Entrevista a José Arregi

26 Dic

arregi“Yo creo que el seguidor de Jesús, hoy en día, tiene que denunciar este capitalismo neoliberal que se sustenta en la especulación de unos pocos, caiga quien caiga.  El capitalismo no tiene misericordia.”

La Iglesia perdió a los intelectuales entre los siglos XVIII y XIX, situándose en contra de la razón. Luego perdió a los obreros, situándose también en contra de la mayoría de reclamaciones y reivindicaciones sociales de la clase trabajadora. A partir del Concilio Vaticano II, a mediados del siglo XX, perdió a la juventud, que ahora está en otro paradigma (la posmodernidad, la cultura de la información, de la complejidad, de la globalización, de la crisis de las grandes tradiciones y su consiguiente crisis…). Y ahora está perdiendo claramente a la mujer, si es que no la ha perdido ya. Y si pierde a la mujer, pierde a las madres; y si pierde a las madres, pierde la transmisión a las generaciones futuras, que es precisamente lo que está pasando. Ya está bien de culpar de todo ello a la cultura actual y a todos los “ismos” imaginables.

“La Iglesia española se está situando en otra época, en otro planeta y en otra cultura”

(José Manuel Vidal- RD).- José Arregi estuvo participando en la Semana Andaluza de Teología, que se celebró en Málaga los pasados días 24 y 25 de noviembre. Bloguero de Religión Digital, afirma con tristeza que la Iglesia Católica institucional se ha alineado en los últimos 30 años con los intereses de la derecha, de la gran banca y de las grandes multinacionales”, lo que le lleva a preguntarse, en ocasiones, “si Jesús y los obispos hablan del mismo Evangelio”.

En cuanto a la oposición de la Iglesia al matrimonio homosexual, Arregi cree que “dentro de no muchos años nos avergonzaremos de ello, al igual que de los pronunciamientos de los obispos sobre el aborto o el divorcio”, y opina que “si dos hombres se quieren, es sacramento”.

Estas posiciones “ahistóricas y contraculturales” son las que han llevado a la Iglesia, según Arregi, a perder en los últimos siglos a los intelectuales, los obreros, las mujeres y lo jóvenes: “La única juventud que queda es justamente la más tradicionalista políticamente, culturalmente bastante desubicada y religiosamente involucionista”, concluye.

¿Cuál fue el título de tu ponencia?

El título que me propusieron fue “Lógica del Reino, lógica del capitalismo”. Yo de economía no sé, pero todos conocemos a grandes rasgos las consecuencias lamentables que nos está trayendo el capitalismo. Lo que voy a intentar es contraponer lo que Jesús tenía en mente y en el corazón cuando anunciaba la Buena Noticia del Reino de Dios para los pobres, al capitalismo salvaje en su versión neoliberal. Lo que quiero decir, en definitiva, es que lo que Jesús lleva en su propuesta de Reino de Dios es la prioridad y el interés por el pobre. Que deje de ser pobre y que viva con dignidad. Mientras que el interés primario del capitalismo es la ganancia. Hay una franca contraposición entre la compasión como motor y como horizonte humanizador (de Jesús) y el interés insensible de unos pocos (por parte del capitalismo).

¿O sea que estamos ante un sistema anti-evangélico? ¿No se puede superar eso?

Yo creo que hay que clamar más que nunca, porque la lógica económica que subyace a la economía neoliberal que está en auge desde los años 80, pero que al mismo tiempo parece que se está desmoronando, se contrapone a la lógica del creyente. Yo creo que el seguidor de Jesús, hoy en día, tiene que denunciar este capitalismo neoliberal que se sustenta en la especulación de unos pocos, caiga quien caiga. El capitalismo no tiene misericordia.

¿Es hoy cuando es más evidente?

Por supuesto. Tal vez en años de mayor bonanza alguien pudo hablar del Fin de la Historia, y hubo una teología conservadora que dijo que el sistema neoliberal era la plasmación perfecta del Evangelio de Jesús. Pero hoy en día no hay más que mirar lo que nos rodea, no solamente en el estado español, sino a nivel más planetario: los desgarros, las desigualdades crecientes, el horizonte de futuro inexistente, el desastre ecológico en marcha… Todo esto responde a la praxis y a la lógica de fondo del capitalismo neoliberal.

