Entrevista a Felisa Elizondo

14 Jun

 “Las mujeres en la Iglesia reclaman otro reconocimiento”

Por J. Manuel Vidal en Religión Digital

Felisa Elizondo“En la Iglesia del futuro cambiará el modo de ejercer el presbiterado y el episcopado”

“El sacerdocio femenino es un tema que está frenado, pero no cerrado del todo”

“En todos los movimientos feministas ha habido estridencias, pero quizá algunas hemos podido ser más pausadas porque otras han gritado”

 (José Manuel Vidal)- Felisa Ezondo es una mujer excepcional, aunque sea también muy humilde y sencilla. Teresiana y profesora de antropología teológica en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid (ISPM) y en la Universidad San Dámaso.

Se jubila, pero está jubilosa de jubilarse, y seguirá dedicándose a escribir sus artículos y sus libros. Un faro de ternura y cordura en nuestra Iglesia.

No te prestas demasiado a esto de las entrevistas.

No soy muy televisiva, ni en mi figura ni en mi estilo. Me he dedicado a enseñar, pero lo que he hecho ha sido, sobre todo, aprender.

Tu última lectio fue el pasado 24, con mucha laudatio.

Creo que una laudatio excesiva, pero me la explico por el cariño. No quiero quitarle honradez a la capacidad de juicio y buen tino de Juan Martín Velasco, que fue quien me recibió, y en cuyo equipo de profesores he trabajado veinte y tantos años.

¿Más de 20 años en el Instituto Superior de Pastoral?

Sí, y los mismos en el grupo de la tarde de la facultad de San Dámaso, frecuentado sobre todo por laicos, y algún seminarista.

Fuiste una de las primeras mujeres que empezó a estudiar teología en serio en el Angelicum de Roma, y que se preparó para dar clases de teología.

Sí. No sé si antes hubo alguien inscrita en algún curso, pero yo en el Angelicum, desde luego, estuve sola durante los estudios. Entré en octubre del famoso 68. Yo iba de la Universidad de Barcelona, donde ya la protesta por el régimen español se notaba. Pero al llegar a Roma me encontré con otro clima completamente distinto: era una Roma post-conciliar que hervía. A modo de anécdota, yo atravesaba Piazza Venecia entre hilera de hippies pasivos, nórdicos. Ese mismo año fue el aplastamiento de la Primavera de Praga, y esto a los estudiantes nos conmovía. Las manifestaciones eran contra la invasión de Checoslovaquia. El Partido Comunista Italiano se empezaba a desligar del partido de Moscú, y también nacían grupúsculos de izquierda a la izquierda del partido comunista. Todo este hervidero de la ciudad de Roma también repercutía en las pontificias. Yo vivía en contacto con profesoras de liceos civiles, y eso también me daba el clima de la ciudad de Roma.

¿O sea que viviste el momento de ilusión post-conciliar y de irrupción de la mujer?

Sí. Yo entré porque el Concilio había ya abierto la puerta. Me recibió (con un poco de extrañeza, pero positivamente) un dominico francés, que en un primer momento pensó que iba a matricular a mi hermano. Nos entendimos como pudimos, y me hizo la inscripción. Empecé a ir a clase, donde todavía algunos profesores explicaban las clases en latín eclesiástico (aunque ya se estaba empezando a usar el italiano). Pero tengo que decir que, en general, la experiencia fue grata, hicieron lo posible por aceptar lo nuevo.

Eras la única mujer, ¿entre cuántos hombres?

En el curso unos 20. En todo el Angelicum, centenares. Además, en aquellos años había comunicación con la Gregoriana, que era vecina. Mis compañeros se quitaban la sotana y hasta el clergyman, y vestían anoraks. Se notaba el clima post-Vaticano II, sobre todo en la renovación de las materias, porque algunos profesores confesaban que estaban aggiornando los apuntes.

¿Un clima en el que, según dicen algunos, nos hemos pasado?

Yo no tengo esa experiencia. Lo que me extraña es esa especie de freno, que nunca he visto escrito, a que las mujeres asistamos a las clases de la mañana de los seminarios. Algún decano me aseguró que había esas normas, pero no escritas. A mí eso me extraña, porque yo tengo una experiencia muy positiva.

¿Todavía hoy una mujer no puede asistir a las clases de teología de un seminario?

En algún sitio las han restringido. En otros han encontrado la manera de que sea posible. La restricción nunca se ha hecho total, pero sé que en algún caso les ha afectado. Algunas mujeres que han sido admitidas en las facultades, pero que en los seminarios han sido frenadas. Y nunca he entendido por qué.

¿En qué te especializaste al terminar Teología?

Una tesis sobre la experiencia, conocer por experiencia, de Santo Tomás. Tardé un poco en presentarla porque alterné con otros trabajos, de asesoría cultural y educativa en la institución teresiana. Luego empecé a enseñar en la San Dámaso, y en el ISPM, a partir del año 88.

¿Hasta hoy?

