Entrevista a Alicia Puleo sobre ecofeminismo

23 Oct

Alicia Puleo es catedrática de Filosofía Moral 

El diálogo entre ecologismo y feminismo sería un dialogo entre dos movimientos que, como he dicho en alguna ocasión, van a ser a mi juicio muy importantes en el siglo XXI.”

(Juan Carlos Ruíz) La carencia de una perspectiva de género en muchas políticas, inc1uida la medioambiental, es una realidad. En general, no se tiene en cuenta a las mujeres y su experiencia. La desigualdad entre mujeres y hombres no es algo baladí y afecta todos los ámbitos sociales y culturales. Es más, algunos estudios aseveran que pasaran cuatrocientos años antes de que se de una completa igualdad de oportunidades entre ambos sexos. Pero corren vientos de cambio o, al menos, parece que la esperanza empieza a instalarse en una sociedad que ensaya los primeros pasos hacia un modelo de desarrollo sostenible. Y en esa senda está una corriente feminista de la que se ha hablado poco o nada: el ecofeminismo. Una de sus máximas representantes en nuestro país es Alicia H. Puleo, catedrática de Filosof1a Moral y directora de la Cátedra de Estudios de Genero de la Universidad de Valladolid. Autora de numerosos libros y artículos, entre los que cabe destacar Dialéctica de la sexualidad. Genero y sexo en la Filosofía Contemporánea, Filosofía, Genero y pensamiento crítico y Gender, Nature and Death. En el marco de sus investigaciones sobre la relación entre género y ética ecológica, ha sido una de las organizadoras del l Simposio Internacional “Feminismo y ecología. Perspectivas histórico-filosóficas” que tuvo lugar en la Universidad Complutense de Madrid.

Alicia, ¿crees que en estos momentos debe darse un diálogo entre ecologismo y feminismo?

Yo creo que sí. El diálogo entre ecologismo y feminismo sería un dialogo entre dos movimientos que, como he dicho en alguna ocasión, van a ser a mi juicio muy importantes en el siglo XXI. Por un lado, la fuerza del deterioro medioambiental va a ser tan grande que, desgraciadamente, va a llamar a nuestras puertas. Por ello, la importancia del ecologismo va a incrementarse. Y la del feminismo también, porque, como ha señalado la filósofa asturiana Amelia Valcárcel, cada vez hay más mujeres, chicas jóvenes con muchísima formación, esperando un futuro acorde con esa preparación pero la sociedad todavía no se ha abierto suficientemente a las mujeres. Yo invito a cualquiera que dude acerca de esto último a que abra, por ejemplo, los periódicos y vea la increíble presencia masculina en todos los ámbitos de poder y de reconocimiento social; y si miramos cualquiera de sus suplementos literarios es realmente llamativo, salvo algún que otro nombre femenino, pareciera que el genio se diera exclusivamente en los varones, tal es la dificultad de las mujeres creadoras para ser reconocidas. Sin embargo, pocos parecen darse cuenta de esa avasalladora omnipresencia masculina.

Tenemos, entonces, dos cuestiones pendientes planteadas por la ecología y por el feminismo: ¿qué relación mantenemos con la naturaleza? y ¿qué lugar tenemos las mujeres en la sociedad? Ahora bien, de la importancia de estas cuestiones no se deduce que tengan que relacionarse. Podrían ser dos preguntas y dos movimientos sociales importantes que no tuvieran nada que ver. La primera objeción a este argumento es el mismo carácter interdisciplinario de la perspectiva de género que se concretó en los últimos años en la idea de un mainstreaming de género: incorporar a todos las temáticas sociales la conciencia de la situación de desventaja del colectivo femenino y de la necesidad de implementar medidas de igualdad. En ese sentido, el ecologismo ha de incluir la conciencia de género.

Por otro lado, el ecofeminismo es la corriente de la teoría y del movimiento de mujeres que considera que existe una serie de puntos de contacto que hacen que la ecología sea un tema feminista o un tema que importe a las mujeres. Uno de ellos, quizás el más evidente, es la cuestión de la salud. Aunque el deterioro medioambiental nos daña a todos, a hombres y mujeres, estas últimas parecen ser las primeras afectadas. No soy bióloga, ni médica, soy filósofa, pero me baso en una serie de estudios que señalan que los trastornos debidos a la contaminación afectan de manera particular a las mujeres porque su organismo tiene mayor proporción de tejido graso. Ciertas sustancias tóxicas se fijan en la grasa. Como señala el Colectivo de Mujeres de Boston en la última edición de ese inestimable manual de ginecología alternativa “Nuestros cuerpos, nuestras vidas”, este hecho, unido a la condición de inestabilidad hormonal del organismo femenino, explicaría porqué se da más en las mujeres el síndrome de hipersensibilidad química múltiple.

