Jesús insertado en la tradición de transgresoras de su pueblo

11 Sep

Ivoni Richter Reimer

Su memoria es rescatada en el Evangelio mateano porque en las comunidades las mujeres siguen construyendo historia inclusiva y transgresora de prácticas religiosas que discriminaban por motivos de género y etnia.”

María, “se afirma la autonomía con respecto a estructuras patriarcales y de dominación; se afirma que el proceso de decisión y de participación pertenece a la mujer y que es ella la que traza responsablemente su propio camino.”

Para empezar a ver cómo forma parte Jesús de una larga tradición de mujeres transgresoras en la historia del pueblo judío, me gustaría adentrarme en el Evangelio de Mateo. Con el fin de (re)forma(tea)r la identidad judeo-cristiana después del año 80, ese Evangelio inicia su memoria-narración con la genealogía de Jesús, lo que es típico de la tradición judaica cuando se trata de recordar los orígenes.  Quiero simplemente subrayar la diferencia que contribuye a reconstruir algunas tradiciones de mujeres valientes de épocas antiguas y, con eso, apuntar al lugar protagónico que ocupaban las mujeres en las comunidades mateanas.

Se trata de la inclusión de mujeres en la genealogía de Jesús, insertadas en la historia de los grandes hombres. Son, igualmente, grandes mujeres: matriarcas y protagonistas transgresoras de una misma historia. No son mujeres cualquiera que están simplemente enquistadas en algunas tradiciones patri-kiriarcales1 judaicas, no son “las excepciones que confirman la regla”. Por el contrario, cuestionan esas tradiciones al actuar dinámica y autónomamente en el seno y a contrapelo de las mismas. Como dice el proverbio popular: “Sólo logra llegar a la fuente quien nada a contracorriente”. Esas mujeres no se limitaron a hacerlo en el marco de las posibilidades que les brindaba el contexto. Por el contrario, rompieron y ampliaron los límites de esas posibilidades y restricciones.

Jesús y sus ancestros-matriarcas

Corre por las venas y el corazón de Jesús, el Hijo de David, la osadía transgresora de la cananea Tamar (Gn 38), que viendo negados sus derechos de viuda, forja estrategias y lleva a cabo planes inusitados, desenmascarando al hacerlo la historia y la lógica patriarcales que transforman a las mujeres en una “cosa” a merced de los hombres del clan de Judá. Tamar reivindica el cumplimiento de leyes y costumbres, al tiempo que las critica en relación con su estructura sistémica patriarcal y sexista. Así, es una transgresora solitaria y extranjera que participa y construye parte de la historia de la salvación.

Su memoria es rescatada en el Evangelio mateano porque en las comunidades las mujeres siguen construyendo historia inclusiva y transgresora de prácticas religiosas que discriminaban por motivos de género y etnia. Son ellas quienes recuerdan la descendencia cananea de Jesús, lo cual constituye un acto profundamente político, porque descorre un velo que permite nuevas miradas que revelan también a la mujer anónima que transgrede normas de conducta en ocasión de una visita de Jesús a Tiro y lo hace reinventar su propia trayectoria.

Los pies y las manos de Jesús están marcados por la memoria de Rahab (Js 2), la prostituta, tejedora y hospedera, también de origen cananeo. Astuta, conocedora de los enjuagues político-económicos de Jericó, les facilita la entrada a los emisarios que buscan la tierra “de leche y miel”, y con eso transgrede la conducta y la legislación locales, actuando con autonomía y solidaridad. En el Evangelio, su condición y su profesión no son moralmente descalificadas; en la historia, su acción no la transforma en una víctima, sino que le confiere poder en la historia de la salvación.

Quizás es recordada en el Evangelio mateano porque en el período posterior a la guerra romana muchas mujeres se encontraban en situación semejante a la de la matriarca Rahab, quien en su autonomía con respecto a los hombres y sus poderes políticos abre caminos entre los muros que se iban imponiendo a las mujeres en la construcción de la historia de la Iglesia, que poco a poco iban sustituyendo las historias de un discipulado de iguales por historias de nuevas subordinaciones.

