Las Beguinas vistas por Marifé Ramos

28 Feb

Transcripción de una parte de la conferencia, “Las mujeres, preñadas de esperanza… ¡Tomamos la palabra!” impartida en el XIX Foro Popular Religioso de Vitoria-Gasteiz, 2011

“¿Qué palabra cogen ellas? La palabra, por una parte, de Dios, pero, además, son capaces de hacer algo que fue una osadía, y por lo cual incluso matan a algunas: hablan de Dios con el lenguaje propio de la época. Es un lenguaje de juglares, de caballeros, de amor cortesano.”

Damos un paso y vamos a ver a las beguinas. De nuevo el Espíritu sopla en los siglos xii, xiii y xiv, y encontramos en todo el centro de Europa, incluida también España, mujeres que buscan un espacio suyo, personal; un espacio, de nuevo, de crecimiento. Para lograrlo se ponen un poquito al margen de la sociedad, dela Iglesia, de los monasterios, del patriarcado. Tuvieron la valentía y la osadía de encontrar su espacio físico, su trabajo y su palabra cuando la sociedad estaba ya muy organizada para un control muy serio sobre estas mujeres. Algunas se habían quedado viudas, otras eran huérfanas, otras no querían casarse ni meterse en los monasterios porque no les gustaba lo que les ofrecían, y otras eran el superávit de una sociedad en la que había muchas guerras (donde muchos hombres morían) y muchas mujeres tenían que decidir sobre su vida.

 

De nuevo, si no es el Espíritu, no podemos entender por qué tantas mujeres en países diferentes van haciendo lo mismo. Ahí hay algo que es extraordinario.

¿Cómo consiguen un espacio de libertad? Trabajando con sus manos. Muchas de ellas en Flandes aprovechan para hacer hilados, bordados, etc., y se les enfrentan los artesanos de la época porque ellas les dan una pasada por la izquierda y hacen unos bordados que, cuando los sacan ellas al mercado, van agotando el trabajo de los hombres. Pero con eso las mujeres tienen su dinero, y con su dinero compran muchísimos manuscritos: algunas tienen unas bibliotecas impresionantes. Son mujeres que han valorado la palabra, y por eso la compran y para eso han trabajado. Se convierten en mecenas de otras mujeres pobres que no tendrían acceso a esta sabiduría si no fuera porque alguien se lo ofrece.

Entonces, se van a vivir en comunidades —los beguinajes o beguinatos, que encontramos en Lovaina, en Brujas, por ejemplo—. En un edificio viven varias mujeres; a una de ellas la consideran maestra, no porque ella se erija así, sino porque las demás reconocen que tiene características de maestra, y crean una red de seguridad social: atienden a los pobres, a los peregrinos, a los ancianos, a las niñas huérfanas… Es decir, cubren aquello que la sociedad no tenía cubierto en aquellos momentos. Oran en común, y fijaos qué bien se montan lo del celibato: ellas deciden que cuando están juntas lo ideal es ser célibes, y se comprometen a serlo; pero si alguna en un momento dado de la vida quiere dar un giro, no hay ningún problema, sale y se organiza su vida.

¿Qué palabra cogen ellas? La palabra, por una parte, de Dios, pero, además, son capaces de hacer algo que fue una osadía, y por lo cual incluso matan a algunas: hablan de Dios con el lenguaje propio dela época. Esun lenguaje de juglares, de caballeros, de amor cortesano. Imaginaos cómo se les cambiaba los esquemas a hombres que tenían una mentalidad escolástica y de repente oían: «Dios es amor, amante, amado; Dios es un caballero que sigue al alma». Pero otra gente que escucha eso decía: «me estás hablando de una manera que lo entiendo y que toca mi vida y mis sentimientos». Por eso, rápidamente estas mujeres, de nuevo, tienen grupos de personas que quieren vivir con ellas. Y se extienden.

Además de vivir lo que están viviendo, lo escriben en su dialecto, en su idioma. Por eso se las llama las madres de las lenguas centroeuropeas. Juliana Norwich, por ejemplo, es la primera mujer que escribe en inglés sobre Dios y sobre lo que está viviendo ella. O sea, desde el punto de vista de la literatura nos han hecho un gran favor cogiendo la palabra, utilizándola.

Hay, pues, mujeres que conocen profundamente la Biblia y que estudian el trivium y el quadrivium, que es lo que se estudiaba entonces. Estudian, pues, seriamente, Teología y la Escolástica, y por eso son capaces de debatir temas teológicos (aunque luego se lleven una “colleja”). Por ejemplo, Margarita Porete —fijaos qué cosa más bonita— coge un género literario que en aquella época se llamaba espejo, que consistía en que tú escribías como si te colocaras un espejo delante y vas contando todo lo que pasa en tu vida, ya sea de tipo religioso, guerrero, etc. La gente, al leerlo, realmente está teniendo un espejo delante (hoy diríamos una telenovela), y se sienten tan identificados que pueden hacer un proceso; en el caso de la vida espiritual, un proceso de crecimiento estupendo. Margarita escribe su libro y lo titula El espejo de las almas simples. ¿Hacia dónde conduce ese espejo? A que seamos libres. Y en torno a 1308, 1309 llega un momento en que la Inquisición  no soporta lo de la libertad y coge a Margarita y le dice que tiene que quemar sus libros y retractarse de todo.