Otro punto de contacto es, por ejemplo, la incidencia de los pesticidas en las trabajadoras del campo. Los xenoestrógenos son sustancias químicas que por ser similares a los estrógenos producen patologías especiales en las mujeres. Algunos investigadores relacionan el gran aumento del cáncer de mama en las dos últimas décadas con la exposición a xenoestrógenos presentes en pesticidas, en las dioxinas liberadas al medio ambiente por las incineradoras, en las resinas sintéticas de barnices y pinturas, en los envoltorios de plástico y en numerosos productos de cosmética. Ahí tenemos, pues, un aspecto muy específico de la cuestión de porqué la ecología les tiene que interesar particularmente alas mujeres. Otra de las razones del contacto entre ambas problemáticas es la situación de las mujeres pobres en el Tercer Mundo.

Si lo que acabo de mencionar con respecto a la salud afecta a todas las mujeres, incluso a las privilegiadas del Primer Mundo que consumen con alegría y placer innumerables productos sofisticadamente envenenados, las mujeres pobres del Tercer Mundo son las que soportan sólo la cara perversa del desarrollo y de la destrucción de un medio ambiente del que antes extraían los alimentos necesarios para subsistir.

Con la globalización del capitalismo, se ha llevado a cabo una reconversión de grandes extensiones que eran salvajes, que estaban dedicadas a la recogida de leña o al cultivo del huerto. Ha desaparecido su biodiversidad, se ha dado paso a los monocultivos y ya toda la producción de esas tierras se dirige al mercado mundial, destinada a consumidores que dispongan de dinero. Una de las razones del ecofeminismo que viene del Sur es justamente el gran deterioro de la calidad de vida de millones de mujeres que ahora tienen que caminar muchos kilómetros para encontrar algo de leña para el hogar en una tierra devastada o trabajan con los niños en plantaciones contaminadas por las fumigaciones. El desarrollo que les ha llegado con los créditos internacionales es, como bien dice Vandana Shiva un “mal desarrollo”.

¿Cómo es la convivencia del ecologismo y el feminismo en el caso de España?

Yo diría que ambos se dan la espalda (ríe). Que casi no se conocen ni se tratan.

¿Por qué?

Existen varias razones. En primer lugar, hay que mencionar un fundado temor del feminismo, creado por una larga experiencia histórica. Las mujeres siempre han contribuido generosamente a otras causas distintas a las propias sin obtener por ello ningún reconocimiento. Esto sucedió, por ejemplo, en la Revolución francesa, en la lucha por la abolición de la esclavitud en Norteamérica. Paso también con el movimiento obrero llevando a la feminista socialista Heidi Hartmann a hablar del “desdichado matrimonio” entre socialismo y feminismo. Esta experiencia histórica que la filósofa Celia Amorós llama “alianzas ruinosas” del feminismo se debe a que cada vez que el feminismo abraza una causa, esa causa trata de absorber siempre toda su energía y de reducir el problema de las mujeres a una cuestión secundaria e irrelevante frente a lo que se considera el problema principal, sea éste la aristocracia, el esclavismo, el capitalismo … Las reivindicaciones de las mujeres siempre pasaban a ser consideradas temas menores que se resolverían después, sin una atención especial y por efecto automático de los cambios generales.

De ahí surge la lógica desconfianza del feminismo. Por otro lado, hay que mirar el contexto en el que se mueve nuestro feminismo. Si comparamos con otros países, las encuestas muestran que la preocupación ecologista todavía no se ha desarrollado suficientemente.

El movimiento feminista es una parte de la sociedad y, como tal participa de sus características generales. Todavía hay poca preocupación, por ejemplo, por los efectos de la contaminación en la salud. Subsiste la confianza absoluta en la tecnología como la gran solución a todos los problemas, incluso los creados por ella misma. El feminismo es un fenómeno urbano de mujeres que experimentan más deseos de huir de la naturaleza que de acercarse a ella. Esta es una explicación parcial porque, en el mundo anglosajón, el ecofeminismo se desarrolló como fenómeno urbano de clase media.

