Mi claustro es el mundo

24 Oct

“Mi claustro es el mundo, y me gustaría que tenga las dimensiones infinitas del corazón del Dios de la vida, y que nada ni nadie limite su infinito horizonte, en el que descubro que la vida vale la pena si se vive para amar y para servir.”

(Periodista Digital) Jordi Nadal, Director general de Plataforma editorial me lo pidió hace un año y medio, o dos años que escribiera, que explicara lo que hacía, cómo vivía: lo que quisiera. Me costó comenzar a hacer memoria, pero pronto descubrí que era un ejercicio saludable, y hoy veo que ha sido una especie de confesión pública de mi fe y de mi esperanza, y no puedo menos que ofrecer, con gratitud lo vivido, lo compartido, lo amado, lo vivido. Todo, absolutamente todo ha sido la oportunidad para enamorarme más de la vida y descubrir los maravillosos compañeros de camino, los hermanos y hermanas con los que Dios me bendice.

Es un libro para ser leído con la libertad con la que ha sido escrito y para contemplar, más allá de lo anecdótico, cómo la pasión por la humanidad se impone y la causa de la justicia y la paz se hacen carne de mi carne y vida de mi vida.

Pido a los martillos de hereje, abstenerse de leerlo, y a los que buscan encontrar la vida ejemplar de una “monjita de clausura”, que se olviden de mí, de mi claustro y de mi mundo, y que sigan su camino. No quiero confrontaciones, me resbalan y son una pérdida de tiempo. Pido a los hombres y mujeres de corazón limpio y  a los que aman la vida y creen que entre todos podemos hacer un mundo más bonito y más habitable, que entren en mi historia, que se hagan compañeros de camino, que se sumen a mi causa que es la causa de la humanidad y la del Maestro y amigo de Nazaret que logró seducirme y hacerme vibrar por su proyecto de liberación. He dejado hablar a mi corazón. He contado mi historia y he compartido mi vida. Reconozco que también he desnudado mi alma y que en estas páginas está Sor Lucía en estado puro: sin dobleces, engaños ni barnices. He querido ofrecer lo que tengo y lo que soy, y entonar a todo pulmón y con una gran alegría, un canto de gratitud a aquellos que me dieron la vida, a aquellos con quiénes aprendí a compartirla y a celebrarla, y sobretodo, a aquellos con los que comparto sueños, pasiones y compromisos.

Quiero que mi vida siga estando expropiada para utilidad pública, quiero vivir para servir, y quiero ser feliz y hacer felices a los demás.

Ahora que ya he escrito, siento que voy más ligera de equipaje. Que el paisaje del camino me enamora, que la cima me seduce y que el fuego que llevo dentro es el que me hace necesaria e imperiosamente arder, con el deseo de dar a nuestro mundo un poco más de calor, un poquito más de luz.

Mi claustro es el mundo, y me gustaría que tenga las dimensiones infinitas del corazón del Dios de la vida, y que nada ni nadie limite su infinito horizonte, en el que descubro que la vida vale la pena si se vive para amar y para servir.

Os espero en cada página, en cada rincón, en cada recoveco de mi claustro y de mi mundo. ¿Os atrevéis a entrar? Deseo que os sintáis como en casa.

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