Cuando el amor se rompe

4 Sep

Mary Patxi Ayerra

La separación es un gran duelo”

“Me imagino a Jesús a tu lado diciéndote, yo tampoco te condeno, vete en paz… y vive, y sé libre por dentro, porque ninguna de esas piedras que te tiran es justa ni pensada, sólo es un hábito social de juzgar a los otros con una ligereza nada fraterna, nada comprensiva ni compasiva.”

Querida sobrina, sé lo mal que lo estás pasando desde que te separaste, y que este aviso del colegio en el que diagnosticaban a tu hijo de 5 años tristeza, te ha hundido ya en la miseria, por eso hoy me gustaría echarte una mano, a ver si entre las dos conseguimos mirar tu familia con lupa y ver la forma de ponerle un poco más de salud mental a la situación o, por lo menos, suavizar un poco el dolor.

Te ha ocurrido algo dolorosísimo, como es la ruptura de vuestro matrimonio. Es verdad, y dicen que después de la muerte de un hijo, es el duelo mayor que pueden sufrir unas personas, la separación conyugal, la ruptura de vuestro proyecto de pareja, que os deja a los dos con la vida paralizada, con todos vuestros sueños rotos, con el corazón partido, por lo que sufrís los dos y el niño, que quiere vivir en una sola casa y quiere juntaros como sea.

Sé que es tremenda vuestra separación y no por ser muy frecuente es menos dolorosa. Me molesta a mí mucho cuando alguien comenta, a la ligera, que está de moda separarse y se hace muy alegremente, con lo que lleva consigo de sangre, sudor y lágrimas. Las personas que hablan así es porque no han vivido el deterioro de una pareja de cerca y saben poco del corazón humano. También me consta que hay personas que lo superan antes que otras, que parece que encuentran antes motivos para ilusionarse, para llenar su vida de sentido y para reorganizar su nueva manera de vivir.

Llevabais muchos años construyendo vuestro proyecto de pareja y ha tardado poco en romperse, en apearse uno de los sueños comunes y conformarse con una vida mediocre y uniformada. Es duro ver cómo te echan la culpa los que esperaban de ti un comportamiento sacrificado y abnegado, en el que te conformaras con la armonía, al precio que fuera, aunque sea el de vivir una vida gris y sin sentido, uniformada con la de otros seres humanos que sólo aspiran a vivir trabajando, comprando, redecorando su casa, corriendo y gastando las horas restantes delante del televisor. A ti te gustaba crear hogar, tener una casa abierta, tener amigos, vivir un compromiso con el entorno,  gastar algo de tu vida en mejorar el mundo, en cuidar las relaciones y la ayuda a los de alrededor. Tú no te conformabas con gastar tu existencia en llenar de caprichos al niño, ahorrar para llevarle a Euro Disney y esperar las vacaciones viviendo los días cada uno igual al anterior, sin disfrutar de lo pequeño, de lo sencillo, de vuestro amor, de las sorpresas cotidianas de la vida y de llenarla de detalles del uno hacia el otro, para hacer crecer vuestro amor y fortalecer vuestra relación.

Has de reconocer que creíste que le ibas a cambiar, que lo que él no valoraba en el noviazgo, acabaría eligiéndolo, al vivir la vida contigo… y no fue así. El no necesitaba la dosis de ilusión y novedad que tú le echas a la vida diaria. A él le bastaba con vivir en blanco y negro, sin utilizar el resto de pinturas con que Dios le dotó al llegar a este mundo, para vivir una vida de colores. Y tú pusiste color a su vida mucho tiempo… y su seriedad llegó a robarte tus colores y enfermaste de depresión varias veces, aunque nos lo quisiste disimular a todos. Y es que no sé qué demonio pasa en el noviazgo, que uno tiene una miopía total, ve las cosas como las quiere ver, en vez de cómo son, y está convencido de que luego conseguirá cambiar al otro.