Por eso creo que el hecho de vivir de espaldas a la ecología se debe a muchos factores combinados entre los que destaca una confianza excesiva en el progreso industrial como panacea de la desigualdad. Quizá también influye el antropocentrismo muy fuerte del feminismo español, entendiendo por “antropocentrismo” la idea de que solo lo humano merece consideración moral. En consecuencia, hay una reducción de los intereses del feminismo a los intereses del mundo humano, y dentro del mundo humano, a las mujeres, sin ver que muchas veces para conservar o respetar esos intereses de las mujeres es necesario ampliar un poco más el marco.

¿Peca el ecologismo de patriarcal?

El ecologismo es plural, en él hay muchas personas diferentes. Por lo tanto, todo juicio generalizador, igual que el que he hecho para el feminismo, es un juicio en cierta medida injusto. Pero, estadísticamente hablando, creo que subsisten prejuicios sexistas inconscientes en muchos ecologistas. He intentado establecer contactos con el ecologismo y ha sido mutuo porque ha habido interés también por parte de algunos ecologistas. Aun así, te diré que en algún debate, después de exponer análisis feministas de gran calado teórico, he tenido que oír cosas tales como “es que las mujeres mandáis mucho en casa”.

No podía creer que gente con convicciones ecologistas llegara a ese nivel de banalización y desconocimiento del sexismo. Si las feministas no tienen gran sensibilización ecologista, los ecologistas tampoco hacen gala de conciencia antisexista. Insisto, de todas maneras, en que en ambos colectivos existen, por supuesto, personas sensibilizadas a ambos temas. La conciencia feminista no es fácil de adquirir. Implica una reflexión crítica sobre la propia identidad y las relaciones de pareja, aspectos que en algunos casos son muy tradicionales y acríticos en el mundo de la ecología. Esta observación no se puede aplicar a todos los casos y a todas las personas pero me parece que el ecologismo de nuestro país no ha reflexionado suficientemente sobre las relaciones entre los sexos.

Hay buena voluntad, pero poco cuestionamiento de los estereotipos y estructuras patriarcales. Tendría que tomarse más en serio la cuestión. Como resultado del androcentrismo, gran parte del ecologismo español todavía no sabe comunicar con el colectivo femenino. A veces miro los artículos ecologistas y, a pesar de estar sensibilizada, se me caen un poco de las manos. Generalmente son demasiado técnicos, utilizan un lenguaje muy instrumental. Por supuesto que hay una parte muy importante de la ecología que tiene que ser técnica, pero no se debe confundir seriedad con exclusión de la afectividad. El feminismo psicoanalítico ha puesto de relieve la tendencia a manejar las cosas con un distanciamiento muy grande como un mecanismo de defensa y de identidad masculinos.

El lenguaje que evita toda referencia al sentimiento con respecto a la Naturaleza es parte del estilo androcéntrico. En una charla sobre coeducación, hace poco yo señalaba lo mismo a un profesorado preocupado por el medio ambiente. Les preguntaba: en realidad, la educación ambiental que se está dando en la escuela ¿no es una educación donde la naturaleza es todavía un “recurso” que hay que “gestionar bien”? No hay una educación sentimental de los niños y niñas para crear una nueva mirada hacia el mundo no humano. Y en el caso de los movimientos sociales, una educación sentimental para mirar, no el medio ambiente, sino la Naturaleza.

Me parece muy importante destacar la ya clásica diferencia conceptual entre “medio ambiente” que alude a la naturaleza como un escenario de la acción humana y “Naturaleza” que asume una perspectiva más profunda en la que lo no humano ya no es un decorado para las proezas de la humanidad, sino que es algo más, algo que emociona y que deseamos preservar porque la amamos. A mi juicio, falta una movilización emocional que vaya más allá del mero cuidar el medio ambiente porque nos conviene. Nos ofrecen un discurso en el que la naturaleza parece sólo un recurso administrable.