Una vez hecho el diagnóstico, ¿qué propones?

No lo sé. Para eso habría que dominar la economía en detalle. Lo que sé es que hay cantidad de movimientos sociales, más allá de límites confesionales, que están proponiendo medidas de corrección de la economía a nivel planetario: persecución de la corrupción, regulación del mercado, gravación de todas las transacciones financieras, la tasa Tobin… Que los gobiernos políticos tengan realmente capacidad de decisión por encima de los poderes financieros, porque en definitiva estamos viviendo bajo una dictadura financiera de las grandes entidades, y los políticos no hacen más que decir que no pueden hacer otra cosa. Creo que es el momento de la gran política. Los políticos que elegimos deben tomar decisiones que respondan al bien de la ciudadanía.

¿Cómo podemos los católicos impulsar ese cambio?

No importa que sean católicos o no, hay cantidad de personas que están impulsando, en sintonía y colaboración con movimientos de todo tipo (el 15-M, el 25-S, Stop Desahucios…), este nuevo clamor social. Dando voz a la sensibilidad que pide una transformación.

¿Crees que ese clamor pueda cuajar en algo que ayude a las víctimas?

Ha de cuajar. Y si no, de una forma u otra, aunque no sea de golpe, el cambio necesariamente se hará. Y tiene que hacerse a nivel planetario. Ya sabemos que el estado español, por ejemplo, tiene muy poco margen de decisión. Las decisiones tienen que ser cada vez más compartidas. Las Naciones Unidas deberán servir para esto, para que realmente haya una democracia de todos los pueblos, de todas las especies del planeta, de todos los seres vivientes. Y que se tomen decisiones por el bien común, el equilibrio y la armonía.

¿Qué papel crees que está desempeñando en este momento la Iglesia Católica, que es una Iglesia universal, que podría tener cierta autoridad moral para empujar ese cambio de paradigma?

Si uno piensa en el papel que podría estar jugando la Iglesia Católica institucional, en comparación con otras confesiones que son más atrevidas (tal vez porque son más libres), se ve que es bastante pobre, y que se ha alineado en los últimos 30 años claramente (y es muy triste decirlo) con los intereses de la derecha, de la gran banca y de las grandes multinacionales. Creo que la Iglesia (me refiero a la jerarquía y al Vaticano) no ha sido una voz parecida a la que fue la voz de Jesús en la Galilea de hace 2000 años, que estaba claramente de lado del interés de los últimos, de los pobres.

¿No es eso una traición a la esencia del mensaje del nazareno?

Es evidente. ¿Cuáles son las grandes causas que provocan pronunciamientos y toma de la palabra por parte de la institución eclesial? ¿Por qué han salido y han llamado a manifestarse los obispos del estado español? No ha sido por los extranjeros, ni por los inmigrantes, ni por los desahuciados. Últimamente se están oyendo algunas voces de ciertos obispos que se están adelantando en la toma de posición, en una línea que debería ser mucho más visible.

¿Quieres decir que la institución debería estar en la vanguardia de esos movimientos?

Sí.

Pero Rouco fue el primero que expulsó de la Almudena a los desahuciados que se refugiaron allí.

La pregunta es, ¿qué Evangelio leemos? De qué Jesús hablamos.

¿Te decepciona la jerarquía?

Efectivamente. Yo me sonrojo viendo la decisión, la coherencia y los costes personales que asumen mucha gente por reflexionar, por ejemplo, en unas jornadas como éstas, en mi querida tierra de Andalucía. Aquí hay personas de una calidad humana y espiritual muy grande. Ellos son la Iglesia de Jesús. Ojalá la Iglesia Católica, representada en su jerarquía, siguiese esa misma tónica. No digo que todos debamos pensar igual, ni que debamos trabajar en lo mismo; ni siquiera debemos comprometernos de la misma manera. Pero la sensibilidad no debería quedarse solamente en palabras y en buenos deseos, sino que debería impulsar acción y transformación política y económica.

