JUDIT: resistencia popular

11 Jul

Carmiña Navía Velasco

“Judit tiene conciencia clara de su ser de mujer: actúa desde él, plantea su relación con Dios y con el pueblo desde su situación femenina, evoca —con sus palabras— a varias mujeres del Antiguo Testamento. Igualmente ella se ubica intencionalmente del lado de los débiles y los humildes, garantizando que tienen para ellos la protección de Dios”.

Al leer el libro de Judit, nos encontramos con un relato interesante y muy bien construido. Se trata de una narración que tiene «alientos épicos», es una historia que quiere fundamentalmente hablarnos de la resistencia de un pueblo ante los atropellos del opresor. Judit —otra vez una mujer— encabeza, anima y lleva adelante esta resistencia. Su escritura está hoy en día bastante ubicada: al interior del proceso de helenización que vive el mundo antiguo el reinado de Antíoco IV Epifanes (175-164 a.C.) supuso para el mundo hebreo un auténtico desastre moral. Este rey (representado en el texto como Nabucodonosor) rompe la tradición, según la cual Alejandro Magno y sus sucesores respetarían la cultura y la religión israelita permitiendo a los judíos vivir —bajo su dominio económico y político— con sus costumbres propias y su religión. Antíoco IV decide imponer a Jerusalén costumbres y dioses extranjeros y esa imposición se va a realizar por medios represivos y violentos; el pueblo se encuentra desanimado y sin muchas posibilidades de oponer resistencia.

La historia de Judit, se inscribe en este contexto: se trata de motivar, alentar y sostener la resistencia. El libro actúa como una fuerza moral que plantea a los judíos (oponerse y resistir es posible).

El texto es claro en cuanto al protagonismo definitivo de una mujer. El ejército invasor es tan poderoso que Nabucodonosor se considera a sí mismo por encima de cualquier dios. El ejército avanza y rodea al pueblo impidiéndole cualquier posibilidad de acción. Los jefes de Israel intentan resistir, «hasta que un buen día todos, jóvenes, mujeres y niños se amotinaron contra Ozías y los jefes de la ciudad … Que Dios sea nuestro juez; porque nos han causado un prejuicio grave al no quiere negociar la paz con los asirios. Ahora ya no hay quien nos ayude. Dios nos ha vendido a los asirios para que sucumbamos ante ellos… Llámenlos y entreguen la ciudad entera al pillaje de todo el ejército de Holofernes. Nos tiene más cuenta que nos saqueen, seremos sus esclavos, pero salvaremos la vida y no veremos con nuestros ojos morir a nuestros niños ni expirar a nuestras mujeres y nuestros hijos» (Judit 7, 23ss).

La situación ha llegado a los límites, ya no hay voluntad para luchar: todo se considera perdido. Es entonces cuando Judit entra en acción, liderando la resistencia. Judit: mujer viuda, sola, sin hombres … actúa con una independencia y autoridad extraordinaria: no va donde los jefes del pueblo, los llama a su casa para exponerles su plan. Si bien es cierto, que les pide autorización, es ella quien decide la estrategia y los pasos a seguir con absoluta libertad: «el Señor socorrerá a Israel por mi medio. Pero no intenten averiguar lo que voy a hacer, porque no se lo diré hasta que lo cumpla».

De la misma manera que Ester, Judit tiene plena conciencia del riesgo de su acción e invoca el auxilio del Señor, en una oración muy bella que abarca todo el capítulo 9. ¿Cuáles son las características del Dios al que invoca esta mujer?

En primer lugar, se ubica en la tradición, una tradición remota y antigua, el Dios de los antepasados. Pero no invoca —como comúnmente se hace— al Dios de Abraham; evoca la memoria del «Dios de Simeón», al que caracteriza como vengador de Dina … Es decir: evoca la memoria femenina.

En segundo lugar invoca el poder de Dios: Dios poderoso, creador, Dios que concede victorias y derrotas. Le pide que acabe con la fuerza del ejército enemigo y le conceda a ella —una mujer— el triunfo. Nos encontramos otra vez con Dios guerrero del Exodo y de Débora.

Judit muestra una conciencia muy clara de su propio actuar. Es ese actuar de mujer lo que le pide a Dios que valide: «ayuda a esta viuda a realizar la hazaña que ha pensado… por mi lengua seductora hiere a esclavos con amos… quebranta su arrogancia a manos de una mujer». Esta insistencia de oponer la fuerza desmedida, con el triunfo de una mujer, nos recuerda a Débora.

En cuarto lugar, recupera también la memoria de Ana: «eres Dios de los humildes, socorredor de los pequeños, protector de los débiles, defensor de los desanimados, salvador de los desesperados».

Es interesante anotar que se inscribe en el paradigma inaugurado por Ana, pero lo complementa, situando la acción de Dios más allá de lo material: en el espíritu. Se encuentra ante una situación de derrota moral en el pueblo, por ello descubre un Dios que «anima a los desanimados» (desvalidos, traduce la Biblia de Jerusalén).

Finalmente invoca al Dios de las Tribus de Israel, como el único Dios, instándolo a que actúe de manera que el pueblo lo experimente.

Judit realiza su acción liberadora. En la noche, en el campamento enemigo, mata a Holofernes. En esta acción se presenta muy clara la oposición actuante en el postexilio: «Templo» vs. «Casa». Esta oposición16, juega en el texto: Los ancianos, los jefes y sacerdotes no pueden hacer nada, ni devolver al pueblo su fuerza … Judit, una mujer, en una acción que planifica desde su casa, en colaboración con su criada —otra mujer—, y con armas «femeninas»: su seducción y su belleza realiza esa misión y sale triunfante.

En el capítulo 16, final del libro, Judit vuelve a tomar la palabra para exaltar la memoria de Yahvé y para animar al pueblo. Como Miriam en el desierto, anima una danza festiva con panderos y platillos. Algo significativo es que invoca se refiere a Dios en estos términos: «El Señor es un Dios que pone fin a la guerra…« Esto, después de que al iniciar su batalla lo ha invocado como guerrero… nos presenta una visión diferente: La guerra, únicamente como un camino hacia el restablecimiento de los equilibrios, hacia la paz. Insiste en el hecho de que la acción se realizó por manos de una mujer; un buen trecho del canto de acción de gracias, Judit pone en relación el contraste: Débiles / Fuertes …

Este canto final, se convierte en una proclama hacia adelante: El pueblo tiene que reorganizarse y seguirse construyendo… y aquí nos encontramos con la recuperación de una cierta corriente profética:

«Poco valen los sacrificios de olor agradable,

y nada la grasa de los holocaustos…

¡Ay de los pueblos que atacan a mi raza!

El Señor omnipotente se vengará de ellos

el día de la sentencia…»

El libro termina dando testimonio en el sentido de que la memoria de Judit, se mantuvo muy alta y valorada en el pueblo.

Con esta protagonista nos encontramos ante un personaje maduro y acabado. Judit tiene conciencia clara de su ser de mujer: actúa desde él, plantea su relación con Dios y con el pueblo desde su situación femenina, evoca —con sus palabras— a varias mujeres del Antiguo Testamento. Igualmente ella se ubica intencionalmente del lado de los débiles y los humildes, garantizando que tienen para ellos la protección de Dios.

Extractad0 de: “El Dios que nos revelan las mujeres”

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