Lidia, una mujer de entrañas fecundas y misericordiosas

30 Sep

“Vivíamos una comunidad donde hombres y mujeres nos sentíamos iguales en dignidad y responsabilidad. Era una comunidad donde cabíamos todos y todas en igualdad de derechos y deberes. Se hacía verdad con los hechos que todos los bautizados éramos iguales, no había entre nosotros “ni judío, ni griego, ni esclavo, ni libre, ni hombre ni mujer” (Gal 3,28) tal como recitábamos en la fórmula bautismal. La razón era muy clara: “Pues todos sois hijos de Dios. En efecto, todos los bautizados en Cristo… sois uno” (Gal 3,26-28).”

(Fe Adulta) Soy Lidia. ¿A qué no te suena mi nombre?

Pues aunque nadie te haya hecho caer en la cuenta de ello, es verdad que soy la primera persona convertida al cristianismo en el continente europeo. Seguramente, si hubiera sido varón, sería importante y conocida, pero como soy mujer he quedado en el olvido, silenciada.

Me convertí a raíz de un discurso que le oí a Pablo en Filipos.

Quizás alguna vez hayas oído mi nombre al leer el capítulo 16 de los Hechos de los Apóstoles donde se me nombra, de pasada, dos veces (Hch16,12-15; 16,40).

No sabes nada de mí porque a los exégetas varones no les he interesado mucho y, además, a partir del dato de mi profesión –nombrada por Lucas con la palabra “porfiróporis”, traducido por “vendedora de púrpura”– han deducido muchas cosas que no son verdad: que era rica, que tenía un gran capital, que poseía esclavos y esclavas y que, por eso, pude ofrecer hospitalidad a Pablo y sus compañeros… sin investigar qué oficio era ése, en que consistía y cómo estaba considerado. En realidad ¡no les interesó saber quién era yo!.

Algunas mujeres biblistas, entre otras Ivoni Richter Reimer han investigado sobre mí , me han rescatado del olvido y se han acercado a fuentes extra-bíblicas para conocer mi profesión y cómo era mi trabajo, mi verdadero status social y sobre todo interesarse por mí.

El término con que me nombra Lucas, “porfiróporis”, tiene su correspondiente latino en “purpuraria”/us. Ese es un término técnico que expresa tanto el proceso de producción de púrpura, como la venta de la mercancía producida. Por tanto, es un reduccionismo traducirla sólo como “vendedora”. Quiero que sepas que en ésta expresión hay que tener en cuenta dos aspectos: a) por un lado la palabra “porfira”/ “púrpura” expresa tanto el color, como algún producto teñido con ese color; y por otro b) la materia-prima de la que se extraía la púrpura, que se obtenía tanto del mar (el murex, un caracolillo de mar) como de la tierra (vegetales). La extraída del mar era de mejor calidad y se pagaba más, la de menor calidad y la más barata, se extraía de los vegetales, era la que se producía en lugares del interior, no marítimos. Éste era mi caso.

Pues yo soy oriunda de Tiatira, una ciudad en el interior de Asia Menor. Allí se desarrollaba una industria textil importante ligada con las tintorerías, donde otras mujeres como yo trabajamos, ya que la producción textil y la tintura eran “cosa de mujeres”.

En Tiatira el color púrpura era extraído de las raíces de una planta llamada “rubia”, que además de sus cualidades medicinales podía ser aprovechada en el proceso de tintorería y de curtido. Justamente en esos dos sectores sólo se ocupaba a “las personas que ejecutaban un trabajo sucio”. Sucio ¿por qué?. Porque era un trabajo arduo y muy desagradable. No te voy a contar el largo proceso de extracción de la púrpura y cómo fijábamos el color con substancias “sucias” como la orina. Todo el proceso producía unos olores fuertes, desagradables, a veces insoportables que a nadie le gustaba hacer y que además estaba considerado despreciable. Por eso lo hacíamos mujeres y otros colectivos socialmente mal considerados.

En esta ciudad los romanos, en su política expansionista, habían asentado una gran población judía. La mayoría eran presos de guerra y exclavas/os. Estos judíos tenían mucha experiencia en producir color púrpura, que se utilizaba para teñir la lana.

En Tiatira los trabajadores estábamos organizados por corporaciones. Por eso yo conocí a estos grupos judíos y me interesé por su religión y con ellos aprendí mi trabajo.

