María espera cantando

7 Ago

Gloria Ladislao

“María, mujer judía de una aldea pobre de Galilea, elige para expresarse una canción que evoca a otras mujeres que, como ella, fueron personas claves en la historia de la salvación.”

Después del anuncio del ángel Gabriel, María va a visitar a su pariente Isabel. Frente a ella,  y como profecía para toda la humanidad, María canta el Magnificat, su alabanza a Dios.

Miriam, profetisa cantora

María de Nazaret lleva el nombre de la hermana de Moisés, Miriam en hebreo. Miriam era una jovencita cuando su mamá se vio obligada a dejar al pequeño Moisés en una cesta en el río. Miriam se quedó mirando y vio como la hija de Faraón lo recogía. Hablando con la hija de Faraón, consiguió que el pequeño fuera criado por su propia madre (Ex 2). Esta joven esclava hebrea sabia y arriesgada es la mujer que años más tarde, cuando el pueblo fue liberado de la esclavitud, dirigió la liturgia de alabanza a Dios por la salvación.

Entonces Miriam, la profetisa, que era hermana de Aarón, tomó en sus manos un tamboril, y todas las mujeres iban detrás de ella, con tamboriles y formando coros de baile. 
 Y Miriam repetía: 

“Canten a Yavé, que se ha cubierto de gloria: 
él hundió en el mar los caballos y los carros”. (Ex 15, 20-21)

 

Cuando los padres de María de Nazaret eligieron este nombre para ella, la estaban haciendo partícipe de esta tradición viva de mujeres de fe que cantan y bailan para alabar a Dios, y que son profetisas, porque anuncian la Buena Noticia a su pueblo. ¡Cuántas veces sus papás le habrán contado a María la historia de Miriam! ¡Cómo habrán meditado juntos sobre esta joven que se jugó en defensa de la vida de su hermano, que actuó con astucia y sabiduría, y que fue líder y animadora del pueblo liberado de la esclavitud! Y María, que sabía guardar las cosas de Dios en el corazón, creció en el espíritu de la profecía y la alabanza reconociendo la obra de Dios en ella y en todo el pueblo.

Mujeres que cantan

Las funciones de las mujeres en la vida religiosa judía del siglo I eran bastante limitadas. Asistían a la sinagoga pero no participaban de la lectura ni el comentario de la Torá, y en el Templo permanecían en el atrio, mientras los varones ingresaban para asistir a la realización de los sacrificios. Estas limitaciones provocaron que tomaran gran relevancia otros espacios donde las mujeres sí podían expresarse y participar. Entre  esos espacios estaban  las peregrinaciones hacia el Templo. En aquellas ocasiones, evocando a Miriam, las mujeres cantaban y bailaban. ¡Cómo habrá disfrutado María esos momentos! Junto a familiares y vecinas, llenas del Espíritu, cantarían y danzarían mientras se acercaban a la ciudad santa de Jerusalén. 
María, como joven judía, vivió su fe así, cantando y bailando. Por eso no es extraño que, ante el paso de Dios en su vida, María se ponga a cantar.

El Magnificat

Mi alma canta la grandeza del Señor, 
 y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, 
 porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. 

En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, 
porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo! 

Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen. 

 Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los soberbios de corazón. 

 Derribó a los poderosos de su trono
y elevó a los humildes. 

Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías. 

 Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia, 

 como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham y de su descendencia para siempre. 
(Lc 1, 46-55)

María canta la obra de Dios en ella y en todo el pueblo. Ellá está en la verdadera humildad, que es reconocer lo que Dios ha obrado en su persona. Y con este canto ella también proclama su identidad y su pertenencia al pueblo de Israel, con quien Dios está cumpliendo sus promesas.

Como profetisa, ella mira el pasado, discierne el presente y anuncia el futuro. Mira el pasado, en el cual resalta la obra de Dios a favor de los débiles y los pobres del pueblo. Discierne el presente, porque sabe que el Salvador ya viene en ella. Y anuncia el futuro. No sólo porque habla de sí misma como aquella a la que todos llamaremos feliz, bienaventurada, sino también porque su canto es un anticipo de las bienaventuranzas que Jesús proclamará como síntesis del Reino de Dios.

Dios viene a reinar y para eso pone las cosas en su lugar. Y las personas en su lugar. Para que Dios reine, los poderosos serán bajados de sus tronos, porque sólo Dios merece ese sitio. Porque Dios reina, los hambrientos son satisfechos y los humildes levantados. Y María puede cantar todo esto porque lo ha experimentado en ella misma, una jovencita judía de una pobre aldea perdida, a la que Dios miró con amor.

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