Indudablemente algo de eso tiene que haber, pero no lo es todo. Es un discurso empobrecido con capacidades restringidas de movilización de individuos que todavía no han reprimido sus potencialidades afectivas – caso de la niñez- o que históricamente se han dedicado a tareas del cuidado vinculadas a los sentimientos – caso de las mujeres. El discurso ecologista debe esforzarse más en despertar ciertos sentimientos que permitan interesarse después por cifras y procedimientos técnicos. Al respecto, permíteme una anécdota familiar. Mi madre procedía de una familia naturista asturiana, de ese naturismo libertario que había surgido en Asturias en el siglo XIX. A través de mi madre y de un tío mío, gracias a esa tradición, aprendí a amar la naturaleza, a amar aquello que no es recurso económico. Recuerdo que, siendo yo muy pequeña, un día mi madre me mostró las almohadillas de la pata de un pequeño gatito que teníamos y me dijo: “¡Mira que maravilla, que perfección, que belleza!” En la niñez, evidentemente, eso es mucho más importante que oír que hay que “administrar bien los recursos naturales” o separar los residuos para su reciclado. Eso está muy bien, pero tiene que haber una base emocional para que se grabe de manera indeleble.

En uno de tus artículos afirmas que las feministas no tienen gran sensibilidad ecologista…

Todavía puedo seguir afirmándolo. Pienso, sin embargo, que es algo que va a evolucionar, a pesar de que, insisto, si te fijas en las encuestas más recientes en las que se preguntaba a los ciudadanos cuáles eran los problemas que les preocupaban, la degradación medioambiental aparecía como un problema mínimo. Las feministas son parte de la población y en ese tema no se distancian demasiado del común de la gente. Prima la confianza en la tecnología como liberación de la mujer, hecho que se vincula también a la relación histórica de la mujer y la naturaleza.

¿Cómo se ha establecido históricamente esta relación?

Sobre todo en Occidente, las mujeres hemos sido consideradas naturaleza, o por lo menos, más cercanas a la naturaleza que los hombres. Podría decirse que el feminismo nació como rebeldía contra esa reificación. La identificación Mujer-Naturaleza es muy antigua y casi universal. Es la idea de la Tierra como madre y generó numerosas diosas madres. Cuando las diosas madres son desplazadas por los dioses padres, las mujeres quedamos del lado desvalorizado de un dualismo. Se considerara que lo superior es la cultura y lo inferior la Naturaleza. En Aristóteles está clarísimo, este filósofo lo dice con todas las letras: mujeres, animales y esclavos no son racionales como el hombre libre. Por lo tanto, tienen que recibir órdenes y servir para los fines del hombre. Aristóteles es un ejemplo muy antiguo de esta identificación pero está lejos de ser el único que la hizo explícita. Todavía en el siglo XIX, toda una serie de médicos-filósofos explicaron porqué las mujeres no debían tener derecho a votar o a estudiar en la universidad.

Justificaron las leyes excluyentes del colectivo femenino con el argumento de que las mujeres eran aptas para el perfeccionamiento de la especie a través de la reproducción, mientras que los hombres podían contribuir al progreso de la civilización. Al haber sido vinculadas las mujeres a la Naturaleza de esta manera excluyente y dominadora, es lógico que el feminismo mire con desconfianza cualquier acercamiento a una categoría que se manipuló con fines ilegítimos.

¿Compartes lo que decía Simón de Beauvoir: “no se nace mujer sino que se liega a serlo”?

Cuando hablamos de género, nos referimos a la parte de construcción social, no a características innatas. Pero lo mismo hay que afirmar para el varón. Porque el varón tampoco nace, sino que se hace. En las últimas dos décadas, el feminismo ha trabajado bastante esta cuestión. Y el ecofeminismo se interesa particularmente por la construcción social del varón para descubrir las relaciones entre la identidad viril tal y como ha sido modelada y las características de la sociedad tecnológica. Te voy a dar un ejemplo.

Vivo fuera de la ciudad y, por lo tanto, para ir a dar clase tengo que salir a la carretera. Soy una conductora hábil y experimentada. Sin embargo, observo que las carreteras, las autovías en mi caso, son cada vez más terrenos de una lucha a muerte. Y digo “a muerte” porque si vas a 120 o 140 kilómetros por hora y debes adelantar a un camión, casi siempre tienes a alguien pegado detrás que te está haciendo luces para que aceleres. Entonces, de repente, tienes que ponerte en 100 o 180 para avanzar y dejarle paso. Y esa sensación de ansiedad que provoca la carretera crecientemente peligrosa tiene que ver con el género. Te das vuelta y ese conductor que se ha puesto detrás de ti y con sus luces intimidantes te ha obligado a pisar el acelerador es, en el 99% de los casos, un hombre.

