Un puñadito de levadura

17 Jun

Dolores Aleixandre rscj

“Hay que echar muy poca levadura porque, aunque sea tan pequeña, tiene mucha fuerza y puede ella sola con toda la masa. Pero hay que tener mucha paciencia, y no empeñarse en que crezca la masa enseguida, porque lo hace a su manera y no a la nuestra…”

Nací en esta aldea de Nazaret hace más de 80 años, aquí me casé y aquí nacieron mis hijos. Cuando dejé la casa de mis padres para irme a vivir a la de mi marido, mis nuevos vecinos fueron José el carpintero, su mujer María y Jesús, su hijo, que entonces debía tener unos 8 años.

A María la conocía de siempre, de encontrármela casi a diario en el camino hacia la fuente: era una muchacha siempre dispuesta a llevarte el cántaro si te adivinaba fatigada, siempre reacia a participar en los cuchicheos y murmuraciones de los vecinos, y que encontraba siempre cosas buenas en las personas de las que se hablaba. Ella misma había sido en un momento la comidilla del pueblo, cuando nos enteramos de que esperaba un hijo estando aún sólo desposada con José y, durante su embarazo, debió sufrir mucho al ver cómo los corrillos de mujeres se hacía un silencio cuando aparecía ella,  y cómo apenas contestábamos a su saludo. Ella llenaba su cántaro sin decir nada, y se alejaba después, con la soledad y el silencio como única escolta.

El tiempo había pasado, ya nadie recordaba aquella vieja historia, y me alegré de tenerla por vecina y de poder comenzar con ella una nueva relación: yo le llevaba a veces leche de oveja del rebaño de mi marido, y ella me pasaba virutas y maderas del taller de José para encender mi horno. Su hijo jugaba con los míos y juntos se sentaban en corro en torno a María cuando al atardecer, a la puerta de la casa, les contaba viejas historias de nuestro pueblo, mientras remendaba la túnica gastada de José, o trataba de arreglar los rotos que Jesús se había hecho al trepar al limonero de mi patio.

Un día tuvieron que marcharse los dos a un duelo en el pueblo de al lado, y me pidieron que me quedara con el niño porque era demasiado camino para él. Aquel día me tocaba amasar el pan para toda la semana, y le pedí que me ayudara: debía ser la primera vez que lo hacía, porque miraba con enorme atención, como quien está asistiendo a una ceremonia importante. Le dejé amasar un rato, y le vi disfrutar hundiendo sus manos torpemente en la masa y sintiendo cómo se le pegaba a los dedos. Le pedí que me trajera la levadura de la despensa y vino con un trozo enorme. Me eché a reír y le dije: -“¡Con esto podría fermentar el pan de más de cien familias…! Mira, sólo hace falta este poquito para toda esta masa”. El mismo la mezcló con cuidado, y yo la cubrí después con un lienzo limpio para dejarla reposar.

Salió a jugar al patio pero, de vez en cuando, dejaba el juego, entraba en la casa y levantaba un esquina del lienzo para ver si ya había crecido.-“¿No estará ya, Juana?”, me preguntó cien veces. Le expliqué que a la levadura hay que darle tiempo para que haga su trabajo, que no hay que tener prisa ni impacientarse, sino confiar en la fuerza secreta que hay en ella, capaz de levantar la masa, aunque parezca imposible.