¿Un ejemplo sería el gesto concreto que acaban de tener los curas de Bilbao, pidiéndole a su obispo que ponga a disposición de los desahuciados las casas rectorales vacías o las tierras desocupadas de algunas parroquias rurales?

Mario Iceta es de los obispos adelantados en esta causa, por eso debo decir que me parece admirable. En la diócesis de Bilbao hay mucha base cristiana católica, igual que en la diócesis de San Sebastián, el Foro de Curas de Vizcaya… que van marcando y abriendo camino. La jerarquía, por el peso institucional, los intereses, etc., va más rezagada.

Los obispos se acaban de pronunciar sobre el matrimonio gay, pidiendo que el Partido Popular dé marcha atrás, incluso tras la sentencia del Tribunal Constitucional. ¿Qué te parece?

Lo lamento. Me cuesta comprender cómo hoy en día puede ser tanto problema para una institución importante como la Iglesia que el matrimonio homosexual sea reconocido en igualdad de condiciones jurídicas que el heterosexual. Un primado anglicano decía hace poco, a raíz de la no aprobación de la ordenación de las mujeres como obispos en la Iglesia Anglicana, que ésa es una cuestión que les va a costar explicar a la sociedad. Lo mismo pasa en este caso.

¿También puede hacer perder credibilidad a la Iglesia?

Claro. La Iglesia española se está situando en otra época, en otro planeta y en otra cultura. ¿Cómo va a comprender la inmensa mayoría de esta sociedad que la Conferencia Episcopal, prácticamente en pleno, llame a través de su portavoz a una especie de objeción de conciencia o de insumisión, como hizo con motivo del aborto? La Iglesia sólo hace estas cosas por el divorcio, la ley de la eutanasia, para condenar la insumisión de los jóvenes que se oponían a hacer el servicio militar… ¿Cómo es posible? Creo que dentro de no muchos años nos avergonzaremos de estos pronunciamientos, como ahora pedimos perdón por pronunciamientos del pasado, que han sido totalmente ahistóricos y contraculturales. Todo por no entender los nuevos esquemas sociales, que no tiene por qué ser mejores o peores, sino distintos. Si dos hombres se quieren, es sacramento de Dios. ¿Dónde está el problema? Ellos dicen que el matrimonio tiene que ver con la procreación, pero la Iglesia nunca ha condenado el matrimonio de dos abuelos que nunca van a tener hijos. ¿La cuestión está entonces en que sean hombre y mujer? ¿Y eso de dónde lo sacan? Eso es un simple esquema cultural, histórico y, por tanto, cambiante. Pero esa ruptura les cuesta muchísimo.
Toda religión tiene siempre el gran peligro de recurrir siempre al absoluto, a la tradición, a Dios o a la revelación, para justificar, legitimar y mantener lo que no son más que esquemas culturales, y por tanto, contingentes.
La vida no para nunca. Progresa, evoluciona. Y la religión debería evolucionar también junto con la vida.

¿Uno de esos escándalos de los que dices que seguramente nos avergoncemos dentros de muy poco es la situación de la mujer en la Iglesia Católica?

Ya nos ha pasado factura. Como se suele decir, la Iglesia perdió a los intelectuales entre los siglos XVIII y XIX, situándose en contra de la razón. Luego perdió a los obreros, situándose también en contra de la mayoría de reclamaciones y reivindicaciones sociales de la clase trabajadora. A partir del Concilio Vaticano II, a mediados del siglo XX, perdió a la juventud, que ahora está en otro paradigma (la posmodernidad, la cultura de la información, de la complejidad, de la globalización, de la crisis de las grandes tradiciones y su consiguiente crisis…). Y ahora está perdiendo claramente a la mujer, si es que no la ha perdido ya. Y si pierde a la mujer, pierde a las madres; y si pierde a las madres, pierde la transmisión a las generaciones futuras, que es precisamente lo que está pasando. Ya está bien de culpar de todo ello a la cultura actual y a todos los “ismos” imaginables.

¿No ha ocurrido todo esto en contra del Concilio?