… que estará diciendo: “mujer tenía que ser”

Puede ser, puede ser … (ríe). Entonces, ¿cómo debemos interpretar estos hechos? ¿que han nacido así? No, porque hay muchos hombres que conducen respetando a los demás, así como hay mujeres (todavía pocas) que asumen estos comportamientos poco cívicos. Lo que hay es una forma de identidad viril fomentada por la cultura de la competencia individualista. ¿Y qué se fomenta?: la impaciencia, la aceleración, la dominación, el “yo estoy aquí y paso como sea”. Incluso en la experiencia de la conducción de un coche entra el elemento de la construcción de las identidades de género. Y no sólo las identidades, sino también los recursos económicos de cada género porque, generalmente, las mujeres conducen coches mucho menos potentes que los de los hombres. Ahora bien, dejando este ejemplo puntual y volviendo a los planteamientos ecofeministas más recientes, se puede decir que uno de sus núcleos de estudio es la intersección de género y estructuras socio-económicas destructoras de la Naturaleza. La identidad construida como control y dominación aparece como una construcción histórica.

¿Que cometido crees que tendrá la mujer en la sociedad del desarrollo sostenible?

En primer lugar, no diría “la mujer”, sino “las mujeres”, para subrayar la conciencia de que el colectivo femenino no es un unidad, sino que esta compuesto por mujeres con muchas diferencias entre sí. Creo que el feminismo tiene que conseguir lo que ahora se denomina el “empoderamiento” de las mujeres. Y, sobre todo, que no haya una división sexual del trabajo tan marcada como la que todavía existe, con diferentes grados, en todas las sociedades del mundo. Entonces, yo no le daría un cometido a las mujeres en la sociedad del desarrollo sostenible porque sería volver a limitarnos. Le daría la igualdad en el desarrollo sostenible.

El ecofeminismo, por tanto, deduzco por todo lo que dices, ¿puede ser un medio para conseguir esta igualdad?

Yo creo que ésa es una de las funciones del ecofeminismo. De hecho, como he sostenido en algún otro lugar, tiene que ser una especie de “negociación preventiva” con vistas a un nuevo modelo social futuro que ya no podrá ser el de “usar y tirar”. Las mujeres tenemos que subrayar que no vamos a admitir que se nos devuelva a la domesticidad. Por lo tanto, el ecofeminismo es también la forma de estar presentes en la elaboración de un modelo para el porvenir. Ese sería un aspecto pragmático del ecofeminismo.

¿Quiénes ponen la primera piedra de toda esta corriente?

En el año 1974, la primera teórica que usó la palabra “ecofeminismo” fue Françoise D’Eaubonne. Lo hizo en un artículo titulado “El feminismo o la muerte”. En él sostenía que las leyes francesas vigentes en aquel momento, leyes que ponían trabas al control de natalidad, eran una manera de aumentar el número de consumidores, eran una parte del engranaje del capitalismo. Por tanto, reclamaba el control de las mujeres sobre su propio cuerpo como una forma de libertad y como un avance, al mismo tiempo, hacia una sociedad sostenible, que no produjera un impacto ambiental suicida. Un poco mas tarde, el tema se traslada al mundo anglosajón y allí encontramos a las feministas culturales, unas feministas de la diferencia de corte esencialista que consideran que los sexos se diferencian absolutamente y que las mujeres están más cerca de la naturaleza. Esta tendencia recoge la antigua idea patriarcal, pero le da un sentido positivo. Estar cerca de la naturaleza no es visto como inferior, sino, por el contrario, como superior. En un período histórico de temor a la guerra atómica, pensaron en los hombres como creadores de una civilización belicosa y autodestructiva. Este feminismo llevó a cabo numerosas manifestaciones pacifistas.

Por su parte, Ynestra King pone la primera piedra de un ecofeminismo que entronca con la tradición anarquista y socialista, al introducir la consideración de las diferencias entre las mujeres: las diferencias de clase, de raza y la convicción de que no se puede creer, de una manera un tanto inocente, que todas las mujeres vayan a defender mas la naturaleza que los hombres. Con ella se inaugura tempranamente un tipo de ecofeminismo que se desarrollará más tarde, a partir de los noventa.

