La persona discapacitada, Dios y la Iglesia

29 Ago

“La persona discapacitada está especialmente expuesta a estos grandes vacíos personales y sociales. Nadie como él/ella experimenta el desgarro de la indefensión y de la soledad. Nadie es tan sensible a la presencia amistosa, al compromiso personal, a la vivencia de alianza y fidelidad, el amigo fiel será el gran regalo.”

(Ignacio Segura Madico) Nada más dramático para un ser humano que sentirse excluido o experimentar que su vida no es causa de alegría, sino más bien una carga, una desilusión, ya que no ha podido llenar tantas expectativas como se habían puesto en él/ella. El inconsciente de todo hombre/mujer, por discapacitado que sea, capta a la perfección este mundo de los matices afectivos donde en realidad se juega el verdadero reconocimiento e integración de la persona humana. Quien sufre algún tipo de discapacidad capta mejor que nadie quién lo reconoce, quién lo integra, y quién lo quiere.

La persona discapacitada además de sentir que su vida es reconocida en toda su realidad, tiene derecho a vivir la experiencia de sentirse acogida y mirada tiernamente por Dios Padre y experimentar así la seguridad de que no es un ser advenedizo, ni un extraño, ni un usurpador de ilusiones y de gozos ajenos, sino más bien que su estar en el mundo, su vivir que le es propio y personalísimo, es un gozo para personas muy concretas, es un gozo para Dios mismo.

Sin duda, el discapacitado está especialmente expuesto a estos grandes vacíos personales y sociales. Nadie como él experimenta el desgarro de la indefensión y de la soledad. Nadie es tan sensible a la presencia amistosa, al compromiso personal, a la vivencia de alianza y fidelidad, el amigo fiel será el gran regalo. Es fácil entender que toda atención humana y espiritual que no ofrezca respuesta a estas zonas profundas del discapacitado, es quedarse en la superficialidad sin llegar a esos espacios donde se fragua verdaderamente la felicidad del hombre. Pueden cambiar las formas de hacer educativas y pastorales, puede llevarse al límite la normalización y, sin embargo, seguir siendo la persona discapacitada tan infeliz como siempre, porque no se ha sentido reconocido y acompañado en lo más radical de su ser y de su existencia.

El discapacitado tiene derecho a descubrir y experimentar en su vida que Dios se hace su compañero de camino, que se compromete con su vida y hace alianza con él (GS, 12). Nadie podrá arrebatarle este derecho personalísimo de poder gozar de su compañía amorosa y de la posibilidad de vivir en la confianza y la fidelidad.

Ignacio Segura Madico

Vicepresidente de FIDACA y CECO

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