El Mejor de los Vinos

19 Ene

Por Dolores Aleixandre en RSCJ  

Fabio Pusterla
Porque el vino significa el amor y tiene color de sangre, representa también el sacrificio, especialmente el sacrificio por amor, y nos sugiere la misteriosa relación que en el hombre tienen ambas cosas. No es auténtico el amor que rehusa sacrificarse; no es valioso el sacrificio que no nace del amor.” (L. ALONSO SCHÖKEL)1

Mi padre fue comerciante de vinos en Caná de Galilea y, desde pequeño, me habitué a escucharle dar su opinión al catarlos, después de permanecer unos instantes con los ojos cerrados para concentrarse en el sabor y el aroma de lo que probaba: – ” Este  resulta muy afrutado…, este, demasiado áspero…, éste es de una cosecha espléndida…”

Sin darme cuenta fui aprendiendo yo también y, con el paso de los años, me hice indispensable en los banquetes y fiestas, no sólo de Caná sino de toda la comarca y, a veces, hasta de fuera de Galilea. Por eso, cuando Ana y Bartolomé, dos jóvenes de Caná, decidieron casarse y me pidieron que hiciera de maestresala en el banquete de su boda, acepté con gusto: conocía a los padres de ambos, comerciantes de buena posición, y estaba seguro de que no iban a regatear nada con tal de que la celebración fuera un éxito y los convidados estuvieran satisfechos.

Habíamos preparado todo con esplendidez, incluso por encima del cálculo de invitados que esperábamos, pero cuando me di cuenta de que faltaba sitio en las mesas y que iba entrando más gente de la prevista, empecé a preocuparme. Vi a María de Nazaret, una amiga de la madre del novio y que por supuesto estaba convidada, pero, junto a ella, apareció también su hijo Jesús con su grupo de amigos inseparables, y cuando los vi llegar pensé: “Como cada invitado se traiga a sus parientes y a los amigos de sus parientes, las previsiones se nos vienen abajo…”

Y eso fue lo que ocurrió: empezó a faltar vino y los sirvientes iban y venían nerviosos entre la gente, con sus jarras vacías. Yo estaba medio furioso medio avergonzado, pensando no sólo en mi fracaso, sino sobre todo en el disgusto de los novios y sus familias, que iban a ser recordadas como tacañas o, al menos, como poco previsoras, y su alegría se iba a ahogar en el agua, que era la única bebida que ya podíamos servir.

Vino para alegrar la fiesta

De pronto, un sirviente se me acercó con un cacillo lleno de vino y me dijo que lo probara: lo hice y ¡era el mejor de cuantos había probado en mi vida! ¿Qué estaba ocurriendo?. Me dirigí muy alterado hacia el novio y lo encontré con una copa en la mano.

-“¿De dónde ha salido este vino?”, le pregunté, -“¿Por qué no me has avisado de que guardabas para el final este vino, infinitamente mejor que el que hemos servido al principio? Y si lo tenías, ¿cómo has permitido que pasáramos tan malos momentos, pensando que se había acabado?”. Se echó a reír mientras apuraba el contenido de la copa y me di cuenta de que el vino comenzaba a hacerle efecto. – “Sé tanto como tú”, me dijo, “pero te aseguro que me da igual, que beban todos y se embriaguen en este día inolvidable…”
Yo seguía asombrado y busqué al sirviente que me había traído el vino: me contó que habían notado inquieta a María, la de Nazaret, al darse cuenta de que escaseaba el vino y la vieron hablando en voz baja con su hijo que, al parecer, hizo un gesto de desentenderse del asunto. Entonces ella, inesperadamente, se acercó a los servidores y les susurró: -“Mi hijo va a hablar con vosotros, hacedle caso aunque os parezca extraño lo que os diga. Fiaos de él y hacedlo.” Entonces Jesús se levantó y les ordenó que llenaran de agua las tinajas: ellos, aunque atónitos, le obedecieron, y fue entonces cuando les dijo que me lo dieran a probar a mí.

El festín mesiánico

Miré a Jesús sentado entre su gente, bebiendo y riéndose como todos, y de pronto me vinieron a la memoria palabras del Cantar de los Cantares que había escuchado más de una vez en la sinagoga:

“Ya vengo a mi jardín, hermana y novia mía, a recoger mi bálsamo y mi mirra, a comer de mi miel y mi panal, a beber de mi leche y de mi vino. Compañeros, comed y bebed, y embriagaos, amigos míos.”(Cant 5,1)

¿No sería esta abundancia de vino un signo de los tiempos definitivos, de los desposorios de Dios con su pueblo? ¿No estaría llegando hasta nuestro pequeño rincón de Galilea la primera ráfaga del viento mesiánico, el anuncio de que habían acabado los tiempos de escasez y estábamos entrando en la era de la esplendidez y del derroche?
No me atreví a acercarme a Jesús, ni a intentar desvelar su secreto: pensé que lo importante no era saber sino saborear, no dominar ni controlar, sino asombrarnos, admirarnos, abrirnos a la irrupción del gozo y de la gratuidad. Y acogerlo con la alegría desbordante de la novia que espera radiante la llegada del novio, y recibe de sus manos la copa del mejor vino de bodas.

