Junia, Apóstol ilustre

25 Ago

Emma Martínez Ocaña

“Ser apóstol es llamada vinculada al bautismo, requiere capacidad de acoger la palabra de Jesús en la cabeza, en el corazón, en las entrañas y dejar que se haga verdad en nuestra vida. Sólo así podremos testificar con nuestro cuerpo el seguimiento de Jesús.”

(Fe Adulta) Soy Junia apóstol. Quizás te sorprenda hasta mi nombre, pues durante siglos he estado oculta bajo un nombre masculino: Junias. Aún hay hoy traducciones de la Biblia que ocultan mi identidad.

¿Cuál es el motivo por el que me la han negado?

Pablo, en su carta a los Romanos, me nombra junto a mi compañero Andrónico y dice de nosotros: “Parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles, que se entregaron a Cristo antes que yo” (Rom16, 7).

El título de apóstol que Pablo nos reconoce, ahí en los orígenes del cristianismo, era inconcebible aplicado a una mujer, por tanto decidieron añadir una “s” y transformar mi nombre latino Junia, nombre femenino muy frecuente y atestiguado como tal, en un nombre masculino Junias o incluso convertir mi nombre en un diminutivo del nombre de varón “Junianus”.

Hasta hace muy poco nadie ha denunciado éste robo de mi identidad y de la proclamación del título de apóstol a mi, una mujer muy próxima a Jesús.

No te olvides que, situarme creyente en Jesús antes que Pablo, es remontarse a la comunidad de Palestina en los años 30-32, tal como el famoso exégeta Lohfink nos reconoce .

“Apóstoles”, para Pablo, eran los que habían sido enviados oficialmente por una comunidad (2Co 8,23; Flp 2,25) o por el mismo Resucitado (2Co 9, 1; 15,7).

Pablo recuerda que Jesús resucitado se apareció no solo a los amigos y amigas más íntimas y a los “apóstoles oficiales” sino a “más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales la mayoría de ellos viven” (1Co 15,6).

Ya son varios los/as exégetas que hoy nos reconocen perteneciendo al grupo de apóstoles enviados por el mismo Resucitado y formando parte de los y las misioneros/as judeo-cristianos/as del círculo de los apóstoles de Jerusalén.

A esa comunidad primitiva pertenecimos.

Huimos de Jerusalén después del martirio de Esteban, como otros hermanos y parejas cristianas. Así nos convertimos en misioneros/as ambulantes, apóstoles, profetas…

Andrónico y yo sufrimos persecución y cárcel por nuestra fe en Jesús y allí coincidimos con Pablo. Fue entonces cuando nos conocimos y, después de salir de ella, tuvimos un lugar importante en la iglesia de Roma junto a otras parejas como la de Prisca y Aquila e innumerables mujeres.

Esta historia nuestra, en especial esta historia mía, es desestabilizadora y pone en cuestión muchas de las afirmaciones que se han venido haciendo sobre nosotras las mujeres y nuestro papel en la Iglesia primitiva.

Como ya has sabido y seguirás descubriendo, por las comunicaciones de mis compañeras de fatigas cristianas, hemos sido: fundadoras de Iglesias domésticas, predicadoras y misioneras, diáconos, patronas, ministros y apóstoles como Pablo y Bernabé.

Si hoy la Iglesia institucional es honesta con la realidad tiene que reconocer que estos datos rompen con la “tradición” de que sólo los hombres podían tener estos títulos. Un matrimonio, Andrónico y yo Junia, somos reconocidos como “ilustres entre los apóstoles” en los orígenes mismos del cristianismo.

Ser nombrados apóstoles por Pablo supone el reconocimiento de nuestro papel de liderazgo en momentos muy cercanos a Jesús de Nazaret.

Empleamos toda nuestra inteligencia para acoger y comprender su mensaje y trasmitirlo con la máxima fidelidad posible. Ese ser testigo de Jesús y su Reino es lo esencial de nuestra misión de apóstoles.

Ser apóstol es llamada vinculada al bautismo, requiere capacidad de acoger la palabra de Jesús en la cabeza, en el corazón, en las entrañas y dejar que se haga verdad en nuestra vida. Sólo así podremos testificar con nuestro cuerpo el seguimiento de Jesús.

¿Vives tú así tu vocación bautismal?

A vivir así vuestro bautismo os animamos a todos/as, pero de un modo especial a las mujeres: a abrir vuestras mentes a la novedad desconcertante del mensaje de Jesús, a asumir el trastrueque profundo de valores y modos de ver y situarse en la realidad que él proponía a sus seguidores/as para que también vosotras podáis seguir viviendo en la Iglesia de Jesús como apóstoles en vuestro mundo, tal como nosotros/as lo fuimos en el nuestro.

Por eso ¡no os desaniméis ante las constantes negativas a permitiros ejercer funciones de liderazgo en la Iglesia actual y ante las negaciones de la realidad! ¡La verdad termina triunfando antes o después! Ya van siendo muchos los investigadores femeninos y masculinos que van desescombrando la Biblia de los escombros patriarcales, para que pueda relucir la palabra revelada de Dios, a través de Jesús, para quién nunca hubo “esclavos ni libres, hombres ni mujeres” sino hijos e hijas, hermanos y hermanas de un único Dios Madre-Padre.

¡No perdáis la esperanza! ¡Seguid luchando!

Y, sobre todo, seguid siendo apóstoles de la Buena Noticia de Jesús, una Noticia que vuestro mundo necesita y anhela.

Junia, apóstol de la Iglesia de Jesús.

 

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