Mis palabras debieron convencerle, porque no volvió a entrar en la despensa hasta que le pedí que me ayudara a dar forma a los panes y meterlos en el horno. – “Mira Juana, éste es como un pez del lago…, y éste lo estoy haciendo como si fuera la luna…, y este es como una estrella…”

Los comimos aún calientes con un cuenco de leche recién ordeñada, y así nos encontraron María y José a su vuelta. Se sentaron a la mesa con nosotros, y Jesús les contó con toda clase de detalles su aprendizaje de panadero: – “Hay que echar muy poca levadura porque, aunque sea tan pequeña, tiene mucha fuerza y puede ella sola con toda la masa. Pero hay que tener mucha paciencia, y no empeñarse en que crezca la masa enseguida, porque lo hace a su manera y no a la nuestra…”

Aprender de la levadura

A partir de ese día, volvía de vez en cuando a ayudarme, antes de empezar a trabajar con José en el taller, hasta que éste murió. Luego eligió aquella extraña vida itinerante, y sólo volví a verlo el día en que volvió a Nazaret,  y explicó en la sinagoga un texto profético causando mucho revuelo, tanto que estuvieron a punto de empujarlo por el despeñadero.

Como imaginé el disgusto que debía tener su madre, entré en su casa para consolarla un poco: los encontré a los dos sentados a la mesa, y como me invitaron a sentarme, aproveché para intentar convencer a Jesús de lo equivocado de su camino:

-“¿No te das cuenta, Jesús, de que tú y tus amigos no vais a poder arreglar las cosas? Porque es verdad que andan mal, que la gente no se acuerda de Dios nada más que para pedirle cosas, que unos nos machacan la vida con su obsesión por las leyes, otros nos sacan los dineros a fuerza de impuestos, y otros lo quieren arreglar todo con revueltas y violencia. Y está muy bien todo lo de ese Reino del que tú hablas, pero tienes que darte cuenta de la poca fuerza que tenéis, de lo pocos que sois y de lo inútil que os va a resultar meteros en líos…”

-“¡Ay Juana, Juana!”- me contestó él, – “Parece mentira que me digas estas cosas precisamente tú, que me enseñaste eso de que la levadura  puede levantar la masa, aunque sea muy poquita, y que hay en ella una fuerza escondida por debajo de sus apariencias de pequeñez… Y justo eso es lo que pasa con el Reino: que ya está aquí en medio de nosotros, fermentando la masa aunque no nos demos cuenta, y hay que ser pacientes y esperar…”

Aquel día no entendí del todo sus palabras, pero también ellas debieron hacer en mí un trabajo de transformación: después de muchos años y aunque soy ya muy vieja, me he unido al grupo de los que confiesan a Jesús como Señor y parten el pan cada domingo para recordarle. Y voy aprendiendo, con ellos, a estar en medio del  mundo como esa pizca de levadura con la que El solía comparar el Reino.

Tiempo para la palabra

“Les contó otra parábola: “El Reino de Dios se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. Es más menudo que las demás semillas pero, cuando crece, es más alto que otras hortalizas; se hace un árbol, vienen los pájaros y anidan en sus ramas.

Les contó otra parábola: El Reino de Dios se parece a la levadura: una mujer la toma, la mezcla con tres medidas de masa, hasta que todo fermenta” (Mt 13,31-33)
“Guardaos de la levadura del pan de los fariseos, y de la de Herodes” (Mc 8,15)
“Nuestro Cordero pascual fue inmolado, que es Cristo. Así que hagamos fiesta, no con levadura vieja, ni con levadura de malicia y perversidad, sino con ácimos de pureza y de verdad” (1 Cor 5, 7-8)

Tiempo para otras palabras

Un signo de ruptura radical.  “La levadura de los fariseos es ese elemento que cierra, divide e incapacita para comer juntos. En cambio, el discípulo y la Iglesia que representa, deben ser levadura de fraternidad abierta y universal. Salida de Egipto sin retorno, como lo sugiere la presencia en la pascua de pan sin levadura. La levadura es elemento que subraya la continuidad, un pedazo de la masa de hoy fermenta la de mañana, y así sucesivamente. Al no tener levadura, se trata de una masa nueva en ruptura radical con el pasado, como lo sugiere Pablo a los de Corinto. La comunidad cristiana es masa nueva y fermento del Reino que comienza. Toda Eucaristía implica esa exigencia de ruptura y de comienzo, es decir, de paso, de pascua.” (M.DIAZ MATEOS) 1

