Matrimonio gay: debate perdido

25 Ene

ADOPCI~1“Estos tres movimientos – igualdad de derechos hasta en lo más íntimo,  deconstrucción del supuesto orden de la naturaleza y legitimidad de la institución basada en la relación de los individuos – cristalizan juntos un requisito esencial: el reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo y su derecho, al adoptar, de fundar una familia. “

“Ante esta realidad, las alegaciones formuladas por la Iglesia – el fin de la civilización, la pérdida de puntos de referencia fundadores de la humanidad,  la amenaza de la disolución de la unidad familiar, la indiferenciación de los sexos, etc. – son los mismos argumentos que se utilizaron, en su tiempo, para criticar el trabajo profesional de las mujeres fuera del hogar o para combatir la introducción del divorcio por consentimiento mutuo.”

(Blog de Isabel Gómez Acebo en PD) En el periódico Le Monde, de hace unos días ha aparecido un artículo que se titula Matrimonio para todos : el debate perdido de la Iglesia. Considero que su redactora, Danièle Hervieu-Léger, hace un buen análisis de la situación que me ha dado mucho que pensar. Espero que lo misma suceda a los lectores de este blog.

« En  el debate sobre el matrimonio para todos, no es de extrañar que la Iglesia Católica quiera que se oiga su voz,  pero lo hace evitando cualquier referencia a una prohibición religiosa. Para desafiar la idea del matrimonio gay, invoca  una “antropología” que por ser “experta en humanidad”,le permite dirigirse a todos los hombres y no sólo a sus fieles. El núcleo de este mensaje universal es la afirmación de que la familia conyugal – de un padre (varón), madre (mujer) y unos hijos que procrean juntos – es la única institución natural, susceptible de proporcionar un vínculo entre cónyuges, padres e hijos, al proporcionar las condiciones para ello.

Al dotar esta definición de familia de un valor “antropológico” invariable, la Iglesia defiende en realidad, el modelo de familia que ella misma produjo. Comenzó a darle forma en los primeros días del cristianismo, al combatir el modelo romano de la familia que se oponía al desarrollo de sus funciones espirituales y materiales, y  no exigía el consentimiento de ambos cónyuges, que es el fundamento del matrimonio.

En este modelo de matrimonio cristiano – estabilizado entre los siglos XII y XIII – la voluntad divina se expresa en un orden natural que asigna a la unión la procreación, y que defiende el principio de la subordinación de las mujeres a los varones. Sería injusto, un proceso a la Iglesia negando la importancia que tuvo este modelo en la protección de los derechos humanos y en el surgimiento de una pareja ideal, basada en la calidad afectiva de la relación entre los cónyuges. Pero dar el giro, a defender que es un modelo indepasable de toda conyugalidad human, no es lícito.

Esta antropología eclesial entra en conflicto, con lo que los antropólogos describen como la variabilidad de los modelos de organización de la familia y el parentesco, en el tiempo y el espacio. En un esfuerzo por mantener a distancia la relativización del modelo de familia europeo. también recurre la Iglesia al saber psicoanalítico

Y se apoya en el Código Civil, para aportar un plus de legitimación secular a su oposición a cualquier cambio en la definición legal del matrimonio. Algo inesperado si se recuerda la hostilidad que manifestó en su momento, cuando se redactaron las leyes del matrimonio civil. Pero este cambio de parecer se explica, al recordar que el Código Napoleónico, eliminó la referencia directa a Dios pero frenó la secularización de la familia, al sustituir el orden fundado por Dios por el de la naturaleza, no menos sagrado. La ley natural se convertía en garante del orden inmutable para hombres y mujeres, con su asignación de roles diferentes y desiguales por naturaleza.

Esta referencia al orden de la naturaleza se estableció para afirmar el carácter « perpetuo » del matrimonio y prohibir el divorcio. La renovación del matrimonio cristiano, convertido en ley secular ha ayudado a preservar dentro de la secularización de las instituciones y de la conciencia, las raíces culturales de la Iglesia, en una sociedad en la que ya no se empleaba el nombre de Dios en el terreno de la política. En el terreno de la familia se mantuvo para continuar la lucha, contra el problema moderno sobre la autonomía del individuo-sujeto.

Si el tema del matrimonio gay puede ser visto como el lugar geométrico de la falta de entendimiento de la Iglesia Católica con la sociedad francesa, es que se han producido tres movimientos convergentes, para disolver lo que quedaba de la afinidad entre las cuestiones católicas, el matrimonio secular y la familia.

