Una mujer de corazón generoso

11 Nov

Emma Martínez Ocaña

“Yo, en mis noches de oración y de escucha de los gustos de mi Dios, había aprendido a mirar desde lo superficial a lo profundo, a ver lo valioso en lo pobre, pequeño, marginal y de poca apariencia, a descubrir la riqueza en la pobreza y no quise perder la ocasión para educar la mirada de mis discípulos.”

(Fe Adulta) Hoy soy yo, Jesús de Nazaret, quien voy a presentaros a una mujer de un corazón grande, generoso y desinteresado. Una mujer que me conmovió profundamente y la presenté a mis discípulos como prototipo de la auténtica seguidora mía.

Ella nunca supo que, en este momento, cuando ya se acercaba mi muerte, pues me buscaban para matarme, su generosidad, su entrega generosa fue para mi lugar de aliento, de ánimo para seguir dándome yo también del todo, entregándome sin reservarme nada, como lo hizo ella.

No se si la recuerdas, el episodio lo narra Marcos. Un día estaba yo en el templo sentado mirando, contemplando sin prisa lo que allí estaba pasando. Era la hora de las ofrendas. Por si no lo sabes te cuento cómo se hacían éstas: los oferentes se colocaban delante del sacerdote, decían en alto la cantidad que donaban y podían especificar para qué finalidad querían que se emplease el donativo. Por tanto esto me daba ocasión no solo de ver sino de oír lo que ahí está pasando.

Por cierto, aprovecho para preguntarte a ti lector/a: ¿qué situaciones humanas sueles contemplar y de cuáles huyes o pasas de largo?, ¿sabes sentarte en el lugar correcto para poder mirar con hondura la vida en toda su amplitud y riqueza de contrastes?

Mientras estoy allí me doy cuenta de que hay muchos ricos que dan mucho dinero, dicen en alto con mucha opulencia su ofrenda, de pronto veo a una mujer pobre, muy pobre, era una viuda. Ser viuda en Israel en mi tiempo, donde la mujer, por sí misma, no tenía seguridad social ni económica alguna era ser candidata a la miseria, a una situación límite. Si además pertenecía a las clases humildes, su situación podía ser desesperada. Un presente angustioso y sin futuro alguno.

Con voz temblorosa y como avergonzada dice a media voz: “dos ochavos”

El corazón se me conmovió. La miro y me doy cuenta inmediatamente que ese dinero que entregaba era todo lo que tenía.

Llamo enseguida a mis discípulos que, distraídos, no se estaban dando cuenta de lo que estaba pasando. No podía dejar pasar esa ocasión para educarles la mirada. Unos días antes yo les había advertido para que se guardasen de la hipocresía de los escribas que viven de pura apariencia exterior, que les gusta ocupar los primeros puestos en las sinagogas y banquetes pero son ladrones, (hoy diríais de guante blanco) les había dicho: “devoran la hacienda de las viudas so capa de largos oraciones. Estos tendrán una sentencia más rigurosa” (Mc 12,38-40). Yo para ese momento ya era consciente de que mis enfrentamientos con las autoridades político-religiosas me iban a llevar a la muerte.

Como te estaba contando, el corazón de esta mujer me deja prendado. Yo, en mis noches de oración y de escucha de los gustos de mi Dios, había aprendido a mirar desde lo superficial a lo profundo, a ver lo valioso en lo pobre, pequeño, marginal y de poca apariencia, a descubrir la riqueza en la pobreza y no quise perder la ocasión para educar la mirada de mis discípulos.

Los llamo y para prevenirlos de las apariencias les digo: << mirad acabáis de ver a muchos ricos que han echado en el cesto mucho dinero, pero esta viuda pobre he echado más que todos porque lo ha dado todo, “era todo lo que poseía, todo lo que necesitaba para vivir”, los otros han dado “de lo que les sobraba”. Esa mujer pudo haber echado una monedilla y quedarse con otra, pero no, en una generosidad increíble ha echado las dos. Esta es la diferencia radical, la entrega amorosa incondicional y sin reservas o el cumplimiento de la ley que deja la conciencia tranquila pero que no entiende de amor.

Me siento con ellos en ese momento y quiero hacerlo también contigo, para educar tu mirada y agrandar tu corazón.

Para saber mirar es necesario situarse en el lugar adecuado, en el punto de vista preciso y esto hará posible que puedas ver unas realidades u otras: puedes ver o no la presencia de tantas “viudas empobrecidas” y descubrir la realidad de la pobreza de tu mundo cercano y del mundo entero o te dejas deslumbrar por las cifras macroeconó-micas que dicen que la economía del mundo marcha bien. Según cómo te sitúes ante las personas podrás descubrir las actitudes profundas o juzgar por apariencias.

Si quieres descubrir cómo anda tu corazón pregúntate cómo andas en generosidad, date cuenta qué hay en ti de: “ric@ que hecha de lo que le sobra” en dinero, tiempo, energía etc; de pobre viuda que da todo lo que tiene y se da a si misma en el don; de discípul@ que necesita ser educad@ por mí, porque las apariencias te deslumbran la mirada, de sacerdote que acoge las ofrendas de otros y tiene el peligro de olvidarse de la suya.

¿Veis esa pobre viuda? Pues ella es prototipo de lo que es ser servidor/a del Reino, auténtica discípula:

• En el reconocimiento de su propia pobreza, que en vez de ser lugar de encierro y de amargura, hizo de ella un espacio de apertura al don.

• En la generosidad de su corazón capaz de esa radicalidad en su ofrenda, en ella no sólo da sino que se da sin reservas. Descubrió que hacer de la propia vida un don es, paradójicamente, camino de felicidad.

• En la gratuidad. Esa mujer no recibió más recompensa que el gozo de su propia generosidad y su libertad.

Por último, no olvidéis nunca a esa mujer. Ella, tiene un corazón tan lleno de amor que ha sido capaz de hacer la locura de darlo todo y descubrir en ese gesto la verdadera riqueza: saber vivir desde la generosidad y la gratuidad que brotan siempre de quien ha experimentado el Amor.

Yo mismo, tengo mucho que aprender de ella y le pido a mi Padre que cuando llegue mi “hora” yo sepa también darlo todo por amor, que como le pasó a ella, me deje alcanzar de tal manera por Su amor que me produzca el gozo de venderlo todo” para comprar el campo donde está escondido el verdadero tesoro: el Reino de Dios.

 

Emma Martínez Ocaña

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