¡No podía yo imaginarme que ese encuentro con los judíos iba a ser tan importante para mí!.

Con ellos aprendí mi oficio, pero tuve que marcharme de mi tierra para vender mejor mi producto y, de este modo, llegue a Filipos. Esta ciudad había sido un pueblo sin importancia hasta que recibió su nombre y su rango de Filipo, padre de Alejandro Magno. El emperador Augusto la hizo colonia romana en el año 31 a.C. y le concedió privilegios de ciudad romana. Cuando yo llegué allí “era la principal colonia romana del distrito de Macedonia” (Hch 16,11).

Allí yo me puse de nuevo en contacto con una pequeña colonia de judíos. Ellos eran extranjeros como yo y nos unía el mismo “trabajo sucio” mal considerado y mal pagado por la alta sociedad romana.

Trabajábamos con nuestras manos la mercancía que después vendíamos. No éramos grandes empresarios sino pequeños artesanos. Vivíamos a las afueras de la cuidad, cerca de las rutas comerciales, en las proximidades del río Angites. Por ahí pasaba la ruta comercial que ligaba Oriente con Occidente.

Los judíos no tenían sinagoga pero se reunían cerca de donde vivían en un lugar que tenían para orar (Hch 16,13). Yo no era judía pero me atraían sus oraciones y lecturas de sus Escrituras.

Un sábado, allá por el año 49-50, estábamos –fundamentalmente mujeres– orando y conversando. En esto llegaron unos hombres llamados Pablo y Silas y se pusieron a hablar con nosotras (Hch 16,13).

En sus saludos y presentaciones me enteré entonces que él era un judío que por primera vez llegaba al continente europeo y que Filipos era la primera ciudad de Europa donde venían a predicar el mensaje de un tal Jesús de Nazaret (Hch 16,4-40).

Pablo nos empezó a hablar de él, de su persona, su doctrina, con gran ardor y … ¡yo no sé que me pasó por dentro!. Me dio un vuelco el corazón y se me conmovieron las entrañas. Es como si el Dios a quien siempre había adorado y buscado me abriese las entrañas y me dijese que ahí estaba lo que tanto había buscado. Cada palabra de Pablo iba cayendo en mí como gota de agua fresca en tierra seca. Una criatura nueva empezaba a surgir en mis entrañas…, sentía que algo nuevo nacía en mí.

Me quedé prendada de la doctrina que Pablo y Silas enseñaban. No dejé de asistir a sus enseñanzas y pronto pedí ser bautizada. Conmigo también las personas que vivían en mi casa. Fui la primera bautizada en esa ciudad. Éso me hacía sentirme responsable de acoger a Pablo y Silas y casi forzarlos para que vinieran a hospedarse en mi casa (Hch 16,15). No era muy grande, como han dicho otros de mí, ¡como si solo se pudiera acoger desde la abundancia y no desde la pobreza y sobriedad!. Cuando el corazón es grande hay lugar siempre para la acogida. Cuando las entrañas se ensanchan los otros caben en ellas. Yo tenía la gran alegría de ofrecer mi casa para la formación de la primera comunidad cristiana en Filipos.

Estábamos pasando malos tiempos. Los judíos no eran bien vistos por los romanos y era peligroso para los dos judíos forasteros hacerse notar. Yo sabía que, cobijando a esos extranjeros, corría riesgos y conmigo mi casa y los míos. Pero no podía permanecer indiferente a su situación. Pablo nos había hablado de Jesús: de su compasión, de su estar siempre al lado de los que sufren, de no abandonar nunca a los tirados en el camino. A mí de nuevo se me conmovieron mis entrañas. Yo no podía ahora abandonar a su suerte a estos hermanos en la fe. Decidí entonces acogerlos en mi casa, abrir mis entrañas para ampliar mi familia, la familia del Dios que estaba conociendo.

No es nada nuevo esta práctica arriesgada de solidaridad entre hermanos. En estos tiempos que vivís lo hacen y han hecho muchos hermanos y hermanos en América Latina y en otros muchos lugares del mundo. En realidad esto es hacer verdad el mensaje de Jesús, es “dar fruto” como el Nazareno nos pedía. Y yo quería ser fiel a Él.