El primero de estos movimientos es la extensión de las reclamaciones democráticas fuera de la esfera política: ha llegado a la esfera de la intimidad marital y familiar, reivindicando los derechos inalienables de la persona, en relación con cualquier ley dada de desde arriba (la de Dios o la naturaleza) y rechazando todas las inegalidades entre los sexos. Desde este punto de vista, el reconocimiento legal de las parejas homosexuales es parte del movimiento – la reforma de la liberalización del divorcio, de la anticoncepción, del aborto, de la redefinición de la patria potestad, de la posibilidad de adopción para solteros – que ha hecho entrar la problemática de la autonomía y la igualdad de los individuos, en la esfera privada. Esta expulsión progresiva de la naturaleza fuera del ámbito de la ley se hace irreversible por un segundo movimiento, que se opone a la asimilación adquirida en el siglo XIX, entre el orden de la naturaleza y la biología. Esta asimilación de la “familia natural” con la “familía biológica” se había inscrito tanto en la práctica administrativa como en el derecho.

El proceso de biologización ha culminado, del lado eclesiástico, en función del acuerdo establecido entre el orden de la naturaleza y el deseo divino, en la coincidencia con antiguos temas teológicos sobre la “ley natural” con el orden de las “leyes de la naturaleza”, descubiertas por la ciencia. Esta visión telescópica da un  carácter sagrado a la fisiología, y fundamenta los argumentos prohibitivos papales sobre la anticoncepción o la procreación médicamente asistida. Pero a principios del siglo XXI, es la ciencia la que desafía la objetividad de las “leyes de la naturaleza”.

La naturaleza ya no es un “orden”: es un sistema complejo, que combina acción y reacción, regularidades y contingencias. Este nuevo enfoque hace saltar por los aires los juegos de equivalencia entre naturaleza  y sacralidad, sobre los que la Iglesia se ha apoyado en su discurso normativo en todos los asuntos relacionados con la sexualidad y la reproducción. Sólo le queda, como legitimación exógena y “científica”, de un sistema de prohibiciones que cada vez tienen menos sentido en la cultura contemporánea, el recurso desesperado a la ciencia psicoanalista, un recurso más precario y sujeto a la contradicción, que el de las “leyes” de la antigua biología .

La fragilidad de estos apoyos psicoanalíticos en los que la Iglesia funda la disciplina del cuerpo, se pone de manifiesto por la evolución de la misma familia nuclear. La aparición de la “familia relacional”, hace poco más de medio siglo, prima la relación entre los individuos, sobre el sistema de posiciones sociales, apoyadas en las diferencias “naturales” de género y las edades.

El corazón de esta revolución, en la que el control de la fecundidad tiene una enorme importancia, es el desacoplamiento entre matrimonio y filiación, y la pluralización de modelos familiares, compuestos y recompuestos. El derecho de familia ha aprobado este importante e inevitable evento: ya no es el matrimonio el que forma la pareja, es la pareja la que hace el matrimonio.

Estos tres movimientos – igualdad de derechos hasta en lo más íntimo,  deconstrucción del supuesto orden de la naturaleza y legitimidad de la institución basada en la relación de los individuos – cristalizan juntos un requisito esencial: el reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo y su derecho, al adoptar, de fundar una familia. Ante esta realidad, las alegaciones formuladas por la Iglesia – el fin de la civilización, la pérdida de puntos de referencia fundadores de la humanidad,  la amenaza de la disolución de la unidad familiar, la indiferenciación de los sexos, etc. – son los mismos argumentos que se utilizaron, en su tiempo, para criticar el trabajo profesional de las mujeres fuera del hogar o para combatir la introducción del divorcio por consentimiento mutuo.

Es poco probable que la Iglesia pueda, con estas armas, detener el curso de la evolución. Hoy o mañana, la evidencia del matrimonio gay, acabará por imponerse en Francia, como en toda las sociedades democráticas. El problema no consiste en saber si la Iglesia perderá  pues muchos dentro de ella, incluso su jerarquía, saben que ya han perdido.

El problema más crítico que encuentra es el de su capacidad para producir un discurso, sobre los interrogantes que plantea el terreno revolucionario de las relaciones conyugales, el parentesco y  los lazos familiares, que pueda ser escuchado.  Por ejemplo, el reconocimiento de la singularidad irreductible de cada configuración individual, más allá del amor – heterosexual u homosexual – en la que se haya embarcado el sujeto.

El tema de la adopción, antes pariente pobre, podría llegar a ser el paradigma de todo parentesco en una sociedad pues, independientemente de cómo se haga, la elección de “adoptar a un niño”, supone el compromiso a su dedicación, único baluarte contra las perversiones posibles sobre “el derecho a tener un niño “, que están al acecho en parejas,tanto heterosexuales como homosexuales.

Sobre estos temas es de esperar una palabra dirigida a las libertades. El matrimonio gay no es el fin de la civilización, pero puede constituir, si la Iglesia sigue con su prohibición, un hito tan dramático para la institución como lo fue, la encíclica Humanae Vitae en 1968. Sería el camino hacia el final del catolicismo en Francia. Y no estamos ante una hipótesis.

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