Algo que decir

17 Dic

María José Ferrer

la palabra“Sin presencia no puede haber palabra. Hay que seguir estando en todos los espacios posibles y también «desafiar (romper) el “sentido común”: estar donde no debemos, no podemos, ni se espera que estemos»[1]. Hacer lo que no se espera que hagamos, sorprender.”

Nosotras queríamos ser escuchadas, porque teníamos algo que decir.

Jerome Chimy

(21 rs) La celebración del 50º aniversario del Concilio Vaticano II ha dado lugar a numerosos actos y publicaciones, una de ellas, el libro de Adriana Valerio Madri del Concilio. Ventitré donne al Vaticano II (Roma: Carrocci, 2012), que recoge las aportaciones de las diez religiosas y trece laicas que participaron en dicho evento: Esmeralda Miceli, Amalia Dematteis, Ida Marenghi-Marenco, sor Constantina Baldinucci y sor Claudia Feddish, de Italia; Marie-Louise Monnet, sor Sabine de Valon y sor Suzanne Gillemin, de Francia; Catherine McCarthy y sor Mary Luke Tobin, de los Estados Unidos; sor Cristina Estrada y Pilar Belosillo, de España; sor Juliana Thomas y Gertrud Ehrle, de Alemania; Margarita Moyano Llerena, de Argentina; sor Marie de la Croix Khousam, de Egipto; Anne Marie Roeloffzen, de Holanda; Rosemary Goldie, de Australia; sor Jerome María Chimy, de Canadá; Hedwig von Skoda, de Checoeslovaquia; sor Marie Henriette Ghanem, de Líbano; Luz Maria Longoria de Álvarez Icaza, de México, y Gladys Parentelli Manzino, de Uruguay. Solo las dos últimas viven todavía.

Su sola presencia habría bastado para que todas ellas hicieran historia, ya que era la primera vez que había mujeres en un aula conciliar, y en realidad era lo único que se esperaba de ellas, su presencia, es decir, una participación de carácter puramente “simbólico”, ya que fueron invitadas como auditoras, o sea, como oyentes. No obstante, aunque seguramente no todas habían leído el tristemente famoso verso de Neruda “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”, sabían que una presencia silenciosa, por muy simbólica que sea, se parece mucho a una ausencia y, si bien no abrieron la boca en las asambleas generales, supieron encontrar las ocasiones para tomar la palabra de forma eficaz, sobre todo en las subcomisiones. Así, las que solo tenían que oír acabaron siendo oídas y sus palabras dejaron huella en los documentos conciliares, los cuales serían diferentes si ellas se hubieran callado.

Las auditoras fueron oídas porque estaban allí, porque tenían algo que decir y porque no guardaron el silencio que se esperaba de ellas. Presencia, pensamiento propio y palabra, tres condiciones necesarias para dejarse oír no solo en el concilio, sino en cualquier ámbito. Tres condiciones que las mujeres no podemos perder de vista y que tenemos que hacer posibles si queremos ser oídas. Porque ¿estamos las mujeres donde queremos estar, o solamente donde se nos deja o donde se cree –y a veces nosotras mismas creemos– que nos corresponde? ¿Nos es posible cultivar el pensamiento, un pensamiento propio, o seguimos pensando con ideas ajenas? ¿Tomamos la palabra, a tiempo y a destiempo, o creemos que no es valiosa, o tememos la crítica e incluso la condena, y callamos? ¿Es eficaz nuestra voz o predicamos en el desierto? La respuesta a estas preguntas, sin duda, es “sí” y “no” al mismo tiempo, porque si bien es cierto que hemos conquistado muchos espacios externos e internos, también lo es que no todas las mujeres han logrado hacerlo y, de cualquier forma, los obstáculos, lejos de disminuir con el tiempo, se hacen más complejos y difíciles de superar.

Sin presencia no puede haber palabra. Hay que seguir estando en todos los espacios posibles y también «desafiar (romper) el “sentido común”: estar donde no debemos, no podemos, ni se espera que estemos»[1]. Hacer lo que no se espera que hagamos, sorprender. Sorprendernos incluso a nosotras mismas creyendo en nuestros sueños, creyendo en nuestras posibilidades, haciendo eficaz con una voz propia la presencia “simbólica”, allí donde se produce, creando algo nuevo más allá y más acá de lo permitido.

Pero para ello, hemos de ser conscientes de lo que somos, de lo que queremos, de lo que pensamos. Necesitamos un pensamiento propio, no prestado, crítico, fuerte, profundo y creativo. Y no lo lograremos sin lo que Virginia Woolf llamaba “una habitación propia y quinientas libras anuales”, es decir, sin dedicar tiempo y medios para formarnos y para pensar. Tiempo y medios que las mujeres tendemos a sacrificar en pro de lo apremiante, porque son muchas las urgencias que nos rodean y que, nos demos cuenta o no, también nos consumen. Tiempo y medios sin los cuales nuestro pensamiento corre el peligro de adelgazar de tal modo que no solo no incida en la realidad, sino que llegue a ser invisible incluso para nosotras mismas.

Ningún pensamiento, ninguna palabra puede ser eficaz si no se pronuncia. Y son muchas las mujeres en el mundo, en muy diversas situaciones, a las que no les está permitido hablar, por serlo; muchas cuya palabra, aunque sea pronunciada, no es tenida en cuenta, precisamente por ser de mujer. Para otras, en muy diferentes contextos, hablar, oralmente y/o por escrito, es un ejercicio peligroso, muy peligroso. Unas eligen tomar la palabra públicamente, pese a todo, y otras la maduran, pronunciándola en secreto, mientras trabajan para crear ocasiones que les permitan asumir el riesgo sin perder toda la piel en el intento.

Seguimos queriendo ser escuchadas, porque seguimos teniendo algo que decir. En realidad, tenemos mucho que decir, siempre lo hemos tenido y continuaremos teniéndolo. Por eso, seguiremos estando, pensando y hablando, porque tenemos derecho a ello, aunque no siempre se nos reconozca, y porque si no lo hacemos, la realidad no será lo que podría llegar a ser.

 


[1] Tal como propuso Mercedes Navarro Puerto en la ponencia “Paisaje: un nuevo lugar de perspectiva (enfoques). Subjetualidad de las mujeres y cambios socio-estructurales”, pronunciada el día 4 de octubre de 2012, en el Congreso Internacional “Asumir una historia, preparar el futuro” celebrado en Roma.

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