Ella intenta explicar su experiencia de Dios pero, evidentemente, no la entienden en absoluto, y la mandan a la cárcel. Está un año en la cárcel y la sacan para volver a juzgarla, y ella se calla y dice algo como (no es literal): si no lo habéis entendido y no queréis entenderlo, ya no hay nada que decir. Ella sabía que iban a por ella, y ya está. Entonces, la llaman reincidente, y el 1 de junio de 1310, en París, queman en una hoguera, primero el libro y luego la queman a ella.

Pero como estas mujeres tontas no son, lo que hacen es empezar a hacer correr los manuscritos, pero sin firma. Por eso hemos podido recuperar a Hadewijch de Amberes o a Margarita Porete, porque sus manuscritos, a partir de ese momento, no tienen firma, pero se envían a monasterios; y en los monasterios de varones y de mujeres, cuando leen esto, notan que toca su vida, que esto les hace cambiar, y los hombres mismos se encargan de hacer copias y de enviarlas a otros monasterios. Gracias a eso no hemos perdido todos los escritos de las beguinas y nos queda una parte muy rica de ellas. Algunas, incluso, tuvieron un peso político muy fuerte. Margarita habla de la rareza de las almas libres, como diciendo: «esto se da muy poco». Y por eso le dijeron: «te vamos a matar».

¿Qué temas recuperan las beguinas? Eran tiempos en los que se extendía la estructura rígida de la Escolástica y es entonces que las beguinas recuperan a Jesús como hombre: tratan su figura humana con una riqueza que es una preciosidad. Juliana de Norwich nos habla de Jesús como madre: dice que es como una madre que nos da a luz, porque nosotros podemos decir «Jesús nos ha dado una nueva vida», y ella dice «claro, ¡porque es madre!»; y decimos «Jesús, en su cuerpo», y ella dice «nos alimenta, es como si nos diera el pecho». ¿Cómo sonaría eso hace setecientos años? El hecho es que recuperan a Jesús como hombre, recuperan el arte del amor, del amor con mayúscula, porque entienden que amar a Dios, amar y ser amados, es un arte.

Hoy diríamos «es un camino espiritual», pero  cuando los juglares y otras personas están hablando de ese arte del amor, ellas lo llevan al terreno espiritual y dicen «es que las relaciones con Dios también requieren un arte; también podemos crecer mucho en esa dimensión». Y hablan también del deseo. Es muy interesante porque si ni siquiera ahora podemos hablar de la teología del deseo, qué sería hace setecientos años. O hablan dela mirada. Y del cuerpo, integrándolo totalmente, hasta el punto de que otra de las teólogas, Beatriz de Nazareth, habla de las relaciones con Dios poniendo unas imágenes que a nuestros adolescentes les encantarían ahora, porque dice: «yo siento cómo Dios me toca», y no dice el alma, no, sino: «toca mi cuerpo». Es una preciosidad, pero también la callaron.

¿Cómo acaba todo esto? Muy sencillo: un año después de quemar a Margarita, el papa Clemente V en el Concilio de Vienne decreta: «su modo de vida debe ser prohibido definitivamente y excluido dela Iglesiade Dios». O sea la solución que les proponen es callarse y meterse en clausura. ¡Mira que les ha dado a los hombres por meternos en clausura, qué obsesión! ¡Pero si nosotras no los metemos a ellos en clausura! Bien, pues una parte de las mujeres se metió en clausura. A otra parte les mandaron: «a las terceras órdenes», y así crecieron terceras órdenes. El caso es que quedaron calladas para siempre. Aunque algunas continuaron siendo valientes y siguen hasta el siglo xv, y parece ser que hasta el siglo xx ha habido alguna en el centro de Europa, en Italia, con la que hemos querido contactar y no hemos podido, pero dicen que alguna beguina suelta, todavía resto de aquellas beguinas, anda por ahí. Pero nada más. Así liquidaron todo eso, de un plumazo (no en un día, pero de un plumazo).