Que era peligrosa la situación lo confirmó el hecho de que poco tiempo después Pablo y Silas fueron llevados ante las autoridades romanas acusados de alborotadores, proponiendo costumbres contrarias a la práctica romana. Los cogieron, los apalearon, torturaron y los metieron en la cárcel.

Nos quedamos todas y todos desolados y atemorizados pero no por eso dejamos de reunirnos en mi casa las hermanas y hermanos que creíamos en Jesús, a pesar del riesgo que corríamos. Orábamos y celebrábamos nuestra fe. El número crecía y la comunidad doméstica se consolidaba. Sentía mis entrañas llenas de vida nueva. Mi alegría era grande a pesar de las dificultades del momento.

Yo sentía que este servicio a la comunidad era mi mejor manera de mostrar la fe y fidelidad al Evangelio que había recibido, era mi manera de hacer fecunda mi vida y auténtica mi fe.

Hoy quiero contarte qué es una comunidad doméstica y la importancia que estas comunidades tuvieron en la expansión y consolidación del cristianismo.

En estas iglesias, comunidades reunidas en las casas de familia, las “diakonías” de la palabra y de la mesa aún no estaban divididas. La iglesia doméstica fue el origen de la iglesia cristiana en muchas ciudades y regiones. Fueron un factor decisivo en el movimiento misionero pues ofrecían un espacio para la predicación de la palabra, para el culto, para participar en la mesa eucarística y para las relaciones sociales.

La iglesia doméstica nos ofrecía las mismas oportunidades a las mujeres que a los hombres. Tradicionalmente la casa era considerada, igual que hoy, el dominio propio de nosotras, las mujeres. Te digo esto porque cuando en las cartas de Pablo o en los Hechos de los Apóstoles aparece el nombre de alguna mujer, como en mi caso, y a continuación se nombra a la comunidad reunida “en su casa” (la casa de ella), expresa que la mujer de la casa en la que la iglesia se reunía, era la primera responsable de la comunidad y de la asamblea de la iglesia doméstica.

Esto saca a la luz la importancia que tuvimos las mujeres en estos comienzos del cristianismo antes de que la jerarquización androcéntrica y patriarcal nos desplazara de los puestos de liderazgo en la Iglesia primitiva. Pero de todo ello te iremos informando sucesivamente.

Esto no debe sorprenderte pues hay mucha documentación grecorromana en la que se pone de relieve que en el siglo I las mujeres eran conocidas por abrir sus locales y sus casas a cultos orientales. Los cristianos no fueron los primeros ni los únicos que se reunían en las casas para el culto religioso.

Por tanto, la Iglesia doméstica de Filipos fue el comienzo de una comunidad de la que Pablo se sentía orgulloso por su fe, su generosidad y por el modo cómo le habían ayudado a él personalmente. Cuando escribió su carta a toda la comunidad en el año 61, habían pasado ya más de 11 años desde su fundación, en mi casa.

Pero con este excursus no te terminé de contar cómo fueron esos primeros momentos de angustia cuando encarcelaron a Pablo y Silas. Creíamos que los iban a matar, pero Pablo reivindicó su ciudadanía romana y cuando oyeron eso, a los magistrados les dio miedo, los fueron a ver, les presentaron sus excusas, los sacaron de la cárcel y les pidieron que se fueran fuera de la ciudad (Hch 16,35-39).

Nada de esto sabíamos. Nosotras seguíamos reuniéndonos en mi casa celebrando nuestra fe y orando. Y de pronto, sin esperarlos, se presentaron Pablo y Silas en casa para vernos a todas y todos, alentándonos para que continuásemos en nuestra fe. Aún y así tuvieron que marcharse pues sus vidas corrían peligro (Hch 16,40).

Cuando ellos se fueron, yo volví a quedarme al frente de esa pequeña comunidad que se reunía en mi casa con la certeza de que esa primera semilla –como la de una grano de mostaza–, echada con tanto amor, iba a crecer como dice la parábola de Jesús y se iba a convertir en un gran árbol donde los pájaros iban a alimentarse y cobijarse. Ahora entendía la fuerza de esas parábolas de Jesús donde a partir de lo pequeño, insignificante, silencioso… brota la vida nueva. Sentíamos que nuestras vidas eran fecundas, que estaban dando buen fruto.

