Brisa de Adviento

18 Dic

imagesCA2CG3TGIsabel Gómez Acebo

(21 rs) ¿Qué espero cuando llega adviento? Es la pregunta que me hago todos los años y, antes de llegar a conclusiones, suelo pensar en mis esperanzas de años anteriores para comprobar que, a medida que envejezco, han ido cambiando mis ilusiones. He pasado de pedirle al Dios que nace cosas muy concretas, a ofrecerme como herramienta para que se haga su voluntad entre los hombres.

 

            El adviento es la espera en un Dios escandaloso porque se encarna de verdad en un cuerpo humano (sin disfraces para pasearse por la tierra un ratito) y acepta morir en la cruz, lo que nos debe alejar de su calificativo de omnipotente. Todas las religiones han invocado a su Dios como más fuerte, más grande y más listo que los otros, pero el nuestro es una excepción, ya que no compite en esos niveles. Es el Dios que ninguna religión se ha atrevido a proponer y que no choca con la divinidad de ningún credo. El poder infinito de Dios está en su capacidad de amar.

 

            Cada año, en Navidad y Pascua Florida, tenemos que recordar esta verdad que nos fuerza a un protagonismo especial, como seguidores que somos del niño que nacerá en Belén. Tendremos que vivir de la forma en la que vivió Jesús, naciendo todos los días de nuevo, para realizar la muerte de nuestro yo. La gran novedad del cristianismo frente al judaísmo está en el cambio de un verbo: arder por quemar. A nosotros nos corresponde, hacer que arda nuestra vida en amor al prójimo, una forma de actuar que nos permite entrar en la resurrección prometida. No hay que esperar al último suspiro, pues es en el más acá donde se realiza la victoria sobre la muerte. La dinámica de la resurrección es siempre la lucha por la vida, el resultado de una forma de vivir.

 

            Este año me doy cuenta que el Niño que viene, nos muestra que hay que purgar la Iglesia triunfante en la que hemos vivido tantos siglos, que tenemos que cargar nuestro yo con gran dosis de humildad y asumir la condición del discípulo, que está siempre dispuesto a aprender de los otros y no pretende siempre tener razón, ni enseñar a los demás. Que debemos ir por el mundo con el vaso relleno a medias y no rebosante, para que podamos enriquecernos con lo que nos aportan nuestros contemporáneos pues los sistemas cerrados, que ya tienen todas las respuestas sabidas, no crecen y acaban muriendo. Supone estar sin que se note nuestra presencia, sin pedir nada a cambio, ser vulnerable, no tener todas las contestaciones, no pedir intervención divina cuando las cosas marchan mal y aceptar lo que nos sucede. Esta postura nos permitirá encontrar el tesoro que guardan los otros en su jardín ya que Dios estuvo allí antes que nosotros.

 

Nuestro credo es lo más opuesto a los cuentos de hadas en los que las cenicientas se hacen princesas y los solteros feos y bajitos, encuentran unos cónyuges maravillosos, pues en nuestro mundo cristiano, los ricos deben hacerse pobres y los poderosos deben renunciar a favor de los oprimidos. Esta paradoja es la que nos traerá la Navidad y aunque parezca mentira si somos capaces de hacerla realidad… nos anuncia el adviento, que seremos muy felices.

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