Un evangelio para varones y mujeres

4 Dic

Isabel Gómez Acebo

25859_joy%20carroll__big“Los gestos deben hablar fuerte. Sin mujeres felices, reconocidas en su esencia y orgullosas de pertenecer a la Iglesia, no tendrá lugar la nueva evangelización” André Léonard, arzobispo de Bruselas y presidente de la Conferencia Episcopal de Bélgica.

(PD) En el reciente Sínodo sobre la nueva evangelización, el tema fue tocado solo de paso. Sin embargo, el tema de la mujer es uno de los hechos en los que más ha cambiado nuestra sociedad, afirma el teólogo Hervé Legrand, por tanto, debemos hacer frente a una civilización que ya no sea androcéntrica. Revalorizar el papel de los laicos y promover la presencia de mujeres en la Iglesia, son dos requisitos, que han sido señalados por muchos obispos que asistieron al reciente Sínodo.

Uno de los cambios que pide ser investigado cuidadosamente es el de las relaciones entre los sexos y las generaciones, temas que en los trabajos del Sínodo, se han mencionado en repetidas ocasiones: “En la Iglesia las dos terceras partes de los miembros son mujeres, sin embargo, muchas se sienten discriminadas. Damos gracias por la calidad y la especificidad de la importante contribución de las mujeres a la evangelización”, subrayó en su discurso, André Léonard, arzobispo de Bruselas y presidente de la Conferencia Episcopal de Bélgica. “Los gestos deben hablar fuerte. Sin mujeres felices, reconocidas en su esencia y orgullosas de pertenecer a la Iglesia, no tendrá lugar la nueva evangelización”.

A partir de la síntesis, que hizo una comisión presidida por el Padre Renato Salvatore, Superior General de los Camilos, llegó la demanda de asignar “a las mujeres el ministerio de lector, actualmente prohibido por el derecho canónico”, solicitud que no aparece en las propuestas finales entregadas al Papa. Todo lo que llegó del Sínodo sobre el tema es la proposición 46, que dice que “la Iglesia reconoce la igualdad y dignidad de las mujeres y los varones en la sociedad” y que sus “pastores reconocen las habilidades especiales de las mujeres, como la preocupación por los demás y la capacidad de soportar, sobre todo en su vocación de madre. ”

Muy poco, si se tiene en cuenta el tipo de análisis realizado durante el Sínodo, por uno de los más grandes eruditos del Vaticano, el profesor Hervé Legrand: “Durante cincuenta años, de hecho desde el Concilio Vaticano II, nuestra Iglesia ha tomado conciencia de un nuevo equilibrio que se establece entre varones y mujeres en las sociedades occidentales. Se trata de una ruptura cultural con mucho en juego”

El 4 de octubre, Legrand abrió en la Universidad Pontificia de San Anselmo en Roma, la conferencia internacional de teólogos Las mujeres releen el Vaticano II, para decir que desde que asumió su puesto en la Facultad de Teología del Instituto Católico de París, se centró en los cambios antropológicos que el Concilio había puesto en marcha y ahora pedía que se mantuvieran vivos para una nueva manera de decir la palabra del Evangelio a las mujeres y varones, especialmente en occidente, en un contexto cultural totalmente distinto del pasado. Sobre estas cuestiones, muy oportunas y fundamentales para el debate sobre la “nueva evangelización”, fue entrevistado.

¿En qué medida la lectura que la cultura ha hecho sobre las mujeres, ha influenciado la visión? Todas las culturas sin excepción han sido androcéntricas, incluso las matrilineales, todavía presentes en África, porque conceden la autoridad a la parte masculina. En Occidente se ha producido un cambio en las relaciones varón-mujer, no porque seamos mejores que nuestros padres o porque nuestra sociedad sea más avanzada en el plano moral. El androcentrismo se erosionó debido a dos factores: en primer lugar, el progreso de la medicina, lo que significa que la mayoría de las mujeres no mueren en el parto y los niños quedan con vida. En 1910, en París, durante una epidemia, el 60 por ciento de las mujeres embarazadas murieron de fiebre puerperal: eran tiempos en que había que tener 6,5 hijos para asegurarse de que, al menos dos, iban a sobrevivir y ser una garantía para el retiro de sus padres.

En Occidente, gracias a los avances médicos, las madres y los niños ya no mueren y está asegurada una cierta longevidad: una mujer occidental, después de dar a luz y criado a sus hijos, todavía tiene decenas de años de vivir y trabajar. El segundo factor que ha afectado y cambiado la relación entre el varón y la mujer, es el salario: mientras en el pasado, la mujer, sin compensación alguna, hacía un doble trabajo, en la tienda y en casa, hoy, en las sociedades post-industriales, se emplea. También cambia el status masculino, porque las mujeres son independientes en términos de financiación y el varón debe compartir la crianza de los hijos y las tareas domésticas. Parte de la vida, de unos y otros, está fuera de casa, con el consiguiente aumento en el divorcio, de los que dos tercios son requeridos por las mujeres. Esta nueva relación que se desarrolla es un paso importante cultural e irreversible, no sólo desde el punto de vista de la cultura, sino de la vida práctica”.