A menudo el ecofeminismo es rechazado por esencialista…

Esto ocurre porque se desconocen sus muy diversas tendencias. ¿Que se suele entender por ecofeminismo? Generalmente se tiene alguna referencia sobre la obra de Vandana Shiva. Varios de sus libros han sido traducidos al castellano. V. Shiva es una figura internacional, una persona realmente muy valiosa e inteligente y una líder ecologista y altermundialista, pero el feminismo es reticente a sus planteamientos porque a veces le parecen mas “ecofemeninos” que ecofeministas. En algún pasaje de su obra, afirma que las mujeres son más protectoras de la vida y eso ha hecho temer al feminismo mayoritario un retomo a una antigua visión opresora de lo femenino. Hay que decir que el ecofeminismo esencialista tiene una ventaja para la praxis. Su simbología en defensa de la vida, por ejemplo, en defensa de la paz, es altamente movilizadora de las mujeres. La desventaja es que podría reafirmar los estereotipos de género.

Una de las obras más interesantes en los albores de este ecofeminismo es “Gyn/Ecology” de Mary Daly. ¿Qué planteaba ella?

Es una obra interesante por su autoconfesado carácter “extremista y desesperado en una época suicida”. No diría yo que sea la más interesante del ecofeminismo pero sí que es una obra pionera del ecofeminismo esencialista que hace un planteamiento dualista muy fuerte. Según Daly, a lo largo de la Historia, los hombres, dotados de una esencia agresiva, han creado una civilización destructora de la Naturaleza, dominadora de las mujeres y orientada hacia Thanatos. Hoy en día, contamos con muchas otras obras muy importantes para el ecofeminismo, menos dualistas, con mayor complejidad analítica y más compromiso ecológico.

Con el paso del tiempo han surgido otras tendencias. Por ejemplo, el ecofeminismo espiritualista de Vandana Shiva al que tú te referías. Gracias a ella, se ha podido saber que existen en el mundo movimientos de resistencia al “mal desarrollo” en las que las protagonistas sois las mujeres. El colectivo de mujeres Chipko es un caso. A mí me gustaría saber si es cierto que ellas consiguieron detener la deforestación total del Himalaya.

Por lo que yo sé sí. Su lucha fue exitosa. Y además, lo que es interesante es que estas mujeres después evolucionaron hacia reivindicaciones de corte feminista, porque al comienzo, las mujeres Chipko eran mujeres rurales seguidoras de una discípula de Ghandi que, en nombre de la cosmología de la India, defendían los árboles de la comuna del pueblo. Y Vandana Shiva dice que la defendían contra la colonización mental que habían sufrido los propios maridos, porque los maridos querían venderlo y ellas se opusieron.

Aquella fue una rebelión de las mujeres, pero no sólo contra las maquinas y la destrucción medioambiental, sino contra los maridos deslumbrados por unas monedas. Luego, el movimiento Chipko asumió también la lucha por la participación política de las mujeres. Adoptaron otro tipo de reivindicaciones que, desde el feminismo mayoritario se consideran propiamente feministas. La defensa del medio natural dio paso a la reivindicación de los propios derechos y la lucha contra el alcoholismo de sus maridos… Pero el caso de las mujeres Chipko no es el único, porque en estos momentos, por ejemplo, en Santiago del Estero, Argentina, tengo noticias de mujeres indígenas que están haciendo algo parecido. Hacen guardia con sus hijos en brazos para que las máquinas de desbroce y tala no entren en sus tierras. Son acciones donde la acción se inicia sin una teoría. Después, sus protagonistas van evolucionando hacia una toma de conciencia de la significación de lo que han hecho.

Precisamente en América Latina también se están sentado las bases para un desarrollo limpio y se ha acuñado un termino fundamental para el futuro: la “ecojusticia”.

