Sentir hambre impulsa a buscar alimento…

18 Jul

MAGDALENA BENNASAR 

“Es en la Palabra donde también y sobre todo está el alimento, la fuerza, el sentido que puede animar a nuestras comunidades. La Palabra leída, reflexionada, orada y vivida, día a día, durante la semana, como desayuno-alimento que nutre y fortifica a la persona y, como consecuencia, a la comunidad.”

Hace pocos días que regresamos de un cursillo de verano sobre “Las Comidas del Camino”, un acercamiento a la Eucaristía desde diferentes ángulos. En el grupo -casi desde el primer día hasta el último- se manifestaron dos maneras casi opuestas de entender y concebir la Escritura, la Cristología, la Eclesiología y sus implicaciones.

Sentir hambre nos hace buscar alimento. Sentir hambre de Eucaristías vividas y sentidas en comunidades que desean algo más, hace que la mente y el corazón se pongan en alerta. Más aún si tienes que ofrecer una reflexión seria sobre ello durante una semana a gente que se apunta porque busca respuestas, porque tiene hambre, porque no quiere tirar la toalla. 

Yo, sinceramente, no creo que la solución esté en hacer más animada la celebración semanal o misa. Aunque ésta fuera animada, o la homilía interesante… hay  hoy una asignatura pendiente en muchas de nuestras parroquias: la animación de la comunidad. Si la comunidad está animada, la celebración semanal será más vivida y sentida, aunque el rito en sí no responda al lenguaje del mundo de hoy.

La tesis que me atrevo a plantear, desde un aula de verano, desde una reflexión entre amigas y hermanos de comunidades diversas, sin afán de tener razón, tan solo tratando de abrir espacios para la reflexión y el diálogo es esta: hemos puesto demasiado acento en la liturgia de la Eucaristía, dejando la liturgia de la Palabra en un segundo plano.

El tema de necesitar un ordenado para consagrar el pan, y el pan consagrado en sí, han sido objeto de devoción y adoración; y siguen siéndolo, aunque para muchos desde otra manera y modo de aproximarnos hoy a ello. Sin quitarle ni un ápice de importancia a esta parte de la celebración, me gustaría levantar el zoom y enfocar a la primera parte de la celebración: la liturgia de la Palabra.

De nuevo, sin afán de nada más que una reflexión, me atrevo a afirmar que es en la Palabra donde también y sobre todo está el alimento, la fuerza, el sentido que puede animar a nuestras comunidades. La Palabra leída, reflexionada, orada y vivida, día a día, durante la semana, como desayuno-alimento que nutre y fortifica a la persona y como consecuencia a la comunidad.

Para trabajar la Palabra y con la Palabra durante la semana, no necesitamos de nadie más que de la Santa Ruah que nos guíe y nos abra los ojos del corazón para ver y entender al estilo de Jesús de Nazaret. Para trabajar la Palabra y con la Palabra durante la semana no necesitamos más que saber leer y querer abrirnos a ser discípulas en un mundo que dice: “¿qué?”.

Para trabajar la Palabra y con la Palabra no necesitamos más que querer escuchar al Dios vivo que habita en nosotras y nos habla en el silencio y en silencio al silencio habitado de nuestra vida cotidiana, normal y buscadora.

Esa Palabra es de lo que se nutría Jesús y todos los y las que le seguían. No sabemos si ellos seguían participando de la enseñanza de la Palabra en la Sinagoga, como judíos, y luego pasaron muchas, muchas horas escuchando al Maestro y dejándose acoger por él y acogiéndole a él y a los que él acogía y recogía en el camino.

Es como la persona humana: necesitamos comer todos los días. Y también necesitamos celebrar con la familia, con los amigos. Si todos los días nutrimos nuestra vida con esa Palabra que enfoca, da sentido, orienta nuestros compromisos, es normal y casi inevitable que el fin de semana, deseemos y necesitemos estar y compartir la Eucaristía con la comunidad a la que pertenecemos, que es como la familia propia, no puedes cambiarla, tiene sus cosas pero es tu comunidad. 

A nuestras celebraciones no sólo le falta lo que siempre decimos (que posiblemente es verdad y no voy a repetir porque levanta ampollas) sino también personas hospitalarias, que acojan con su presencia y saber estar, a los que llegan medio sin querer llegar o que se quieren ir sin haber llegado.

La sonrisa, la presencia, la calidad de escucha y participación en tantos momentos de la vida de la comunidad. Funerales, bautizos, con las bodas no me meto, pero tantos otros momentos en la catequesis, en los encuentros para novios o de preparación para el Bautismo… Ahí vienen nuestros jóvenes adultos, llamando a una puerta… ¿Qué decimos, qué ofrecemos, a qué invitamos…?

 Se necesitan muchas mentes y corazones orantes para descubrir las necesidades de aquellas que se acercan como sin acercarse. Si yo, que les acojo estoy como ellos, medio ausente, se pasará el momento y no me daré cuenta.

“Estoy a tu puerta y llamo, si alguno me abre,

          Entraré, cenaré con ella y ella conmigo.” (Apoc. 3,20)

 

La hospitalidad es obligación en los desiertos porque le va la vida al que viene pidiendo acogida. Yo veo a ese nivel la urgencia de la hospitalidad en nuestras comunidades, le va la vida, la vida de fe, a la que se acerca. Si me encuentran despierta y preparada abriré la puerta y le ofreceré, de alguna manera, la cena del Maestro. Eso sí, si yo la tengo preparada.

Esa Palabra, esa Palabra tal vez, sólo tal vez, sea un posible camino para animar la comunidad y así sentir la Eucaristía. A pesar de las diferentes maneras de entender las cosas importantes, nos tenemos que sentar en la misma mesa, tenemos que convivir con la diversidad. Así es la Eucaristía.

 

 

 

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