Vivir una vida plena

21 Sep

 

“El otro día leía que en el mundo hay dos grandes potencias; una es EEUU y la otra soy yo, o eres tú, vaya, con tus capacidades personales y posibilidades, siempre que las pongas al servicio de lo mejor para ti y para los demás.”

“Tenemos posibilidades autodestructivas y adormecedoras o potenciadoras y plenificantes. Pero cada uno elige las que quiere usar.”

(Fe Adulta) Soy de las que apuestan por la calidad de vida y quiero huir de la mediocridad somnífera en la que se instala mucha gente, viviendo una existencia sosa, incolora e insípida, sesteando una forma de vivir rutinaria, con cada día igual al anterior, corriendo sin saber tras qué, sin entusiasmo, sin ilusión para poner color a la propia persona, a la vida, a la familia, al trabajo, al ocio, al hogar, a las relaciones, a la fe, al descanso…

Creo que sestear la vida e ir por el mundo “tirando” en vez de recogiendo y aprovechando lo que cada día nos trae, es un pecado grave de omisión. Esta mañana me discutía una compañera que la vida es mucho más triste que alegre, dura que agradable, lucha que disfrute. Y yo le rebatía, convencida de que hemos nacido para ser felices y que tendremos que dar cuenta a Dios, al final de nuestra vida, de los placeres que no hemos disfrutado, de los buenos ratos que hemos roto, por dejadez y falta de interés en ser felices o en contribuir a la felicidad de los de alrededor.

La verdad es que vivir una vida plena, una existencia de calidad, no tiene nada que ver con el tener sino con el ser.

Por más que nos venden, por todos los frentes, que son los objetos los que nos dan felicidad, o el ser el primero en tener lo último, o el redecorar la casa, o los kilómetros de aventura que recorremos, lo cierto es que una vida de calidad, de armonía interior y plenitud, es aquella en la que vives de acuerdo con tu proyecto personal, en la que guardas todos los días un rato para reflexionar cómo quieres vivir, cuando gastas tiempo en los demás, cuando trabajas aportando a la sociedad lo mejor tuyo, cuando practicas la justicia en pequeños detalles laborales, familiares, sociales, cuando compartes, parte de lo que tienes de más, con los que sabes que no tienen lo necesario, cuando amas gratuitamente, es decir, a fondo perdido, sin esperar que el otro te corresponda, sino aceptándole empáticamente, permitiéndole ser distinto a ti y expresar sus afectos, como puede y como sabe.

Y por último, cuando vives la vida como una fiesta y se la haces festiva, agradable y divertida a los demás; si, además, todo esto lo vives acompañado con la presencia y fortaleza de Dios, que nos pone las pilas, nos impulsa la misericordia, la justicia, el sosiego y la ilusión y nos da pistas para vivir una existencia apasionante, entonces ya es el colmo de la felicidad y la plenitud.

El otro día leía que en el mundo hay dos grandes potencias; una es EEUU y la otra soy yo, o eres tú, vaya, con tus capacidades personales y posibilidades, siempre que las pongas al servicio de lo mejor para ti y para los demás.

Tenemos posibilidades autodestructivas y adormecedoras o potenciadoras y plenificantes. Pero cada uno elige las que quiere usar. Cuando todas van armónicamente dirigidas hacia la excelencia, expresión que tanto utiliza la otra gran potencia mundial, conseguiremos para nosotros y para los demás una vida de calidad, una historia interesante, una existencia fructífera.

Bueno, no vayan a pensar que estoy hablando líricamente de la vida, como si estuviera en una nube y no recordara que estamos en plena crisis económica. No, es precisamente porque estamos viviendo un momento duro y difícil, porque hay que apretarse el cinturón, porque vamos a tener que bajar nuestro poder adquisitivo y renunciar a lujos que, a fuerza de tenerlos habitualmente los hemos convertido en necesidades y sin los que podremos vivir a nada que nos lo propongamos.

La crisis puede ser una oportunidad de crecimiento, un momento para compartir más, para vivir atentos al que necesita lo que a nosotros nos sobra, para ser más austeros y vivir con menos, para comportarnos con los otros como si fueran nuestros hermanos, es decir, que nuestra familia no sea solo la que consta en el libro de familia, sino que abramos nuestro corazón y nuestra economía y posesiones a vecinos, a amigos, a organizaciones, al mundo en general.

Ojalá esta crisis nos haga cuestionar el sistema de vida, despertar y retornar de ese camino de ida, que llevábamos hacia el tener y volvamos al del ser, al del estar. Que recuperemos la comunicación, el compartir, el trabajar creando, el hacer familia, el tener ratos para la pareja, para los hijos, para la amistad, para el ocio casero y natural, sabiendo renunciar a cosas como el coche, las exquisiteces gastronómicas, o los mil archiperres que nos han encarecido la vida y llenado de esclavitudes.

Hace falta cubrir las necesidades básicas propias y ajenas, pero cuidado con los deseos, que son imposibles de satisfacer, como pozos sin fondo, que tiran de nosotros para hacernos creer que necesitamos mucho más de lo que tenemos, para una vida digna y de calidad.

Frenemos la prisa, el gasto loco, el despilfarro contagioso, el lujo que se nos ha colado en la vida cotidiana y amemos más, adivinemos lo que necesita el otro y compartamos, reciclemos, acojamos, pidamos y ofrezcamos. Invitemos en casa, ya que comer fuera es un lujo, juguemos una partida de cartas, montemos una tarde de cine doméstico (con palomitas mejor), inventemos un ocio en transporte público, recuperemos los paseos, la contemplación, las tertulias, el préstamo de libros, música o cine, las excursiones a la naturaleza, la visita a exposiciones, parques y zonas de nuestro entorno, que nos seguirán sorprendiendo. Y también dejemos ratos para no hacer nada, que es tan sano y relajante.

Este es un momento sagrado e importante para conseguir una vida de calidad, unos encuentros profundos, unas redes sociales sólidas que nos ayuden a entusiasmarnos con esta nueva etapa de bajón económico y de subidón de lo principal, lo importante, lo bello, lo sosegado, lo sagrado y lo gratuito. Que Dios nos ayude a hacer la revolución del Amor, que es en definitiva lo que estoy escribiendo. Ahí va un abrazo.

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