Jesús y los excluídos

27 Ago

María von Doren

“A todas y todos, las y los marginados de la periferia, Jesús les dio el mismo respeto, la misma consideración.”

Para tener una guía, un modelo de actuar… no debemos buscar lejos, solamente hay que tomar el Evangelio mismo en nuestras manos, y reflexionar sobre ‘Jesús’, ejemplo por excelencia del ser humano, y sobre el ‘Cristo’, el ungido, que vino a salvar a todas y todos. Su obra de salvación no era tanto quitar los pecados y ajustar la deuda que la humanidad tiene supuestamente con Dios, sino holísticamente hacer a las mujeres y a los hombres más completos, más integrales, ‘seres humanos’ óptimos, como Dios quiere que sus criaturas sean, ‘a su imagen y semejanza, hombre y mujer’. El sueño de Dios se quedó desde el origen de la creación: tener un mundo más justo, de igualdad, que viva en paz y fraternidad/sororidad… y este es el proyecto de Jesús, por el cual Él vino a la Tierra y por el cual dio su vida, y al cual nos invita, a todas y todos. Este es el tan famoso ‘Reino’, y con este proyecto estamos comprometidos/as todos/as los/as cristianos/as, y los y las religiosas por su compromiso libre.

Jesús nació no tan pobre como nos gusta presentarlo, pero en una familia sencilla, viviendo en un ambiente austero, no entre los intelectuales, optando por una vida como ‘rabino itinerante’… lo que le facilitó elegir al pueblo sencillo…

Jesús se mezcló con la gente pobre, no excluyó a los pecadores, ni les condenó, ni creó leyes y normas para discriminarlos como hemos hecho tanto en la institución eclesial, hasta tarifar los pecados… Jesús no hizo diferencia entre sectores sociales cuando invitó a la multitud a sentarse en la llanura, promoviendo comida para todas y todos…

Jesús tomó a la mujer en serio… dejando que lo tocaran sin correr con urgencia a limpiarse, porque era impura y ni tenía que hablar con ella en público… ¡Tomó agua en Samaria, de una mujer!, no condenó a la pecadora cuando los importantes y poderosos de la comunidad judía la querían juzgar, dejó ungirse por ellas, una vez por una penitente, otra vez por una de sus amigas poco antes de irse a su muerte.

Las  incluyó  entre sus discípulos, dándoles el mismo reconocimiento y lugar como a sus hombres seguidores… y se les apareció primero después de su resurrección, mandándolas como convocadoras a los hombres que se escondieron por miedo. Jesús reconoció los derechos de los niños, metiéndolos en medio del grupo, pequeños que no tenían derechos en la sociedad judía, quitando así la arbitrariedad de los papás (¡los padres!), que tenían legalmente el derecho en su sociedad de hacer con ellas/os lo que les pareciera para su beneficio: matarlas/os o no, venderlas/os o no…

A todas y todos, las y los marginados de la periferia, Jesús les dio el mismo respeto, la misma consideración.

Por nuestro bautismo somos llamadas y llamados, todas y todos, a integrarnos en la comunidad cristiana… Por nuestra vocación religiosa, hombres y mujeres, optamos libremente de seguir de más cerca a Jesús.

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