Santa Brígida de Suecia (s. XIV)

14 Jun

Una profetisa que puede servirnos de inspiración para denunciar los males de nuestro tiempo

Santa Brígida prestó su voz a los que sufrían para que pudieran expresarse:

“Tú, oh Dios, juez justo, juzga a nuestros reyes y mira cómo se derrama nuestra sangre y escucha las tristezas y los llantos de nuestras mujeres y niños. Atiende a nuestra hambre y a nuestra desgracia, séante patentes nuestras heridas y nuestras prisiones, fíjate en el incendio y el saqueo de nuestras casas, en la violación de nuestras doncellas y nuestras esposas… [Los príncipes y los reyes] no se alteran si ven morir a millares de hombres, con tal de que ellos tengan ancho espacio para su desmedida arrogancia”

Santa Brígida vivió en el siglo XIV y alcanzó los setenta años de edad. Fue profetisa y afirmó estar investida de autoridad religiosa. Hablaba en nombre de Cristo. En una época en que las leyes restringían la autoridad de las mujeres, pretendió poseer una autoridad mayor que la de cualquier varón de su entorno. Recibía visiones e iluminaciones religiosas y supo eludir las prohibiciones de su tiempo, en que se permitía a las mujeres instruir en privado a aotras personas, incluso varones, pero no dar lecciones o predicar en público. Empezó a recibir sus revelaciones un año después de la muerte de su esposo.

Hablaba de política y de la situación de la Iglesia, incluso se atrevió a criticar a la jerarquía. Según algunos de sus lectores, no cayó en las trampas de su tiempo, como culpar a los judíos o a las mujeres de las calamidades de aquella época de dolor. No censuró ni a las víctimas ni a los inocentes, sino que cargó el mal a cuenta de los fuertes y los influyentes, es decir, de los que habían sido hechos responsable o que ellos mismos habían asumido responsabilidades. De ahí que todavía tenga algo importante que decir a nuestra época: exigid responsabilidades allá donde alguien debe ser responsable.

 Santa Brígida presta su voz a los que sufren para que se expresen:

“Tú, oh Dios, juez justo, juzga a nuestros reyes y mira cómo se derrama nuestra sangre y escucha las tristezas y los llantos de nuestras mujeres y niños. Atiende a nuestra hambre y a nuestra desgracia, séante patentes nuestras heridas y nuestras prisiones, fíjate en el incendio y el saqueo de nuestras casas, en la violación de nuestras doncellas y nuestras esposas… [Los príncipes y los reyes ] no se alteran si ven morir a millares de hombres, con tal de que ellos tengan ancho espacio para su desmedida arrogancia”

Nótese que, en este contexto, santa Brígida llama nada menos que a una revolución social. De lo que no cabe duda es de que su visión radical está inspirada por su fe cristiana, que la impulsa a desbordar su propia posición privilegiada de aristócrata. La fe la lleva más allá de su propio círculo. Puede que sea ésta una de las principales razones de que el pueblo amara a Brígida y la invocara en demanda de ayuda y la recordara durante generaciones.

Aquí estamos nosotras, seiscientos años después. Nos ha costado seis siglos crear los foros internaciones en que se tome finalmente la violación de las mujeres en la guerra tan en serio como la tomaba santa Brígida en su argumento judicial. Verdaderamente era profetisa y puede servirnos de inspiración para denunciar por su nombre los males de nuestro tiempo. 

Para vigilar que nadie culpe a las víctimas y a quienes las acompañan en su dolor del estado en que se halla nuestro mundo. Para exigir responsabilidades según la medida de influencia y poder de cada cual. Y, en ocasiones, para dejar que nuestra fe nos impulse más allá de las limitaciones y perspectivas que hemos heredado, como un pozo de solidaridad y hermandad.  

(Extractado de “Reclamar nuestra tradición oculta: la voz y la visión proféticas de las mujeres” por Anna Karin Hammar en “Europa con ojos de mujer. Primer Sínodo Europeo de Mujeres”, 1996)                                

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