Tiempo para la palabra

“Se sentirá alegre, como si hubiera bebido… “ (Za 10,7)
“Así saca él el pan de los campos y el vino que alegra el ánimo “ (Sal 104, 14)
“Alegría, gozo y euforia es el vino bebido a tiempo y con tiento.

el vino y el licor alegran el corazón; mejor que los dos gozar del amor (Eclo 31, 28; 40,20)
“Amigo nuevo, vino nuevo; deja que envejezca y lo beberás” (Eclo 9,15)
“Son mejores que el vino tus amores…” (Cant 1,2)
“Nadie echa vino nuevo en odres viejos; si no, el vino reventará los odres y se perderán el vino y los odres. No, al vino nuevo, odres nuevos Mc 2, 22

Tiempo para otras palabras

Vino y pan en la Biblia. “El AT nos suministra una leyenda sobre el origen del vino, inventado por Noé después del diluvio (Gen 9,18-28). El relato nos enseña dos cosas: primera, que el vino es espada de doble filo porque da alegría y quita el sentido, el vino despoja y deja inerme; segunda, que el vino o la vid, inaugura etapas decisivas: la era después del diluvio, la entrada en la tierra prometida, que ostenta sus frutos en un gigantesco racimo, la era de Cristo inaugurada en su pasión, apuntando a su consumación celeste.
El pan es humilde y sencillo, no se da importancia, se entrega sin presunción ni resistencia. El vino es la poesía, la propina, la fiesta. Pan y agua son indispensables pero cuando se agasaja o festeja a una persona, se le ofrece pan y vino que equivale a convite, banquete. La palabra “propina” viene de pino, beber. Representa lo inútil de la vida y que, sin embargo, le da sentido y, sin ello, la vida quizá no valga la pena; lo inútil puede ser más importante que lo útil. El vino representa la poesía junto a la prosa; es como el color frente a un mundo en blanco  negro; es la música frente a rumores y ruidos; es la danza frente al caminar; es el juego frente al trabajo; es el arte y la artesanía frente a la simple técnica; es el humor frente a la seriedad. “¿Qué vida es cuando falta el vino, que fue creado al principio para alegrar?” (Eclo 31,33)
El vino nuevo simboliza la novedad que trae Jesús: Lucas reconoce la dificultad de adaptarse a la nueva realidad. “Nadie, acostumbrado al vino de siempre, quiere uno nuevo porque dice: Bueno está el de siempre” (Lc 3, 39)
Porque el vino significa el amor y tiene color de sangre, representa también el sacrificio, especialmente el sacrificio por amor, y nos sugiere la misteriosa relación que en el hombre tienen ambas cosas. No es auténtico el amor que rehusa sacrificarse; no es valioso el sacrificio que no nace del amor.” (L.ALONSO SCHÖKEL)1

Tiempo para orar

Sitúate en Caná y colócate junto a una de las enormes tinajas de piedra llenas de agua que Juan, intencionadamente, dice que eran “de piedra, destinadas a las purificaciones de los judíos”. Es su manera de hacer ver la rigidez pétrea y la inutilidad del agua a la hora de animar una fiesta. Siente todo lo que hay de agua encerrada e inmóvil en tu vida, todo aquello a lo que quizá das valor de “purificarte” o acercarte a Dios, pero que te deja frío y es tan incapaz como la piedra de movilizar tu vida.
Contempla después la sala de bodas, después de haber circulado entre los invitados el vino que contienen ahora las tinajas: la preocupación se ha convertido en júbilo, hay una comunicación expansiva, se brinda por los novios…
Reconoce y agradece todo lo que en tu vida se parece al  vino, lo que te dilata y anima, lo que te da sentido de fiesta. Acércate a María y cuéntaselo. Pídele que te acompañe hasta donde está Jesús y que le susurre: “No tiene vino…, pero quiere hacer lo que tú le digas.” Quédate un rato bajo la mirada de los dos.

Tiempo para compartir y celebrar la fe

Con niños Puede ser una buena ocasión para educar el sentido de los signos que hacía Jesús, recorriendo algunos de ellos y haciendo ver que lo importante no es que haga algo “milagroso”, sino qué es lo que provocan: alegría, abundancia, sanación, reconstrucción de las personas etc.
Con jóvenes y adultos Poner la palabra EUCARISTIA en el centro de un mural o pizarra y en torno a ella dos círculos concéntricos. Repartir tiras de papel en las están escritas con un color palabras como: sacramento, rito, sacrificio, liturgia, memorial y con otro:  alegría, bodas, fiesta, banquete, abundancia, derroche…Cada participante escribe en uno de los dos círculos la palabra que le ha tocado, según le parezca más o menos cercana a lo que significa la Eucaristía y comentar luego los resultados.Recordar el contexto festivo y de abundancia de los relatos evangélicos de comidas (Lc 5,27; 19,1-10;24,13-35.36-52…)  y sacar consecuencias para nuestro talante cristiano hoy.

1 Meditaciones bíblicas sobre la Eucaristía, Santander 1986, pp.66-71

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