Martini, el cardenal que defendió a la mujer

3 Sep

“Se atrevió a abogar por el acceso de la mujer al sacerdocio consagrado. Todo un tabú en Roma.” 

“Los hombres de Iglesia tienen que pedir perdón a las mujeres”.

(J.M. Vidal – Religión Digital) Si la Iglesia católica fuese una democracia, él sería sin duda el presidente. Si en la Iglesia hubiese elecciones, Carlo María Martini ganaría de calle. Si en la Iglesia votasen los católicos, el purpurado jesuita hubiese sido Papa. Demasiado profético para ser elegido por los mayoritariamente conservadores príncipes de la Iglesia, Carlo Maria Martini nunca llegó al solio pontificio. Pero fue un Papa en la sombra. Con tanta autoridad moral (o más) que Juan Pablo II y Benedicto XVI. No fue Pedro, pero fue Pablo y Juan a la vez. Hasta su muerte, ayer, a los 85 años, tras lidiar durante los últimos 16 con el Parkinson. Con la dignidad de un auténtico enamorado del Cristo samaritano.

Alto, distinguido, nariz de patricio romano, ojos azules y palabra elocuente, parecía un cardenal arrancado del Renacimiento, aunque en realidad fue la figura más posmoderna y brillante del colegio cardenalicio. Martini, una eminencia reconocida por su conocimiento de la Biblia, nació en Orbassano, el 15 de febrero de 1927, en el seno de una familia burguesa –el padre era ingeniero-. Fue ordenado sacerdote en 1952 y comenzó una carrera fulgurante, tanto en el ámbito académico como eclesiástico. Exégeta de formación, Pablo VI lo nombró en 1969 rector del Instituto Bíblico en la prestigiosa Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde permaneció hasta 1978.

A finales de 1979, Juan Pablo II lo designó arzobispo de Milán, la diócesis más grande de Europa, que presidió durante 22 años. Convertido en cardenal en 1983, presidió el Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa desde 1986 hasta 1993. En 2000 recibió el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Dos años después cumplió su sueño de retirarse a Jerusalén. En esa fecha anunció que sufría de la enfermedad de Parkinson. Regresó a Italia en 2008, a una casa de estudios de los jesuitas, en Gallarate, en el noroeste de Milán, donde se fue, sereno y sonriente, al encuentro del Nazareno, a cuyo estudio y testimonio dedicó su vida entera.

Auténtico experto en la critica textual del Nuevo Testamento (el estudio de los papiros y códices que contienen el texto griego de los Evangelios), quizás fuese su formación erudita (tenía varios doctorados y dominaba seis idiomas, además del latín, del griego y del hebreo) la que le confería esa seguridad que despedía y contagiaba en todas sus apariciones. Los jesuitas querían nombrarle sucesor de Pedro Arrupe, pero el Papa lo designó arzobispo de Milán. Martini se compró un anillo en un puesto de baratijas y se fue a su nueva diócesis, donde se convirtió en el cardenal más respetado, querido y seguido de la Iglesia. Escribió más de cincuenta libros, muchos de ellos “best-sellers”, como el que redactó con el semiólogo Umberto Eco. O su libro testamento “Coloquios nocturnos en Jerusalén” (Editorial San Pablo).

Temido y acosado por los conservadores, que le llamaban el “antipapa” y le acusaban de ser demasiado “liberal” y “progresista”, cuando, en realidad, fue siempre un hombre profundamente espiritual, dedicado a la oración y  al estudio de la Palabra de Dios. Un cardenal abierto y dialogante, pero siempre fiel a los Papas y a la Iglesia. El genuino representante de la otra Iglesia. O de otra forma de ser Iglesia. El epígono del modelo eclesial salido del Concilio Vaticano II.

Martini quería una Iglesia “pueblo de Dios”, sin poder ni privilegios, democrática, siempre dialogante y abierta al mundo. Una Iglesia encarnada, samaritana y con una clara opción por los pobres. Una Iglesia corresponsable, con los laicos como protagonistas, con celibato opcional y sacerdocio de la mujer. La Iglesia por la que siguen suspirando los fieles.

Como los auténtico profetas, Martini nunca buscó la polémica, pero tampoco se calló y defendió este modelo de Iglesia con todas sus fuerzas y durante toda su vida. Incluso cuando los vientos de Roma soplaban hacia la involución y los ultracatólicos le tachaban de ‘hereje’. Quizás por eso se convirtió en el símbolo y la referencia de todos los católicos que en el mundo buscan y luchan por el Reino de Dios y por una Iglesia más evangélica.