Justamente, Ivone Gevara, la teóloga brasileña, retoma la idea de Hans Küng de “ecojusticia”, porque considera que preservar la naturaleza es hacer justicia a los más pobres y al resto de las criaturas vivientes. El desarrollo ecofeminista de la Teología de la Liberación incluye la idea de preservación medioambiental como justicia social. Ivone Gevara introduce la preocupación por los pobres y por las mujeres que, dice esta teóloga, son las que más sufren entre los pobres. Muchas mujeres latinoamericanas tienen que hacer frente, solas, con sus hijos a cargo, a la pobreza y a la contaminación. Las ciudades latinoamericanas sufren problemas de contaminación que afectan gravemente la salud (aunque no solo en el llamado Tercer Mundo, si nos atenemos al informe científico sobre cáncer, alergias y deformaciones congénitas provocadas por el deterioro del medioambiente en Francia, presentado en febrero de 2004 al gobierno de ese país). En Brasil, hay dos redes de mujeres que se ocupan de la educación medioambiental de las mujeres, de la concienciación para que conozcan los problemas de salud que provoca el contacto con pesticidas y desechos tóxicos y organicen un reciclaje de la basura en las chabolas, en los barrios en los que no hay servicios municipales y donde las asociaciones tienen que negociar con los ayuntamientos para conseguir al menos un mínimo de atención. Como es lógico, allí ya hay un elemento social muy fuerte en el tema medioambiental.

Frente al ecofeminismo espiritualista del que venías hablando encontramos el constructivista. ¿Cuáles son sus tesis?

Se trata del ecofeminismo más reciente, surgido a partir de los años noventa. Para diferenciarse del anterior, a menudo toma el nombre de “feminismo ecológico”. Sostiene que no hay una esencia femenina que acerque a la mujeres a la naturaleza, sino un devenir histórico con estructuras socioeconómicas determinadas que ha acercado a las mujeres a la naturaleza y alejado a los varones de ella, que ha reprimido ciertas características en los varones, como por ejemplo, la expresión y cultivo de los sentimientos y ha favorecido en las mujeres determinadas actitudes, como esa cultura de los sentimientos y de las relaciones afectivas que parece ser la especialidad de las mujeres, por lo menos en una gran parte del mundo.

En una palabra, este ecofeminismo parte de la idea de que las identidades se construyen históricamente y tiene un contenido social muy fuerte por su cercanía a la crítica socialista de la mundialización neoliberal. Sin embargo, propone una política de alianzas, pero no de fusiones entre movimientos. No se trataría de que el feminismo se fusionara can el ecologismo político, sino de que se dieran alianzas puntuales para determinadas acciones. En el ano 2001, cuando organice, junto a Cristina Segura y Maria Luisa Cavana, el I Simposium Internacional de Feminismo y Ecología en la Universidad Complutense, invitamos a una de las teóricas mas importantes de esta línea constructivista: Val Plumwood. En aquella ocasión, esta filósofa australiana expuso una de sus propuestas de política de alianzas en torno al tema animal.

Muchas ecofeministas están preocupadas con el sufrimiento animal y lo tematizan en sus obras. Buscando un punto medio entre un ecologismo sin preocupaciones morales con respecto a los animales no humanos y la ética vegetariana de ecofeministas como Carol Adams, Plumwood propuso una gran alianza entre asociaciones de consumidores preocupados por la salud, ecologistas preocupados por el medio ambiente, ecofeministas preocupadas por el sufrimiento animal, movimientos de liberación animal y pequeños productores. Todos podrían converger en una política de lucha contra la producción industrial de carne; porque en esa producción, que es nefasta para la salud y para el medio ambiente y hace vivir un auténtico infierno a los animales, se daría un punto común en el cual esos grupos que luchan por acciones diversas podrían ponerse de acuerdo y decir: esto no debe ser así. Las terneras estabuladas inmovilizadas en cajas para que la carne tenga un color pálido atractivo para el consumidor, la producción avícola en batería con pollos llenos de tumores y llagas, tratados con antibióticos, etc, etc… todo lo que es el sufrimiento animal en la granja factoría puede y debe ser rechazado desde distintas perspectivas. Esta es una propuesta de una pensadora para el futuro inmediato pero podría darte ejemplos de políticas de alianza sin fusión que ya se han producido. En EE. UU, ha habido muchas experiencias de ecofeministas y sindicalistas que se unen en un momento determinado para denunciar la contaminación que sufren las trabajadoras.

Dentro de todas estas líneas filosóficas, ¿dónde te sitúas o cuál es tu apuesta personal?

Yo vengo del feminismo de la igualdad. Mi idea de la identidad femenina es constructivista. Pienso que puede haber tendencias innatas, pero que las tendencias siempre necesitan recibir un modelado cultural y educativo. En definitiva, creo que hay una construcción de los géneros. Por lo tanto, yo sería una ecofeminista constructivista.

