Jesús vino para salvar al hombre, no para dar culto a Dios

16 Ago

“El hombre es el templo vivo de Dios: al hombre es al que tenemos que servir y adorar todo los días. Tenemos millares y millones de templos humanos pidiendo por las calles, en las puertas de la iglesias y supermercados, al lado de los contenedores de basura, en las cárceles, en los barrancos del Tercer Mundo, en los suburbios de las capitales de los países pobres, en los cafetales de Colombia o Guatemala, en las minas de coltán en el Congo, en los slums de la India, rebuscando entre la basura de los basureros…”

(Fe Adulta) Jesús se hizo hombre de verdad. Jesús era humano. Tan humano era que la gente lo ve solo como humano: tiene padre y madre. Es más, con frecuencia Jesús se llama a si mismo Hijo del hombre. Se hizo hombre para liberar y salvar la realidad concreta de todos y cada uno de los seres humanos. Jesús no vino a este mundo por la causa de Dios, sino por la causa del hombre. Y claro que bajó del cielo, precisamente por la causa del hombre, por nosotros los hombres. No es Dios sino el hombre, el que necesita de la humanidad de Jesús. Con frecuencia a nosotros nos preocupa mucho Dios: darle culto, respetarlo, adorarlo, incluso ofrecerle sacrificios, repararle el daño que le causamos con el pecado, etc. Pero todo eso no es así, porque:

o A Dios no le hace falta el culto del hombre para nada. Es Dios: lo tiene todo, no le falta nada, es la plenitud total. Pero en el hombre le falta mucho, a veces le falta todo, como en los muertos de hambre, los empobrecidos, explotados, desahuciados, abusados, envilecidos, violentados, extorsionados, pisoteados en su dignidad… En esos desgraciados seres humanos, ahí es donde tenemos que cuidarlo, defenderlo y cultivar la dignidad de su vida. Ahí le está haciendo falta mucho culto (cultivo) a Dios.

o A Dios le trae completamente sin cuidado que lo respetemos o no: está totalmente por encima de nosotros, lo trasciende todo. En el hombre es donde necesita Dios respeto, todo el respeto. Pero cuando nos matamos como en Siria, cuando expulsamos a los inmigrantes, cuando somos racistas, cuando estrujamos a los pobres y amnistiamos a los ricos, como se está haciendo ahora en España, ahí no hay nada de respeto a Dios en el hombre.

o A Dios para nada le sirve que lo adoremos, ni le hacen falta templos para ir allí a adorarlo: solo le preocupa la autenticidad, el espíritu y la verdad del hombre. El hombre es el templo vivo de Dios: al hombre es al que tenemos que servir y adorar todo los días. Tenemos millares y millones de templos humanos pidiendo por las calles, en las puertas de la iglesias y supermercados, al lado de los contenedores de basura, en las cárceles, en los barrancos del Tercer Mundo, en los suburbios de las capitales de los países pobres, en los cafetales de Colombia o Guatemala, en las minas de coltán en el Congo, en los slums de la India, rebuscando entre la basura de los basureros… Hay templos y más templos vivos donde se necesita mucha adoración, no en las iglesias lujosas, no en las catedrales, no en las basílicas vaticanas, no en las ceremonias catedralicias…, porque son piedras muertas. Piedras vivas del verdadero templo de Dios son los seres humanos: en ellos y por causa de ellos es donde Dios quiere ser adorado. La preocupación de Dios es el hombre, y no que el hombre se preocupe de Dios, y sí que el hombre se preocupe del hombre. Dios es la meta y el destino de todos y de todo para la plenitud.

o A Dios ni le preocupan, ni le interesan, ni quiere para nada los sacrificios del hombre: incluso los rechaza, no quiere ni verlos. A Dios si le interesan y mucho los sacrificados por las injusticias, por el hambre, por el frío, por la explotación laboral, por el sufrimiento injusto, por las muertes prematuras e indignas, por los encerrados entre barrotes. Dios, lejos de sacrificios, lo que quiere es alegría verdadera, vida, felicidad, amor, satisfacción, esperanza, ganas de vivir felizmente, de todos con todos como hermanos e hijos suyos: solo vale sacrificarse por estos grandes valores, los mismos por los que lo hizo Jesús.

o A Dios ni le causamos, ni le reparamos, ni necesita que le reparemos daño alguno. Si así fuera, ¿qué diosecillo sería ese? Diosecillos tenemos bastantes en este mundo, pues adoramos el dinero, la droga, la presunción, los lujos, los coches, los mitos mercantiles y mediáticos, las modas, la exclusividad para presumir de tener lo que otros no tienen… Queremos ser más que los demás, y casi siempre a costa de los demás: es el sistema de sociedad del neoliberalismo capitalista. Con todo eso causamos mucho daño al hombre. Al hombre es al que tenemos que repararle los muchos y enormes daños que le causamos, y sobre todo le causan los grandes poderes económicos y algunos políticos de este mundo. En tantas víctimas es donde Dios necesita y debe ser reparado, para que dejen de victimados.

Jesús dice: “yo soy el pan de vida”. Comer este pan es asumir íntegramente todos los hechos y las palabras de Jesús para perpetuarlos en nuestra propia historia. El es el pan vivo, porque vivir como El, es vivir y dar vida: así lo hizo El. Darnos y dar vida eso es Jesús: eso tenemos que ser nosotros. Es así como viviremos para siempre, porque el valor de esa vida irá siempre con nosotros. La carne de Jesús es la persona de Jesús con sus hechos y su mensaje. En la medida que nos acercamos al ser humano para humanizarlo en esa misma medida nos acercamos a Jesús, presente en él. No hay posibilidad de comunión con Jesús sin comunión con el hermano, porque ahí está El presente. Acercarse a la Comunión de la mesa del Altar es para acercarse a la Comunión del Altar del hermano. Las dos son inseparables. Las dos son una misma mesa. Las dos son para dar vida al mundo. Las dos son para vivir para siempre.

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