Os leo algo para ver desde dónde brotan las palabras de estas mujeres (es una preciosidad). De Juliana de Norwich hay que destacar que a los treinta años piensa que va a morir (está ya, de hecho, con los labios morados; está en las últimas), y acude un sacerdote que hace lo que era típico en aquel tiempo, coger un crucifijo y ponérselo bien pegado a la cara para que sea lo último que viera antes de morir. En ese momento, ella tiene un regalo de Dios, una visión preciosa, y dice: «¡tan grande, y cómo se ha bajado!». Esto le despierta tal dinamismo que sale de la agonía y pone por escrito todo lo que ha vivido (¡Qué bonito sería si eso lo hiciéramos también ahora, si dejáramos más constancia del paso de Dios por nuestra vida, hombres y mujeres, pero sobre todo mujeres, que estamos muy calladitas). Así, ella deja un primer texto y durante aproximadamente dieciocho años sigue trabajando sobre ese texto —profundiza, escribe, corrige, confronta, etc.—, y de resultas de ello tenemos el Libro de visiones y revelaciones, de Juliana de Norwich.

Uno de sus mensajes fundamentales es que en el Crucificado reconocemos cómo se manifiesta la plenitud del amor. Una frase que ella va a repetir mucho es «me he quedado hechizada por el amor». (Si en una homilía ahora un sacerdote nos mirara y dijera «hermanos, estoy hechizado por el amor», se nos pondría otra cara, ¿verdad?).  Dice Juliana que el pecado nos ha dejado ciegas y no podemos ya ver; y nos anima a que recuperemos la mirada, una mirada que a través de lo que Dios ha hecho en la naturaleza nos despierte el poder descubrirlo; y una mirada también sobre nosotras, para descubrir nuestra propia realidad. Y nos invita a tener tres perspectivas en la mirada, tres orientaciones: una mirada vigilante, para buscar a Dios en toda la realidad —los signos, las semillas de Dios—; una mirada de deseo, para entrar en el abismo de Dios; y una mirada de abandono, para dejar que Dios haga.

 

Porque frente a la palabra que toman los varones, en la que, si hiciéramos un análisis, veríamos la cantidad de veces que se dice lucha, guerrea, triunfa, consigue…, las mujeres van a repetir, en cambio, abandónate, que no es en absoluto pasividad, sino reconocimiento de que solo Dios puede transformarnos. Así, en su perspectiva de camino espiritual, en su ayuda para que crezcamos, nos dicen muchísimas veces: ríndete, deja de luchar, ponte en las manos de Dios. Porque Dios, ¿que es lo que va a hacer en nosotras? Que aflore el ser divino que ya somos.

Mientras los hombres estaban mucho más en la lucha contra los diablos, ellas ven algo preciosísimo dentro y buscan que salga eso que hay dentro. Por eso, de alguna manera, son comadronas, ellas quieren que demos a luz lo divino que hay en nosotras. Otra de las frases de Juliana es: «Cristo es como una buena nodriza que no se ocupa más que de la salvación de sus hijos».

Como a Hadewijch la amenazaron con la cárcel (podían haberla quemado también, las cosas estaban muy serias), tiene que huir, y se convierte en maestra espiritual itinerante, lo que hace que escriba cartas a las mujeres a las que dirige —a toda su comunidad—, y así tenemos las Cartas de Hadewijch, en las que nos invita continuamente a abismarnos en el amor. Pensad en la vida comunitaria («quiero a esta hermana, no la quiero…»). Hadewijch dice: «no pierdas energía, abísmate en el amor». Santa Teresa nos dirá que somos como esa mariposilla que se quema con el fuego, y que deberíamos convertirnos en fuego. Hadewijch dice que ha sentido el amor de Dios como algo quela abrasa. Y desde ahí habla del amado, de Jesús, como de «un caballero», como de un Quijote dela espiritualidad. Ese caballero tan delicado que toca el alma, que nos invita a crecer, que tiene arte para seducirnos, nos está pidiendo que respondamos con amor.  «Amada mía —le dice Jesús—, a todos los que te hacen bien o te hacen mal dales aquello que necesitan». El amor te da ese poder. «Da todo, porque todo está en ti». Demos eso que tenemos en nuestras manos.

Escribe Hadewijch en una de las cartas a una de las chicas a las que dirige: «Abísmate en él con todas las fuerzas de tu alma. Aleja de ti lo que no es el amor, ocurra lo que te ocurra. Por más golpes que te den, si somos capaces de mantenernos, todo nos ayudará a crecer.» Y ¿qué actitud tiene ella? Dice «te ruego, como una amiga a su amiga querida; te lo suplico como una hermana a su hermana querida; te lo advierto como una madre a su querida niña; te lo mando en nombre de tu amada, como el novio se lo manda a su novia querida: abre los ojos de tu corazón a la claridad y mírate en la santidad de Dios. Aprende a ver lo que es Dios».

Mientras la corriente escolástica habla de Dios como si se lo supiera todo de memoria («Dios es a, b, c, d… »), ellas nos invitan a buscar: no conocemos a Dios; es Dios el que nos quiere conocer y abrirnos los ojos y limpiarla mirada. Yasí nos invitan a estar despiertas y atentas. Una de las frases finales de otra de sus cartas es: «Que Dios sea Dios para ti y tú seas amor para él».

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