¿Qué produce este cambio en la lectura teológica y en los diferentes roles en la Iglesia? “Hasta ahora, nuestros símbolos y nuestra organización de las relaciones entre varones  y mujeres tenían la experiencia del mundo androcéntrico. Pero las cosas han cambiado, la mentalidad de los jóvenes no tiene nada que ver con la de sus abuelas. Sería arbitrario pedir, a las mujeres que viven en este tiempo que asuman, en nombre del Evangelio, la cultura de una época pasada. El Evangelio debe evangelizar a todas las culturas y, en cuanto a la androcéntrica hay que pensar que hizo mucho, porque en ella las mujeres eran libres de casarse o no, y las protegió del divorcio. El Evangelio fue capaz de evangelizar la civilización androcéntrica y esta misma tarea, ahora debemos realizarla de nuevo: no es difícil, porque el Evangelio está más en consonancia con la alianza entre el varón y la mujer, que el androcentrismo. En Jesús, las mujeres son tratadas como varones, como iguales. Desde este punto de vista, el Evangelio es mucho más cercano a nuestra cultura androcéntrica que el viejo sistema”.

¿Esta observación tiene implicaciones en la práctica, por ejemplo, en la asignación de los ministerios pastorales? “Si la Iglesia es el pueblo de Dios, de acuerdo a lo que dice la Lumen Gentium en los capítulos 2 y 3, las mujeres y los varones tienen una responsabilidad en la Iglesia. No es sólo pedir el ministerio ordenado, sino la articulación entre “algunos”, “uno” y “todos” en la Iglesia. Hay muchas mujeres en los consejos parroquiales, sínodos, en la enseñanza de la teología: si no se hacen los primeros pasos, los ministerios no llegarán nunca. El viejo modelo, aún está presente, pero no en la teología académica, en la práctica cotidiana, en la piedad popular y en la enseñanza, donde hay un simbolismo que ve a las mujeres “complementarias” a los hombres.

Demasiado a menudo la figura de María es una referencia sólo para las mujeres, aunque Pablo VI en Marialis cultus, la había presentado como un modelo para todos los cristianos. Considerar la posibilidad de la mujer como “especial” es un razonamiento lógico: pero en un conjunto en el que sólo hay dos elementos, uno de ellos no puede ser más especial que el otro. La “especificidad” de la mujer, un concepto que todavía se utiliza en nuestra Iglesia, es peligroso, al igual que la sobrevaloración de la maternidad y de la paternidad. El esposo y la esposa deben ser diseñados en una reciprocidad ontológica fundamental”.

¿Qué contribución hizo el Concilio  en la redefinición de los modelos de relación en la Iglesia? “ La LG  colocó en el principio al pueblo de Dios, que se compone de varones y mujeres, que tienen la oportunidad de estar juntos y realizar la interacción entre” algunos “y” todos”. Después de Juan XXIII, también el Concilio se refirió a los signos de los tiempos, sobre todo en la Gaudium et Spes. Se ha insistido en el hecho de que las mujeres tienen un nuevo estatus en la sociedad y en la Iglesia, y en el decreto Apostolicam actuositatem, se dice que hay que ampliar la presencia de la mujer en el apostolado. El período post-conciliar fue muy animado, hubo arduos debates que recuerda el cardenal canadiense George Bernard Flahiff, que en el Sínodo de 1971 propuso la creación de una comisión conjunta para estudiar la situación de la mujer en la Iglesia, y se creó por el Papa Pablo VI. Juan Pablo II, sin embargo, tomó una línea teológica que ha ontologizado el simbolismo de la mujer “especial” y “diferente”.

En las iglesias de la Reforma no se hace mejor, a pesar de tener mujeres pastores: el mayor diccionario de la teología alemana tiene un artículo sobre las mujeres de 67 páginas, pero no hay nada sobre el varón, la virilidad masculina o el cristiano. Lo mismo sucede con la enciclopedia del protestantismo en Francia. Así que también hay un trabajo ecuménico que hacer, porque no todas las iglesias han hecho grandes avances en la inteligencia de los signos de los tiempos. La mayoría de las Iglesias ortodoxas viven en una cultura no occidental, en las sociedades tradicionales, donde las mujeres son vistas como complementarias al hombre. La Iglesia Católica, que es multicultural, tiene muchas dificultades debido a que sus decisiones se toman para el mundo entero, lo que  no le ocurre a otras iglesias que tienen un nivel nacional o local. De hecho, cuando los anglicanos se han enfrentado a decisiones globales han amenazado de romper la comunión, debido a la multiculturalidad. Me parece importante decir a las mujeres que no es la fe la que discrimina, pero que hay situaciones que hemos heredado y que no se pueden cambiar en un instante.

Así como hay una teología feminista, ¿es posible pensar en un machismo teológico? “El hombre de hoy, que es el padre o el marido no tiene necesidad religiosa de la imagen cristiana de sí mismo. Pero esto no es el silencio. Hablamos de feminidad demasiado y demasiado poco de la masculinidad. Se necesita un nuevo modelo relacional positivo: ¿qué es un varón desde una perspectiva cristiana? Hace falta fortaleza para hacer este tipo de viaje, pero sería un enriquecimiento que el varón pensara en su identidad con la mujer, y viceversa. La verdad se encuentra en las relaciones entre ambos” Vittoria Prisciandaro

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