Con Francisco se realiza la Profecía de una Nueva Iglesia

13 Feb

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Marco Antonio Velásquez Uribe

“Así, lo que ayer fuera un anhelo, hoy comienza a ser realidad gracias a la audacia profética de Francisco” 

 (Reflexión y Liberación) La mezcla de lucidez, coherencia, apertura al Espíritu de Dios, marginación y perseverancia en la adversidad, son rasgos que acompañan al profeta. La respuesta de Dios es alimento que nutre la convicción, mientras los signos apoyan y confirman nuevos rumbos, en cuyo devenir afloran los tímidos y frágiles primores del profetismo, que llegan al Pueblo de Dios para animar el extenuante camino hacia la Tierra Prometida del Reino, donde manan y fluyen en abundancia frutos de paz, de justicia y de amor. Es la travesía liberadora del Pueblo Escogido, en cuya senda une su destino con otros Pueblos.
 
Desde Moisés hasta papa Francisco, muchos hombres y mujeres han sido llamados a ejercer esta rehuida tarea, unos a guiar, otros a advertir los peligros, unos a aceptar el martirio y otros a ser precursores y pioneros porque la Iglesia peregrina se mueve siempre hacia las periferias.
Cuando en 1981 Leonardo Boff publicó: Iglesia; carisma y poder”, junto con ganarse la desconfianza y la marginación del poder central de la Iglesia, se anticipó abriendo rumbos insospechados que encendieron las alarmas de los custodios de la Ley, que vieron en un libro peligros y despeñaderos, que perturbaban el solaz y la tranquilidad pastoral.
 
En el Capítulo V Leonardo Boff se pregunta: ¿Pueden transformarse en la Iglesia el poder y la institución?“. Un pregunta audaz y escalofriante que lo transporta por el rumbo de un profetismo, que al cabo de 35 años comienza a mostrar signos elocuentes de realización y de esperanza. Precisamente, con el advenimiento del papa Francisco a la cabeza de la Iglesia, concurren en el presente aquellos inconfundibles signos de realización de esa ficción temida por algunos y esperada por muchos.
 
En medio de un riguroso invierno postconciliar, involucionado a costa de voluntad humana, algo relevante ha venido aconteciendo en el Pueblo de Dios, anticipado por L. Boff a modo de profecía: “Un poco por doquier estamos asistiendo al nacimiento de una Iglesia nueva, gestada en el corazón de la vieja Iglesia; comunidades de base en la periferia de las ciudades; Iglesia de los pobres, formada por pobres … Se trata de una Iglesia que ha renunciado definitivamente al poder; su eje lo constituye la idea de Iglesia-Pueblo-de- Dios” (Capítulo V, 5. Eclesiogénesis; de la vieja Iglesia nace la nueva. EnIglesia Carisma y Poder).
 
Desde aquella misma esclavitud relatada en el Éxodo, pero con nuevas formas, parece renovarse aquel grito histórico liberador del Pueblo Escogido. Con tal perspectiva el teólogo intuye un hito significativo en este largo proceso liberador, anunciando que “Estamos asistiendo hoy día a una verdadera eclesiogénesis, precisamente allí donde la estructura institucional manifiesta signos de cansancio y de desilusión.” Era el anuncio de una Iglesia renovada donde “El Evangelio no está atado a un tipo clásico y consagrado de expresión, … Una Iglesia … capaz de comprender que no existe para sí misma, sino que su función es la de ser signo de Cristo para el mundo y espacio de actuación explícita del Espíritu … porque nunca se considera la Iglesia ya completamente realizada, sino siempre por hacer y por convertirse en lo que debe ser; sacramento de Cristo y del Espíritu”. 
 
Lo que ayer L. Boff gritaba desde el desierto, hoy causa sorpresa y perplejidad, porque desde Roma surgen ecos que -con similar lenguaje, con gestos y signos- constituyen la sintonía con el mismo Espíritu de Dios que guía la Iglesia por los caminos del Evangelio. Lo que ayer L. Boff reconocía era que “Esta Iglesia nueva … nace en la periferia, porque sólo ahí es posible la verdadera libertad y creatividad frente al poder.” Porque “La fe nace y se hace presente por medio del testimonio personal, y no tiene necesidad de ser amparada y velada por la institución.
 
¿No es ésta precisamente la libertad y creatividad que maravilla al mundo entero al contemplar en el testimonio de Francisco las luces y esperanzas del Evangelio?
 