A él le volvías loco con tus coloridos, le entusiasmabas la vida, se la iluminabas… pero al mismo tiempo no lo podía soportar y te rechazaba tanto como te admiraba, le gustabas tanto como le invadías, le producías envidia, rabia y humor al mismo tiempo. El caso es que todos nos emparejamos buscando en el otro lo distinto, lo opuesto, lo complementario y luego, nada más casarnos, queremos cambiarles porque, aquello por lo que les hemos elegido, lo que nos hacía gracia, nos incomoda, nos irrita, nos aleja y nos rompe el amor. Hay motivos que son pequeños y superables. Los vuestros son graves e insalvables. Lo sé por la de veces que has pedido consejo, asesoramiento, apoyo a expertos y acompañamiento en la conciliación.

 Como dice Antoine Filissiadis en el libro “Persigue tus sueños”, la mayoría de las personas vive la vida como un autómata, ignorando que vivir es un arte, que tenemos que ir inventando. Nos pasamos la vida intentando, al precio que sea, respetar las consignas acordadas. Y si el juego no nos hace felices, pues sufrimos y, en un tono fatalista, exclamamos: ¡es la vida! Y no es verdad. La vida no es para sufrir. ¡Somos artistas! Nuestra historia es una obra de arte. ¿Por qué vivirla en blanco y negro? ¡Podemos pintarla de colores añadiendo un toque de alegría, un reflejo de placer, un abanico de felicidad!

¡Tú has sido una valiente, la verdad! Te has currado la pareja y después te has trabajado mucho el romper sin causar dolor, intentando que hubiera poca sangre, poco desgarro emocional para los tres… pero no lo has conseguido. Me consta que una y otra vez te preguntas si te habrás equivocado, que si habría sido más fácil rendirte y conformarte con una vida gris, rutinaria y mediocre, antes que montar esta guerra dolorosa en la que él ha querido acabar. Tú eres una persona buena, buenísima diría yo. Y los demás te acusan de no haberte sabido “santificar con el hombre que Dios puso en tu vida”. Y esa crítica sé que te hace daño, que te cuestiona, que te duele en el alma porque es lo primero que te planteaste, lo que luchaste durante años, antes de dar el paso.

Como ya te he dicho muchas veces, una vez más os pongo a los tres ante el Señor, pidiéndole que os haga sentir su compañía y su impulso y a ti, especialmente, que te de mucha fuerza para vivir este tiempo doloroso, de rechazo familiar, de tensión al inventar esta nueva manera de vivir, de pactar los ratos del niño, de utilizar las matemáticas para programar las vacaciones, de sentirte fiscalizada, acusada, casi psicológicamente apedreada, como la adúltera del evangelio, porque no entienden tu separación no habiendo malos tratos, ni infidelidad, ni otra causa grave, simplemente por sentirte empujada a vivir como una mujer bonsái, una vida pobre, sosa, gris, rutinaria, anodina y sin ilusión. Eso la mayoría de la gente lo considera “pecata minuta” y no lo encuentra motivo para romper un matrimonio e intentar reiniciar una nueva vida de colores, sola o con alguien que como tú, sueñe con disfrutar del arcoiris de la vida.

Me imagino a Jesús a tu lado diciéndote, yo tampoco te condeno, vete en paz… y vive, y sé libre por dentro, porque ninguna de esas piedras que te tiran es justa ni pensada, sólo es un hábito social de juzgar a los otros con una ligereza nada fraterna, nada comprensiva ni compasiva. Sigue adelante, hija mía, que yo he soñado para ti, y para tu hijo, la Vida en Abundancia, que vivas divinamente, que vengas a mí cuando estés cansada y agobiada, que yo te aliviaré y empléate en el afán de cada día, siendo pobre, sencilla, trabajando por la justicia y por la paz y dejando este mundo mejor de cómo lo encontraste al llegar.

A ver si conseguimos que este duelo dure poco y sientas el impulso de Dios a vivir, día a día, a poquitos, una vida bonita, sin culpa, sin tener que agradar a todos, fallando a lo que se esperaba de ti, “oficialmente”… y construyendo tu vida, esa gran obra de arte que has empezado en contra de los que te quieren uniformar y meter por el carril oficial…Sabes que me tienes, para lo que quieras… ¡te quiero tanto!

Un abrazo Mari Patxi

Revista Humanizar

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