La prensa inglesa le definió como el “Papa perfecto para el siglo XXI”.  Punto de referencia del catolicismo que soñó con el Concilio, querido por las bases y temido por la Curia romana, Martini fue un cardenal enamorado de Jerusalén, a la que solía definir como “la ciudad más cargada de recuerdos y de memoria religiosa de todo el mundo, la ciudad donde murió Jesús para la salvación del mundo y donde se venera su sepulcro vacío y se hace memoria de su resurrección”.

Martini, el deseado, fue siempre el ejemplo vivo de que otra Iglesia es posible. El contrapunto, primero del Papa Wojtyla y, después, del Papa Ratzinger. Juan Pablo II reconoció su valía y le nombró arzobispo de Milán, a pesar de que estaba en sus antípodas eclesiásticas. Benedicto XVI accedió al papado, porque, en 2005, el ya anciano y enfermo cardenal Martini, que entró en el cónclave apoyado en un bastón, bendijo su candidatura. Dos grandes intelectuales de la Iglesia, que siempre se mostraron profunda estima, a pesar de ser los abanderados de dos corrientes eclesiales bien diferenciadas.

El Papa le abrazó por última vez en público en el arzobispado de Milán hace apenas tres meses. Las dos columnas de la Iglesia moderna. Pedro y Pablo. “Eminencia, también yo vengo con bastón”, le dijo Benedicto XVI. Y Martini, que ya no podía hablar, le contestó con una mirada agradecida. “Seguiré rezando por él y por la Iglesia en estos momentos difíciles”, escribió a los pocos días del famoso encuentro. Ahora, desde el cielo.

Su libro-testamento

Su testamento espiritual lo escribió hace cuatro años en un libro, titulado “Coloquios nocturnos en Jerusalén” (Editorial San Pablo). Claro, directo y divulgativo. Quizás por tratarse de respuestas a las preguntas que, en nombre de los jóvenes, le plantea su amigo y compañero jesuita austriaco, Georg Sporschill. Y a los jóvenes, como bien sabe el cardenal, no les gustan los rodeos. Quieren claridad y piden audacia. Y por eso, cuando tenía 81 años y estaba ya muy enfermo de parkinson, Martini puso blanco sobre negro lo que muchos jerarcas piensan pero no se atreven a decir públicamente. “Por amor a la verdad”, como dice su lema episcopal.

Con siete capítulos, como los 7 días de la creación, y 193 páginas densas y polémicas, en las que el purpurado abordó las grandes cuestiones de la Iglesia y de nuestro tiempo a tumba abierta. Con arrojo y valentía. Como los grandes profetas del Antiguo Testamento a los que tanto admiraba y cuya estela siguió de cerca en la ciudad santa. La ciudad en la que las piedras conservan los ecos de Isaías o Jeremías. Un libro para reforzar el mito Martini.

Hoja de ruta para la Iglesia del siglo XXI

Sin nada que perder y sólo fiel a su conciencia, Martini diseña en el libro la que a su juicio debería ser la hoja de ruta de la Iglesia actual. Para que mire al futuro sin angustia, pero con coraje. Su idea fuerza: “La Iglesia debe tener el valor de reformarse”. La consigna suena a desafío en una Iglesia que vive el apogeo de una de las épocas más antirreformistas de su historia reciente. Pero huele a anhelo esperanzado de millones de católicos en todo el mundo. ¿Anti-Papa? “En todo caso, seré un ‘ante-Papa’, alguien que se adelanta al Santo Padre como colaborador suyo y trabaja para él”, explica.

“La Iglesia necesita reformas internas. La fuerza de la renovación tiene que venir desde dentro”, asegura el cardenal. Hasta se atreve a poner de ejemplo a Martín Lutero, “el gran reformador” y recuerda que, no hace mucho, “la Iglesia católica se dejó inspirar por las reformas de Lutero en el Concilio Vaticano II”.

La Iglesia actual tiene “miedo” y, si Jesús regresara, “lucharía con los actuales responsables de la Iglesia” y “les recordaría que no deben estar encerrados sobre sí mismos, sino mirar más allá de la propia institución”. La Iglesia actual tiene que soñar, como sueña el cardenal “con una Iglesia que recorre su camino en la pobreza y en la humildad, con una Iglesia que no depende de los poderes de este mundo”, con una Iglesia “que diera çanimos, en especial a los que se sienten pequeños o pecadores”, con “una iglesia joven”.

Y el cardenal sigue desgranando las cualidades de “su” Iglesia. Y paunta siempre a donde más le duela a la institución. “Una Iglesia sencilla, con menos burocracia”. Un Iglesia que vuelva al Concilio, porque “existe la tendencia de apartarse del Concilio” por parte de algunos obispops que “están tentado de regresar a los buenos viejos tiempos”.