La comunidad cristiana siguió creciendo y estructurándose. Yo sentía la alegría de ver cómo se afianzaba la fe en Filipos y, cuando Pablo escribió su carta a los Filipenses desde la cárcel en Roma –allá por el año 61– nos decía cosas muy consoladoras como: “hermanos míos, queridos y añorados, mi alegría y mi corona, mis amigos, manteneos así fieles al Señor” (Flp 4,1).

Ésta había sido mi preocupación central: “ser fiel al Señor”. De hecho cuando yo forcé a Pablo y Silas a venir a mi casa a hospedarse les dije: “Si estáis convencidos de que soy fiel al Señor, venid a hospedaros conmigo” (Hch 16,40). Y vinieron.

Desde el comienzo cultivamos la generosidad y la acogida, el compartir los bienes, el dejar que se conmoviesen nuestras entrañas con el dolor de los hermanos que sufrían, para que ese dolor se hiciese amor operativo después. Por eso cuando a Pablo lo encarcelan de nuevo en Roma, enviamos a Epafrodita a verlo, atenderlo (Flp 2,30) y llevarle dinero para su mantenimiento (Flp 4, 10.14.18). Esto nos parecía lo más normal, pero da la impresión de que no lo era pues Pablo, probablemente dolido, nos escribe y nos dice: “los filipenses sabéis que desde que salí de Macedonia, y empecé la misión, ninguna iglesia aparte de vosotros, se hizo cargo de saldar mi debe y haber” (Flp 4,15).

Esto no significa que éramos una comunidad modélica. Teníamos problemas, tensiones, divisiones, diversidad de criterios y enfrentamientos, pero por encima de todo luchábamos por mantenernos fieles y unidos.

En nuestra comunidad –como te dije– mujeres y hombres compartíamos liderazgo y misión. Cuando Pablo escribe su carta a la comunidad de Filipos nombra también a dos mujeres importantes y de gran influencia en la comunidad y que trabajaron duro por el Evangelio: Evodia y Síntique (Flp. 4,2-3).

De hecho, Pablo pide que les ayuden para que se pongan de acuerdo y dice de ellas que son “syzuge” término que él utilizaba con frecuencia para nombrar a sus colaboradores, a los que lucharon con él y como él en la expansión del evangelio, es decir, a los/as misioneros/as como él.

Como ves, en su carta, en relación a estas dos mujeres, da dos datos: uno que están enfrentadas y no se ponen de acuerdo y, por su influencia, en la comunidad eso era negativo y, segundo, que son unas luchadoras del evangelio, unas buenas misioneras. Sea como sea, si algo ha llegado a nosotros de ellas es que: “ya están las mujeres peleándose, como siempre”. En fin todo menos reconocer nuestro liderazgo y aportación.

Ya te habrás dado cuenta de que las cosas en los comienzos de la Iglesia de Jesús eran distintas.

Vivíamos una comunidad donde hombres y mujeres nos sentíamos iguales en dignidad y responsabilidad. Era una comunidad donde cabíamos todos y todas en igualdad de derechos y deberes. Se hacía verdad con los hechos que todos los bautizados éramos iguales, no había entre nosotros “ni judío, ni griego, ni esclavo, ni libre, ni hombre ni mujer” (Gal 3,28) tal como recitábamos en la fórmula bautismal. La razón era muy clara: “Pues todos sois hijos de Dios. En efecto, todos los bautizados en Cristo… sois uno” (Gal 3,26-28).

Pero después las cosas fueron cambiando y las mujeres fuimos desplazados de todos los lugares de gobierno y decisión.

Antes de que pasase eso, hubo otras mujeres que, como yo, fueron fundadoras y dirigentes en las primeras comunidades cristianas. Fecundaron sus entrañas con el amor que da vida, que produce fraternidad, que crea comunidad. Entrañas que saben de misericordia, perdón, acogida.

Ellas te irán hablando más adelante.

A ti lector/a te aliento a trabajar para recuperar comunidades evangélicas donde se practique la misericordia entrañable. Comunidades en las que sus miembros no permanezcan indiferentes ante el dolor de los pobres y de los últimos, sino que, como a Jesús, se les conmuevan las entrañas y esta experiencia desencadene en ellos un amor operativo. Comunidades que generen vida nueva en su entorno, que hagan verdad la igualdad que Jesús practicó. Comunidades como las que el Nazareno soñó y procuró formar.

Un saludo de hermana.

Lidia, la fundadora de la comunidad de Filipo.

 

Emma Martínez Ocaña

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