En los ojos y en la percepción de Jesús se encuentran la sabiduría de Noemí y la perspicacia de Ruth, y tal vez también sus dolores, su soledad y su solidaridad. Viudas extranjeras, inmigrantes, ambas reclaman/hacen cumplir sus derechos. Entre estrategias y planes construyen amistades, pertenencias y complicidades amorosas. Ruth hace historia en el camino de la fidelidad y la solidaridad para con Noemí, al cumplir la ley del levirato. Participa así de la historia de la salvación.

Junto a Noemí, Ruth es recordada en el Evangelio mateano, quizás porque Jesús y la Iglesia de las mujeres necesitan tanto de la perspicacia como del conocimiento legal de su condición en el seno del Imperio romano para poder sobrevivir con astucia y amor. En las entrañas de Jesús gime el dolor de Bate Seba (2 Sm 11-12), la mujer violentada por su “padre” David. Esa relación dio origen a su casamiento con David, del cual nació Salomón. Así, en medio del dolor y limitada por la maquinaria monárquica, ingresa en la historia de la salvación recordándonos que los patriarcas también son verdugos. Tal vez se la recuerde en la comunidad mateana a causa de los sufrimientos causados por el Imperio ante las cruces, que enfrentan Jesús y la comunidad, y que lo hacen callar y clamar “¿por qué me has abandonado?”, para indicar que también de allí puede nacer algo nuevo.

Y Jesús es fruto bendito del vientre de María. Resulta interesante que no es el Evangelio mateano el que se interesa por los detalles de la anunciación y la concepción virginal de María. Es Lucas quien lo hace, lo que tiene que ver con el contexto de los Evangelios y sus comunidades: las comunidades lucanas tenían una influencia helenística mayor que las mateanas.

Da la impresión de que Lucas se vio enfrentado con más fuerza a un imaginario religioso que incluía la concepción virginal de las divinidades, y que reaccionó ante ese imaginario de manera igualmente fuerte. Mateo está más preocupado por garantizarles a sus comunidades la pertenencia a la historia de Israel (por eso su genealogía se remonta a Abraham), mientras que Lucas tiene una perspectiva más universal (su genealogía se remonta a Adán).

En la historia de la Iglesia, esa “concepción virginal” de María ha sido y es entendida de diversas maneras. La explicación biológica, fundamental para el desarrollo y la sedimentación de los dogmas marianos, ha sido mayoritaria. Con independencia de si se establece la virginidad “antes, durante y después” del parto, las iglesias, incluidas las protestantes, han privilegiado el sentido biológico.

Por su parte, la teología feminista ha rescatado un sentido antiguo que abre nuevos horizontes interpretativos y, por ello mismo, suscita polémicas y discusiones, sobre todo porque “se mete” con dogmas e imaginarios sedimentados que objetivan y proporcionan cohesión e identidad en las instituciones eclesiásticas. Esa dinámica de polémica y contradicción, al igual que las ambigüedades, forma parte de “procesos históricos e interpretativos que ubican la historia como un campo de posibilidades en el que los diferentes sujetos sociales [y hermenéuticos] tienen diferentes formas de pensar la realidad y… de intervenir en la realidad…, lo que implica darle realce también a las causas perdidas. Para nosotros, esto constituye recuperar la relación, el movimiento, la contradicción”.2 Ser virgen/parthenos tiene, además del significado biológico, el sentido de no ser dependiente de un hombre.

