Premio a la mejor profesional del año

7 Ene

la-foto-185_560x280Pilar Mateo: “La ciencia tiene el deber de escuchar de cerca al que sufre la enfermedad”

“La ciencia está muy alejada de la pobreza. Millones de personas mueren por enfermedades injustas. El 50% de la población del mundo, en el hemisferio sur, se muere por cosas que se han solucionado en la otra mitad del planeta hace 50 años.”
“¿Es que no sabemos solucionar una diarrea en los países del norte? ¿Acaso se muere una persona que se va de viaje a África y coge la malaria? El 99% de los que se mueren son gente pobre.”

“Creo que la religión es una excusa para poder cambiar el mundo todos juntos”

(RD-Jesús Bastante).- Pilar Mateo ha recibido el premio a la mejor profesional del año. Es doctora en ciencias químicas, y ha tendido una red de empresas y solidaridad por todo el mundo. Se hizo conocida por su trabajo contra el mal de chagas, que define como “una enfermedad de pobres, que no interesa a nadie”. Denuncia que “el 99% de los que se mueren son gente pobre“, y que lo hacen por “enfermedades injustas”, que no provienen tan sólo de las bacterias, sino de la desigualdad estructural entre el norte y el sur. Critica que “la ciencia está muy alejada de la pobreza“, y se propone, precisamente, cambiar el mundo a través del conocimiento.

¿Qué significa este premio?

Que me entreguen un premio siempre me hace pensar que algo (aunque sea muy poquito) de lo que hago por la vida va por buen camino. Pero sobre todo significa que tengo que hacer muchas más cosas. Es un compromiso por hacerlo mucho mejor, un estímulo para seguir adelante.

A pesar de ser científica, no te has pasado la vida en un laboratorio.

Bueno, creo que he tenido la suerte de que la Providencia tocara a mi puerta. Creo que la Providencia llama a todo el mundo, pero no todo el mundo sabe escucharla. Todos estamos llamados a hacer cosas, sólo hace falta darse cuenta. Por lo tanto, yo soy una afortunada, porque he sido capaz de dar y compartir mis conocimientos y mi formación.

Te hiciste conocida a partir de tu trabajo contra el mal de chagas.

Sí, yo desarrollé una tecnología que aparentemente parece pintura, pero que es más complejo: una microencapsulación polimérica, una especie de celulosa en base acuosa en la que se meten productos biocidas capaces de salir poco a poco, de manera que puedes controlar el ciclo biológico del insecto de una forma racional, sin afectar la salud de las personas. La tecnología estaba desarrollada y diseñada para los países del hemisferio norte, para las cucarachas y los mosquitos que nos ponen nerviosos en vacaciones. Pero entonces vinieron a buscarme de Bolivia, donde el pueblo se moría, donde un 80% de la población sufría la enfermedad de chagas. Entonces tomé la decisión de ir a ver qué sucedía, en primera persona, y me topé con una realidad que cambió mi vida contra todo pronóstico. La empresa de mi padre, con la que pensaba continuar, tenía una tecnología pensada para ganar dinero. Pero yo me di cuenta de que la tecnología podía servir para ayudar a millones de personas que mueren por enfermedades injustas. Porque detrás de las enfermedades endémicas existen muchas cosas que no se dicen. La ciencia tiene el deber de escuchar de cerca al que sufre la enfermedad. La ciencia está muy alejada de la pobreza. Habla de las enfermedades de quienes padecen pobreza, pero no lo vive desde dentro. Los chinches que transmiten esta enfermedad están en casas maltrechas, donde la palabra hambre está escrita en la pared. Por lo tanto, la tecnología no es suficiente para erradicar un problema que es mucho mayor. Hay que cambiar la realidad de las personas que viven en condiciones de pobreza, y hay que ilusionar a la gente porque el cambio empieza por uno mismo. Así nació mi movimiento de mujeres indígenas, y la fundación Ciencia y Conocimiento en Acción. Es otro de mis grandes proyectos, para el que invito a todos a que se animen: cambiar el mundo con el conocimiento.

¿Tiene la mujer un papel particularmente especial en el desarrollo del hemisferio sur?

Lo tiene, tanto en el norte como en el sur. En el norte hemos sido calladas, sin llegar a existir hasta el siglo pasado. Antes no podíamos escribir, ni hacer música, ni pintar, ni ser científicas. Nos quemaban en la hoguera. A mí, como química, me hubiera quemado la Inquisición por “hacer magia“. No podíamos ni hablar en público. Esto es muy reciente en la historia., y es muy importante que lo sepamos, para poder enseñárselo a las que lo siguen sufriendo en este momento. En el hemisferio sur están como nosotros hace 100 años, y por eso tenemos la obligación de ayudar a las mujeres a que ellas mismas produzcan este cambio. Los cambios son todos muy lentos. Han pasado siglos para que la mujer pudiera coger un micrófono. Por tanto, hay que acompañarlas en ese proceso, y ayudarlas a que puedan salir adelante con la experiencia que tenemos o que hemos heredado. Siempre se habla de que la mujer es el alma del desarrollo, y es cierto, pero también es el alma de la casa. Y lo que está enfermo en los países del sur son las casas. Si un ama de casa ve que su casa está llena de bichos y de enfermedades, fácilmente adopta una actitud de dejadez. Por eso la mujer tiene que ser la protagonista del cambio. Tenemos que hacer unas casas mejores, intentar levantar la autoestima… Y son fundamentales los proyectos multidisciplinares, porque una sola persona no es capaz de cambiar todo. Todos somos importantes para este cambio, y lo vamos a conseguir.

