua y de sed, de pozos y de viejas rencillas entre pueblos vecinos, cosas de todos los días. De pronto irrumpe el lenguaje de “las cosas de arriba”: el don, un agua que se convierte en manantial vivo, la promesa de una sed calmada para siempre, un Dios en búsqueda, fuera de los espacios estrechos de templos o santuarios.”

“Abandonad vuestra rigidez entre los brazos del Danzante, dejaos llevar por él más allá de vuestros calculados movimientos, nos diría la samaritana: no temáis la hondura de su pozo, ni el empuje irresistible del manantial que salta hasta la vida eterna. Olvidad vuestro pequeño cántaro, vuestro raquítico sistema de pesas y medidas.”

“Quien viene de arriba está por encima de todos. Quien viene de la tierra es terreno y habla de cosas terrenas. Quien viene del cielo está por encima de todos. El atestigua lo que ha visto y oído, y nadie acepta su testimonio. Quien acepta su testimonio acredita que Dios es veraz. El enviado de Dios habla de las cosas divinas, pues Dios no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo pone en sus manos. Quien cree en el Hijo tiene vida eterna. Quien no cree al Hijo, no verá la vida, pues lleva encima la ira de Dios.” (Jn 3,31-36)

Estas palabras puestas en boca de Jesús son el atrio que antecede al relato de su encuentro con la mujer de Samaria junto al pozo de Jacob. Juan contrapone, a nivel discursivo, dos ámbitos: el cielo y la tierra, las cosas divinas y las terrenas. Y es eso mismo lo que va a hacer a continuación a nivel narrativo en la escena de la samaritana.

La alusión al dueño del pozo, trae a la memoria la escena en la que Jacob vio en sueños una escalera que unía el cielo con la tierra. La comunicación entre “lo de arriba” y “lo de abajo” que parecía imposible, va a convertirse ahora en realidad y el hombre sentado en el brocal del pozo va a ser la escalera y el puente que comunique los dos ámbitos.

La mujer llega al pozo ajena a lo que allí la espera y que nada, en la trivialidad de su vida cotidiana, hacía previsible: va por agua con el cántaro vacío para volverse con él lleno a su casa. No hay más expectativas, ni más planes, ni más deseos.

Pero lo imprevisible la está esperando junto aquel galileo sentado en el brocal del pozo que entabla conversación con ella sobre cosas banales, como para no asustarla: hablan de agua y de sed, de pozos y de viejas rencillas entre pueblos vecinos, cosas de todos los días. De pronto irrumpe el lenguaje de “las cosas de arriba”: el don, un agua que se convierte en manantial vivo, la promesa de una sed calmada para siempre, un Dios en búsqueda, fuera de los espacios estrechos de templos o santuarios.

La mujer se defiende e intenta mantenerse en un nivel de trivial superficialidad, huyendo de la irrupción de lo de arriba en su vida. Pero al final de la escena el cántaro que era símbolo de la pequeña capacidad que está dispuesta a ofrecer, se queda olvidado junto al pozo, inútil ya a la hora de contener un agua viva.

Como en tantas otras ocasiones, el evangelio nos sitúa ante un Jesús imprevisible, capaz de vencer la estrechez de nuestras expectativas a la hora de recibirle. Los evangelistas se encargarán de poner de relieve esta presencia de lo desmesurado e imprevisible que parece acompañar las actuaciones de Jesús, desbordando siempre lo que se esperaba de él: Ni los novios de Caná necesitaban tanto vino (Jn 26), ni los discípulos una pesca tan abundante que casi les revienta las redes (Lc 5,6); y para sostener las fuerzas de la gente que le había seguido al desierto bastaba un bocado de pan y pescado, no que sobraran doce cestos (Jn 6,13). El paralítico lo que quería era volver a andar, no esperaba volverse a casa libre de la carga de sus pecados, y Zaqueo, interesado solamente en ver el aspecto de Jesús, se le encontró metido en su casa y compartiendo su mesa (Lc 19); las mujeres sólo pretendían que alguien les descorriera la piedra del sepulcro para embalsamar un cadáver, pero se encontraron al Viviente saliéndoles al encuentro (Mt 28,1-10).

Siempre el mismo derroche por su parte, y siempre la misma resistencia por la nuestra a la hora de ser adentrados en lo imprevisible. Y eso ya desde que Sara se reía por lo bajo, escéptica y reticente ante una promesa que desbordaba por arriba sus previsiones.

Invitados a la danza de lo imprevisible

Abandonad vuestra rigidez entre los brazos del Danzante, dejaos llevar por él más allá de vuestros calculados movimientos, nos diría la samaritana: no temáis la hondura de su pozo, ni el empuje irresistible del manantial que salta hasta la vida eterna. Olvidad vuestro pequeño cántaro, vuestro raquítico sistema de pesas y medidas.

Olvidaos de las pequeñas disputas en torno a montes y templos: ha llegado la hora de adorar en espíritu y en verdad y todos están llamados a hacerlo. No os quedéis únicamente en lo que ya sabéis de Jesús: recorred el proceso de intimidad al que también tenéis la dicha de estar invitados. Al principio yo no vi en él más que a un judío, pero él me fue conduciendo hasta descubrirle como Señor, Profeta, Mesías, como Aquel a quien siempre había estado esperando sin saberlo. Tened vosotros la osadía de nombrarle con nombres nuevos, con esos que no aparecerán nunca en los resecos manuales de vuestras estanterías.

Pero os lo aviso, estad prevenidos: él os puede estar esperando en cualquier lugar, en cualquier mediodía de vuestra vida cotidiana, precisamente cuando andabais enredados en pequeñas historias relacionales, en rencillas mutuas o en rancias ortodoxias en torno a rúbricas o privilegios. Si os detenéis a escucharle, estáis perdidos para siempre porque él al principio os pedirá algo sencillo: “dame de beber”, “llama a tu marido”… , pero al final, volveréis a vuestra casa sin agua y sin cántaro, y con la sed, antes desconocida, de atraer hacia él a la ciudad entera.

Cuenta un apotegma de los padres del desierto que el abad Lot dijo una vez al abad José: “Padre, ayuno un poco. Oro y medito; trato de vivir en paz en lo que de mí depende; procuro purificar mis pensamientos. ¿Qué más puedo hacer?.

José se puso de pie y extendió sus manos hacia el cielo. Sus dedos se volvieron como diez llamas y dijo: ¡Si quieres, puedes ser todo fuego!.

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