¡Cuánto asombro produjo en el Pueblo de Dios cuando en medio de los jóvenes argentinos, reunidos en la JMJ de Río de Janeiro, el papa Francisco los incitaba a hacer lío! Con igual asombro, se comprenden las palabras de Leonardo Boff, cuando decía que: “La Iglesia nueva deberá ser fiel a su camino; deberá ser lealmente desobediente, en el sentido de “buscar una profunda lealtad para con las exigencias del Evangelio; deberá oír la voz del Centro para cuestionarse acerca de la verdad de su propia interpretación evangélica; pero, en caso de estar crítica y profundamente convencida de su camino, deberá tener el coraje de ser desobediente, en el Señor y en el Evangelio, a las imposiciones del Centro … Esta pureza evangélica -decía Boff- constituye una pro-vocación al Centro para que despierte al Espíritu”.
 
¿No es ésta la tensión entre aquel “vaticano-centrismo” y ese llamado recurrente de ir a las “periferias existenciales”, tantas veces escuchado en boca del papa Francisco?
 
Desde que el Hijo de Dios se encarnó en el vientre virginal de María, encarnándose en medio de los pobres como una opción preferencial, no han faltado tentaciones históricas de re-encarnarse en realidades matizadas por distintas formas de poder y privilegios. Con la elocuencia que proveen los medios de comunicación social, estos han desnudado una multiplicidad de contradicciones evangélicas que revelan esa deplorable relación incestuosa de la Iglesia jerárquica con el mundo del poder. Así también, el escándalo de los abusos contra menores, las pugnas de poder al interior de la jerarquía, así como la incoherencia entre fe y vida de muchos fieles, han terminado por minar gravemente la credibilidad de la Iglesia. Afectada la credibilidad queda herida de muerte la tarea de la evangelización, provocando una crisis de insospechadas proporciones.
 
En medio de este desolador panorama, Boff, sin conocer el devenir de graves hechos eclesiales que habrían de suceder, señalaba que “El futuro de la Iglesia-institución reside en ese pequeñísimo germen que es la Iglesia nueva que nace en los medios pobres y privados de poder, … que habrá de servir de alternativa adecuada y posible para una nueva encarnación de las instituciones eclesiales en la sociedad, cuyo poder será pura función de servicio”. Y con una convicción irrefrenable anuncia que “El Papado, el episcopado y el presbiterado no perderán su función, sino que adquirirán otras funciones, tal vez, más puras y más cercanas al ideal evangélico de fortalecer a los hermanos en la fe, de ser principio de unidad y reconciliación en la comunidad, de hacer que los líderes religiosos sean capaces de interpretar a la luz del misterio de Cristo el significado de los acontecimientos y de los más profundos anhelos de los hombres, especialmente de los pobres.
 
Cuando el mundo entero observa con agrado la “revolución de la misericordia” emprendida por el papa Francisco, aparecen como renuevos de esperanza aquella cita que L. Boff traía a la memoria en 1981, donde configuraba algunos rasgo del ejercicio del ministerio jerárquico, y particularmente del papado; “«El Papa debe … procurar que la Iglesia cristiana sea cada vez más la luz que brilla sobre la cumbre, conforme a su verdadera vocación. Una luz que dé testimonio de la convicción cristiana de que Dios es un Dios de amor, y que su amor se pone de manifiesto en las cualidades que reviste el amor de los hombres para con los demás …” -y agregaba que el Papa- “Habrá de ser el más abierto, el más amable, el más confiado de todos los cristianos.” De manera que “Su confianza en la empresa cristiana, su apertura a todos los hombres, su alegría por la Buena Noticia y su confianza en la acción del Espíritu deben ser transparentes, deben brillar en sus palabras, en sus actos, en todo el estilo de ejercer su autoridad.” Y concluía con una auténtica profecía que hizo suya y que hoy vemos realizada en la persona del papa Francisco; “Cuando el Papado se encarne en un hombre cuyas convicciones resulten así de transparentes, necesaria e inevitablemente se convertirá en la posición de mando más influyente en el mundo»” (Andrew M. Greeley. «Ventajas e inconvenientes de un centro de comunicación en la Iglesia. Punto de vista sociológico», en Concilium 64, 1971).
 
Y como corolario, anticipada una realidad aun lejana, pero largamente ansiada: “Y lo que se dice para el Papa vale también para los niveles inferiores del obispo, el presbítero y otros ministros o monitores encargados de la unidad y dirección de una comunidad.
 
Así, lo que ayer fuera un anhelo, hoy comienza a ser realidad gracias a la audacia profética de Francisco, un hombre que ha sabido anclar sus convicciones y su misión en la consoladora alegría del Evangelio, porque él sabe muy bien que Dios quiere que todos sus hijos e hijas tengan vida abundante en Jesucristo.
 
Marco Antonio Velásquez Uribe
(Artículo inspirado en el Capítulo V, Nº 5 de “Iglesia; carisma y poder” de Leonardo Boff / Ed. Sal Terrae)
 

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