Levadura pascual. Nos envías a ser un signo pequeño, una pizca de Reino entre tus dedos, diminuta levadura entre la harina, aroma de futuro entre el olor a cosecha del trigo molido.
La levadura se disuelve entre las manos cálidas de la mujer ágil que sabe dispersarla por toda la harina. Queda tapada la masa con un lienzo blanco, y en el silencio de la noche, mientras todos duermen, fermenta y crece desde el fondo de la vasija de madera y la colma hasta los bordes.
Después, que nadie pregunte por ella en el sabor familiar del pan caliente que se reparte crujiente al salir del horno entre los invitados. Puñado de levadura, pequeña comunidad viva en el charco de la miseria inmóvil, calmante compartido en la noche del dolor, sonrisa sin salario, maestra de escuela con sueldo de miseria, grito perdido, profeta de periferia en el ruido ciudadano.
Levadura pascual que fermenta en el misterio la masa que la devora. (B.GZ.BUELTA) 2

Tiempo para orar

Prepárate para pasar un día en Nazaret. Lee la narración “Un puñadito de levadura”, y pide a Jesús aprender junto a él lo que quiere enseñarnos en sus parábolas sobre la fuerza escondida de la pequeñez, cuando se abandona sin miedo entre las manos de Dios. Pide también que se abran tus ojos para descubrir los signos de vida y  crecimiento que existen a tu alrededor.
Siéntete tú también una pizca de levadura llena de una fuerza secreta y que puedes elegir dónde ponerla:  o al servicio de la disgregación, de la división y de las apariencias (es la “levadura de los fariseos”), o a favor de la comunión, de la reciprocidad y el intercambio para hacer crecer todo lo bueno que encuentras en torno a ti y para crear relaciones personales, en medio de la masificación que sepulta en el anonimato y la despersonalización a tanta gente.
Escucha la conversación de Jesús con su vecina Juana y déjate convencer por sus argumentos…

Tiempo para compartir y celebrar la fe

Con niños. Con un poco de creatividad para resolver los “problemas técnicos”, se podría hacer masa de pan con el grupo de niños, para que puedan hundir las manos en la harina, esperar el tiempo del fermento, y amasar para formar el pan. Si luego asisten a la Eucaristía, aunque aún no participen en ella, podrían al final compartir el pan  amasado, como se hace en la Iglesia ortodoxa. Y esto es verdadera comunión para ellos, aunque aún no sea el pan del sacramento.
También se puede dialogar con ellos sobre lo que nos enseña la levadura, e inventar entre todos un cuento en que la protagonista fuera “Doña Levadura” y contara sus experiencia. Con jóvenes y adultos. Leer el texto que sigue, y comentar cómo va nuestra capacidad de contemplar los signos de crecimiento del Reino que se dan a nuestro alrededor, aunque sean tan imperceptibles como la mostaza, o tan lentos como los periodos de fermentación. “En esta noche de Navidad, podemos abrazar sin miedo toda la realidad de nuestro mundo, ofreciendo a la vez el ruido ensordecedor de todos los actos de destrucción, de violencia o de odio que agitan el mundo, y el imperceptible rumor de los innumerables gestos de amor, de vida compartida, de don de sí, seguras de que nuestro mundo está salvado. Entonces, en el silencio del corazón de Dios, contemplaremos maravilladas cómo acontece esta fantástica transformación en la que todo el poder de salvación que contienen esos gestos de amor, se libera y envuelve el mundo con un manto invisible, como una bálsamo vivificante derramado sobre sus heridas. Y nuestros labios susurrarán: “Mundo, feliz Navidad…” (Felicitación de Navidad de las Htas. de Jesús. Roma 1996).

  1. El sacramento del pan, Lima 1996, p.174
  2. Salmos en las orillas  de la cultura y del misterio, Santo Domingo 1993, p.78

 

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