Y como todo profeta que combina la denuncia y el anuncio, Martini propone reformas concretas. Por supuesto, sin tocar al dogma. Primero, reformas en la estructura. Quiere una Iglesia más colegial y con unos obispos que dejen de estar “atrincherados”. Y con el altar, abierto a los curas casados y a las mujeres. “No todos los que están llamados al sacerdocio tiene el carisma del celibato”. Y pide a la Iglesia “inventiva”. Po rejemplo, “discutir la posibilidad de ordenar a viri probati, es decir a hombres experimentados y probados en la fe y en el trato con los demás”.

Y hasta se atreve a abogar por el acceso de la mujer al sacerdocio consagrado. Todo un tabú en Roma. Cuenta, a propósito que, ya en 1990 visitó al entonces arzobispo de Canterbury, George Carey, para “darle ánimos a la hora de asumir ese riesgo, algo que podría ayudarnos también a nosotros a ser más justos con las mujeres”. Más aún, a Martini no le duelen prendas a la hora de reconocer que, por eso y por otras muchas cosas, “los hombres de Iglesia tienen que pedir perdón a las mujeres”.

Una sexualidad “sana y humana”.

Amén de las reformas estructurales, Martini preconiza cambios doctrinales. Sobre todo en el ámbito de la moral sexual. En busca de una sexualidad que no esté “reservada al confesonario y al ámbito de la culpa”. Un sexualidad “sana y humana” o “una nueva cultura que promueva la ternura y la fidelidad”.

Algo a lo que no contribuye la Humanae Vitae, la célebre encíclica de Pablo VI que fijó la doctrina sobre la sexualidad de la Iglesia. “La encíclica es en parte culpable de que muchos ya no tomen en serio a la Iglesia como interlocutora o como maestra”. Una encíclica por la que “muchas personas se han alejado de la Iglesia”. Por eso, pide al Papa que, para “recuperar la credibilidad”, “puede escribir una nueva (encíclica) e ir en ella más lejos”.

Reconoce, asimismo, con sentido del humor, que por defender la utilización del preservativo, como mal menor, en la lucha contra el Sida, en Brasil le llaman el “cardenal da camisinha”, es decir el cardenal del preservativo. O el cardenal que comprende las relaciones prematrimoniales. “Ningún obispo ignora hoy que se da la cercanía corporal  antes del matrimonio. Los jóvenes salen de vacaciones y duermen juntos en una misma habitación. A nadie se le ocurriría o cultarlo o plantear problemas al respecto”.

Martini infringe otro tabú eclesial al “bendecir” incluso la homosexualidad. “En mi círculo de conocidos hay parejas homosexuales…nunca se ma habría ocurrido condenarlas”. Y añade, “en la Iglesia hemos de reprocharnos que, a menudo, hemos sido insensibles en el trato con la homosexualidad”.

Y ciertos cambios también en la doctrina de los novísimos. Por ejemplo, dice que no puede imaginarse “cómo pueden estar junto a Dios Hitler o un asesino que ha abusado de niños”. Aún así, asegura que “existe el infierno, sólo que nadie sabe si hay alguien en él”, porque, al final “el amor de Dios es más fuerte”. Y para los grandes pecadores está el purgatorio, donde “son sometidos a terapia hasta que se abren y pueden recibir el amor de Dios”.

Los consejos de un sabio

El Martini místico e intelectual ofrece, al atardecer de su vida, una serie de consejos vitales y espirituales. Con la humildad del que reconoce incluso sus “dudas de fe”. “Reñí con Dios, porque no podía comprender porqué hizo sufrir a su Hijo en la cruz” y porque “cuando contemple el mal en el mundo me quedo sin aliento y entiendo a los hombres qu ellegan a la conclusión de que Dios no existe”.

Y del que abre su alma sin complejos. Para declararse un enamorado de la justicia, “el atributo fundamental de Dios”. Y pone nombre incluso a sus personajes bíblicos preferidos, que van desde María Magdalena (“un modelo de creyente, porque ama hasta el exceso”) a Jesús de Nazaret. Para él, “lo característico de Jesús es el amor a los enemigos” o poner la otra mejilla, es decir “sorpende a tu enemigo y fíjate qué pasa”.

Partidario del coraje y de arriesgar, porque “donde hay conflicto arde el fuego” y, porque, además, “la vida me ha demostrado que Dios es bueno”. Un Dios al que siente “en las estrellas, en el amor, en la música, en la literatura y en la palabra de la Biblia”

Y no tiene empacho en declararse admirador del Dalai Lama o de Ghandi.

Algunos de sus consejos: “Todo lo bueno puede ser objeto de abuso, hasta lo más excelso”. O “hay que paorender a regalar dicha a otras personas”. O “el asombro puede llevar a Dios”.

José Manuel Vidal

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