¿Está la desigualdad estructural detrás de las enfermedades? ¿Es posible la justicia o la salud mientras permanezca la brecha entre el norte y el sur?

Continuamente se escucha lo de que a las personas hay que ayudarlas dándoles una caña de pescar. Pero eso no es suficiente: el problema es que no tienen un sitio para pescar. Así se crean frustraciones. La movilización social es tan importante como la formación. Lo que no puede ser es que les enseñemos su propia forma de agricultura o ganadería, pero que no puedan plantar una platanera porque toda la tierra está ocupada, tiene dueño. El problema es sistémico, es una cadena de valores que se están perdiendo.

¿Puede cambiarse el sistema?

Yo estoy convencida de que sí. Creo que hay personas que han dado ejemplos maravillosos y que intentan cambiar el mundo a su manera. Cada uno tenemos una utopía diferente. Yo sé cómo quiero hacerlo yo: con el conocimiento puesto en acción. No hablo sólo de conocimiento académico ni científico. Si algo les falta a los países del sur es formación, y se la tenemos que dar. Muchas veces se piensa que los únicos que podemos hacer cosas somos los profesionales de la medicina, de la química de la educación… esto no es así. Un ama de casa también puede. Todos tenemos que ponernos a resolver los problemas, juntando nuestro conocimiento. El 50% de la población del mundo, en el hemisferio sur, se muere por cosas que se han solucionado en la otra mitad del planeta hace 50 años. Y lo sabemos. Por lo tanto, que no nos engañen: no es un tema de productos y tecnología súper vanguardista. ¿Es que no sabemos solucionar una diarrea en los países del norte? ¿Acaso se muere una persona que se va de viaje a África y coge la malaria? El 99% de los que se mueren son gente pobre. Se mueren por problemas intestinales, por bacterias. Sólo con enseñarles a hacer jabón, se solucionaría parte del problema de la falta de higiene, muchas enfermedades gástricas… Nosotros no nos damos cuenta, nos parece normal tener jabón y lavarnos. Pero en otros países no hay. La forma de acelerar el cambio es unir el conocimiento. Hay que ponerse en marcha.

¿Qué iniciativas tenéis para luchar contra la malaria?

Mientras estuve viviendo con los guaraníes vino un grupo de científicos, expertos evaluadores de tecnología, porque yo tomé la decisión de que se evaluase como un medicamento clínico, cumpliendo las diferentes fases de la Organización Mundial de la Salud. El grupo de científicos publicó los resultados de las pruebas, que son espectaculares. En la fase dos ya sabíamos que el producto podía controlar el insecto. El mosquito que transmite la malaria no distingue a un pobre de un rico. El chagas sí que es una enfermedad de pobres, y por eso no interesa a nadie; pero la malaria afecta a cualquier sangre. Por eso ha empezado a haber cierto interés. En Ghana encontré a unos maravillosos inversores que creyeron en mi proyecto, y me convencieron de hacer una fábrica allí, para llegar a la gente más pobre. Era una forma de abaratar los productos para toda África. En eso estamos, montando una empresa de alta tecnología y alta producción, que generará 500 puestos de trabajo en los próximos meses. Nosotros fabricaremos la parte científica, pero mi gran ilusión es extender el proyecto a las mujeres. Me parece fundamental. Yo me voy a encargar de todos los temas de investigación, así que voy a estar en África. También tenemos proyectos de dengue en México, así que es posible que también esté allí, donde me necesiten. Abrazando a la gente.

¿Cómo concilias tanto viaje y tanta vida fuera con tener una familia?

Bueno, tengo una familia maravillosa que entendió mi decisión. En la vida tienes que marcar prioridades. Yo tengo la suerte de tener unos hijos que ahora ya son mayores, niños sanos que lo tienen todo, y unos padres que sólo me tuvieron a mí porque era hija única. Todos se han metido en mi mundo. El movimiento de mujeres que tengo en Bolivia ha crecido mucho, tenemos hasta escuela de hostelería, de manicura y pedicura, equipos de fútbol… hasta un programa de radio que escuchan ya muchísimas mujeres. Cuando mi padre murió, mi madre estaba mal, y la apuntamos a un curso de Internet. Ahora ella tiene un programa de radio que se llama “Las recetas de la abuelita”, y que hace por skype todos los miércoles. Ahora mi madre es periodista, enseña lo que sabe, y es feliz comunicando.

Tus proyectos han llegado hasta el Vaticano, donde estarás el próximo abril con personajes como Gloria Estefan o Usain Bolt. ¿Cómo te sientes ante esto?

Me llamaron para ver si quería aportar mis experiencias de vida desde el punto de vista de la ciencia en el Vaticano, y por supuesto dije que, si servía para algo, aceptaba encantada. Luego me enteré que iba a estar junto a Gloria Estefan, Usain Bolt… etc. Ella canta mucho mejor que yo, y el corre mucho más que yo, pero yo intentaré, pausadamente y con otro tono, transmitir mi experiencia. Y espero salir de ahí cantando y corriendo con todos los demás.

¿Cuál es tu fuente de esperanza?

A mí educaron en los valores cristianos, y dentro de mi religión se encuentran la tolerancia y el amor como principios universales. Creo que la religión es una excusa para poder cambiar el mundo todos juntos. No tiene que ser un obstáculo. Yo tengo grandes amigos musulmanes, judíos, ortodoxos, coptos… Lo que nos enseña la fe es precisamente la tolerancia.

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