Se afirma la autonomía con respecto a estructuras patriarcales y de dominación; se afirma que el proceso de decisión y de participación pertenece a la mujer y que es ella la que traza responsablemente su propio camino. Protagonista y transgresora, María vivencia la hierofanía del ángel y del Espíritu, que la cubre y la protege cual una nube para que pueda participar en la historia de la salvación, como otrora fueran abrigados Moisés y el pueblo por esa misma nube del Espíritu para que pudieran cumplir la promesa de Dios. Virgen, adúltera, estuprada, amante… todas son posibles interpretaciones que tienen como base la sexualidad de María en la construcción de un ideario cristiano para mujeres y en la construcción del significado de la divinidad de Jesús.

Sea como fuere, Jesús es el fruto del vientre bendito de María, que anduvo a contracorriente de la historia: subió a las montañas de Judá para estar junto a su prima Isabel y ampararla en su gravidez, así como para compartir con ella las novedades de su propia vida; reconoció, en al abrazo de Isabel, lo que acontecía en su cuerpo y, cantando, restauró la esperanza del pueblo/la comunidad lucana mediante el rescate de la tradición profética en su Magnificat, en el cual preanuncia los caminos que trazará su hijo; dio a luz en medio de las tenebrosas manifestaciones de los poderes políticos y de la miseria humana que la rodeaba, contando con el apoyo de José; enfrentó multitud de dificultades, incluso con su propio hijo, pero no dejó de ser una protagonista en la narración del camino de Jesús en su ida y su vuelta de Egipto, que señaló el camino de la liberación a través del “nuevo Moisés”; fue protagonista, al participar en los preparativos para que se produjera la primera señal de esa larga marcha, en las bodas de Caná; y también lo fue, junto a sus otros hijos e hijas, cuando no conseguía entender los caminos trazados de su hijo, igual que no los vislumbraban con claridad los discípulos, lo cual le permitió a Jesús ampliar la concepción patriarcal de la “familia; y fue, por último, discípula de su propio hijo. Lo acompañó hasta la cruz, participó del anuncio de la resurrección y del nuevo inicio reconstruido a partir de Galilea en Jerusalén (He 1,14). Así, Jesús es fruto del vientre bendito de María, bendita junto a las demás mujeres que aún hoy cargan muchas veces solas con sus decisiones y con las consecuencias de sus transgresiones.

Para resumir y seguir adelante: según la memoria-narración del Evangelio, Jesús forma parte de una larga historia de tradiciones entre las que se encuentra la de las mujeres transgresoras de la historia de la salvación. Criado y educado en el seno de las tradiciones de su pueblo, es lógico pensar que esa herencia genético-cultural haya formado parte de la construcción de su propia identidad, y que esta haya sido confirmada y cuestionada en el transcurso de su vida, dándole cohesión por un lado y creándole contradicciones por el otro. Su movimiento logró adhesiones porque había personas que se identificaban con sus propuestas, ya que estas alimentaban las esperanzas transmitidas de generación en generación y planteaban posibilidades participativas para su realización.

El seguimiento presupone la adhesión, y la adhesión carece de convencimiento. Ahora bien, Jesús ponía al día la memoria profética, mesiánica, legal y sapiencial de antaño en un momento político que clamaba por una transformación en dos sentidos: la dominación romana con sus altísimas cargas tributarias le imposibilitaba una vida digna a la mayoría del pueblo; las elites religiosas, aliadas a los gobernantes, no atendían a las necesidades vitales y espirituales de la mayoría de ese pueblo que clamaba desde los subterráneos de la humanidad.

Así, por ejemplo, el rescate de las tradiciones legales y proféticas del jubileo encontraba un eco profundo en el alma de ese pueblo carente y masacrado; el perdón de las deudas, la declaración de la soberanía de Dios en la tierra y en el pueblo de Israel y la práctica terapéutica de Jesús repercutían como un bálsamo en la vida sufrida, endeudada, prostituida y esclavizada de mujeres, niños y hombres. Por tanto, Jesús no sólo forma parte de una tradición heredada, sino que también es gestor de una tradición junto a hombres y mujeres que participaron en su movimiento y le dieron continuidad.

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