¿Estamos ante un nuevo modelo ético y político?

Pienso que sí. Creo que podría ser un feminismo para los tiempos del cambio climático. El feminismo es un movimiento con una larga historia. Hoy en día existen feminismos de muy distinta inspiración: liberal, socialista, postmoderno, etc. Hay una gran variedad de feminismos. El ecofeminismo es la respuesta del feminismo a un problema nuevo que se plantea a la humanidad y que es el problema de enfrentarse a su propia fuerza destructiva. Es un reto y creo que el feminismo tiene que estar ahí. Ahora bien, no creo que, al menos a corto plazo, todo el feminismo vaya a ser ecofeminista, sino que el feminismo va a seguir siendo plural. Pero las mujeres que adquieran una sensibilidad ecologista se encontrarán mejor expresadas en esta forma de feminismo.

¿Es un reto a los gobiernos que no contemplan las cuestiones de género en sus políticas, incluida la medioambiental?

No sólo es un reto para esos gobiernos, sino también para los que tienen en cuenta la perspectiva de género, porque actualmente existen -gracias al feminismo y a las conferencias internacionales sobre la situación de las mujeres- una serie de políticas de acción positiva para conseguir la igualdad entre los sexos, una igualdad que avanza muy lentamente. Según los expertos, al ritmo que vamos, tardará todavía cuatrocientos años en llegar. Pero su lentitud no es el único problema. En general, esas políticas se hacen únicamente desde la perspectiva de la integración de las mujeres en algo que ya existe y que es insostenible. Entonces, el ecofeminismo es un reto para obtener no sólo la igualdad, sino también una transformación del modelo social con vistas a que no sea un modelo destructor de la base material de la humanidad, que es la Naturaleza.

¿La utopía va a dar paso a realidades concretas?

La utopía es un horizonte regulativo que no debe abandonarse, sino plasmarse poco a poco y evolucionar con la experiencia. Ahora, si lo que me preguntas es si realmente el modelo va a poder concretarse a corto plazo, yo contestaría que todavía hay un paradigma de desarrollo insostenible demasiado establecido como para que eso sea posible. Pero podemos ir avanzando en pequeñas experiencias que irán cristalizando en un proyecto global.

¿Qué nos queda por hacer a los hombres?

Lo que todo ser humano consciente debe hacer hoy en día para evitar la destrucción irreversible de la naturaleza y, con ella, de nuestra especie. Pero, además, con respecto a la desigualdad entre los sexos, los hombres deben apoyar la voz de las mujeres. El colectivo femenino sigue estando silenciado. Por eso, tu proyecto es realmente loable. Es necesario dar voz y dialogar intelectualmente. Las mujeres siempre hemos estudiado las teorías hechas por los varones, pero hace poco tiempo que éstos comienzan a interesarse por la teoría feminista. Es importante llegar plenamente a ese diálogo en condiciones de igualdad para bien de todos.

¿Y hay los hombres ejemplares o no se salva ni el apuntador?

Los más inteligentes y sensibles se salvan absolutamente (ríe). Conozco hombres muy sensibilizados y que brindan su apoyo.

¿Un personaje histórico que respondería a esta idea?

Te daré los nombres de dos varones de mi gremio: los filósofos Poulain de la Barre y John Stuart Mill.

¿Por qué?

Poulain de la Barre, cartesiano celebre en el siglo XVII, criticó los prejuicios sexistas en su ensayo “Sobre la igualdad entre los sexos”. John Stuart Mill escribió, con su compañera sentimental Harriett Taylor, “Sobre la sujeción de las mujeres” para denunciar el estado de permanente minoría de edad de las mujeres en la Europa decimonónica y, en su calidad de diputado, defendió en el Parlamento británico la concesión del derecho al voto a las mujeres. Ambos filósofos defendieron la causa de las mujeres con su pluma y su actitud. No fueron los únicos. Se comprometieron con algo que les parecía justo. Me parece que en eso consiste la honestidad intelectual y vital.

P.-S.

“Mujeres al natural. 30 Diálogos sin aditivos, ni conservantes”. Juan Carlos Ruiz. Mandala Ediciones. 2004


Blog de Alicia Puleo

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