Sí. El Concilio hizo un esfuerzo de reconciliación con la libertad del sujeto y con la razón. Lo que pasa es que, ya incluso antes de que terminara el Concilio, la cultura europea se estaba situando en otro paradigma, y con el pontificado de Juan Pablo II hubo retrocesos importantes. por una parte, la Iglesia echó marcha atrás del intento de reconciliación con la cultura moderna; y por su lado, la cultura dio un paso adelante hacia el paradigma post-industrial de la información. O sea que lo que separa ahora a la Iglesia institucional de la cultura actual no es solamente una mutación cultural, sino dos: porque la Iglesia ha retrocedido hacia e paradigma premoderno, mientras la sociedad ha avanzado hacia un paradigma postmoderno. De manera que hay dos pasos de distancia entre la institución eclesial y la cultura.

¿Cómo es posible, en una institución que precisamente cuenta con gente sólo dedicada a reflexionar, como los teólogos o los pensadores? ¿Se debe esa involución a una estrategia preconcebida, que parte de la supervivencia de la Iglesia a lo largo de la historia?

Mala voluntad seguro que no hay, pero falta un diagnóstico y una lectura adecuada de la situación de nuestro mundo. Tal vez hay un cálculo que la institución eclesiástica está haciendo, de acuerdo a la línea del neoliberalismo político y económico, con el que ya he comentado que la Iglesia ha hecho un alineamiento que a mí me parece bastante perverso. El cálculo tal vez pasa por creer que el neoconservadurismo tiene futuro, como lo tiene el neoliberalismo, y que los países emergentes no están tan secularizados y laicizados como los países modernos, luego el futuro podría estar marcado por las pautas que ellos impongan, con la religión como presencia fuerte en la sociedad. Creo que ese tipo de cálculos es lo que está haciendo la Iglesia cuando impulsa esta involución tan clara, y cada vez más evidente. Pero a mí me parece que es una lectura errada, un diagnóstico que va a traer consigo un proceso de marginalización por sectarización de la Iglesia en nuestra sociedad. Porque el paradigma de la pluralidad no creo que tenga marcha atrás.

¿No podría cambiar la dirección de la Iglesia como en época de Juan XXIII, que cambió el rumbo de la institución radicalmente?

Puede suceder. Como la Iglesia es tan centralista y tan autoritaria, todo depende de la decisión de uno. Pero también habría que preguntarse cuánto manda ahora Benedicto XVI en el Vaticano. Formalmente, él tiene toda la autoridad, y si se atreviera, podría ponerse firme en cuanto quisiera, dar un giro de timón y provocar el cambio. Pero no creo que eso se dé. Además, la situación social y religiosa de Europa occidental es muy diferente. Cuando la Iglesia, con Juan XXIII, se decidió a dejar atrás la condena, la ofensiva y los profetas de calamidades, para reconciliarse con el mundo, todavía había una enorme masa social cristiana y católica. Las juventudes llenaban las iglesias, y así se podría haber avanzado. Pero hoy ya no nos encontramos con eso. La única juventud que se ve muy de vez en cuando en la iglesia, y luego en las grandes reuniones, son justamente los jóvenes más tradicionalistas políticamente, culturalmente bastante desubicados y religiosamente involucionistas.

¿O sea que la situación es irreversible?

A mí me parece que sí. No hay vuelta de hoja. El Evangelio de Jesús sigue teniendo un potencial inspirador enorme para la sociedad, lo que pasa es que está siendo dilapidado, y me parece que pervivirá sólo en pequeños círculos. La Iglesia como institución social va camino de convertirse en un fenómeno muy marginal, casi sectario (en el sentido de grupúsculo cerrado y a la defensiva con la cultura).

En cambio, ¿no sigue habiendo en esta cultura búsqueda de valores espirituales?

Exacto. Y en la juventud es muy palpable. Los obispos hablan muy mal de los jóvenes actuales, como hablan muy mal de casi toda la sociedad. Cuando recordamos las Bienaventuranzas de Jesús y vemos a los obispos (empezando por su portavoz) que nos riñen todo el rato, nos preguntamos nuevamente si estamos hablando del mismo Evangelio. Y es una pena que la Iglesia institucional crea tan poco en la juventud, que tiene sed de recuperación de la espiritualidad, de lo genuinamente religioso, más allá de formas tradicionales heredadas que ya no dicen nada, o que acompañan creencias que son ya insostenibles.

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