¡Fíjate los cientos de clases que habré dado!

En el Instituto te encontraste con las grandes “vacas sagradas” de la aplicación del Concilio en España.

Sí: Maldonado, Casiano… ellos tenían muy presente que tenían que hacer una pastoral renovadora, que llevase adelante las pautas del Concilio. Yo intenté hacer lo posible por hacer de mi enseñanza una tutoría con mis alumnos, una enseñanza en que se intenta comunicar, con un lenguaje comprensible y actual. He intentado comunicar los grandes temas de la fe y de la antropología cristiana de una manera comprensible para ellos, pero que pasara también por mi comprensión. Porque uno también tiene que hacer una cierta actualización de su comprensión.

¿Rigor y capacidad divulgativa?

Sí, para ayudarles a ellos a usar las palabras menos inadecuadas.

¿Sin vosotros, sin toda la gente de la que estamos hablando, el Concilio no se habría aplicado en España como se aplicó?

Ellos y mucha gente más. Se hicieron proyectos en facultades de Barcelona, en Granada… Vitoria no se puede olvidar tampoco. Los grupos que trabajaron en la Pastoral hicieron un intento de llevar adelante, de renovar y de hacer fecunda la teoría. Y fue un esfuerzo muy notable.

¿Fueron tan herejes como algunos dicen?

Eso decían de los teólogos de Juan XXIII, sí, pero de los que yo he conocido (Caffarena y Julio Lois, por ejemplo) no puedo decir más que eran gente dialogante, suave, que no presumían de su opción (en ciertos acentos teológicos)… Yo herejes no he encontrado. A lo mejor es que soy un poco miope, no lo sé. Pero sólo he encontrado temperamentos distintos. El otro día, en mi despedida, me decían que qué distinta soy (siendo navarra) de Jesús Burgaleta y de Floristán, que son navarros de la ribera. Yo siempre le decía: “Casiano, tienes las cosas muy divididas en partes”, y él me contestaba, “Claro, ¡es que tú eres montañesa!”. Yo he aprendido en Italia que los grises son importantes (no los grises guardias de la porra, sino el gris de los matices). Y no es ambigüedad. Los españoles, en general, somos más propensos a la polarización. Pero no se puede dividir así, a rajatabla. Yo ese aprendizaje lo hice pasando de España a la Italia de complejos gobiernos y alianzas de aquellos años. Las cosas no son tan tajantes.

Coincidirías también con Cañizares, el cardenal.

Sí. Él era quien coordinaba los cursos de la tarde, que en Madrid han tenido su propio dinamismo. Sé que ha habido problemas, pero yo no los he tenido. He mantenido siempre una gran libertad.

¿Nunca te sentiste presionada?

No. Posiblemente porque tampoco hemos removido tanto el fondo del río. Pero, desde luego, yo no he variado en absoluto las convicciones a la hora de enseñar a los alumnos que se especializan en Teología Pastoral o a los laicos. Porque estoy convencida de que no hay una teología para laicos. La teología es para todos. Igual que no hay una teología para hombres y otra para mujeres.

Sin embargo, a nivel eclesial cuesta mucho no hacer distingos.

Cuesta sobre todo valorar a la gente que tiene otra proveniencia, que a lo mejor no tiene una preparación tan estricta, pero sí otra comprensión. Cuando una chica que ha estudiado arquitectura, o alguien que ha estudiado una carrera técnica, escucha nuestro pobre mensaje sobre qué piensa el cristianismo del ser humano, ¿quién puede medir quién tiene mayor preparación? Para ciertos trabajos sí, pero para otros no. El diálogo es rico.

¿Te duele el papel que los laicos siguen jugando hoy (un poco segundón), después de haber pensado -con el Concilio- en la corresponsabilidad y ese tipo de cosas?

Durante años he llevado un seminario sobre el laicado en la Iglesia, estudiando desde los orígenes y la historia del pasado, que ayuda a comprender el hoy. Y siempre decía sobre la famosa frase “es la hora de los laicos”, que es una hora demasiado larga. Dura años.

Es un tema que me parece pendiente. Pero tengo que ser honrada: no es un problema sólo de tics clericales (que los hay, y habría que corregirlos); pero no son sólo ese acaparar y tener miedo de la colaboración todos los problemas. Yo he conocido mucha gente en los cursos a la que, por ejemplo, un cambio de párroco, había dejado fuera, con toda su buena voluntad de echar una mano en la Iglesia. Todo eso existe, pero hay un problema que quizá es más de fondo: y es que la secularización, la crisis de la fe, este invierno y esta sombra, ha afectado también a los laicos. Es decir, no tenemos ese laicado vibrante que vivió también entusiasmado el post-concilio. Porque los laicos también están cambiando, como la sociedad.

¿Qué hacer para recuperar esa ilusión? Hablamos de Nueva Evangelización, pero me da la sensación de que después, a la hora de la praxis real en las parroquias, todo eso se queda en mensajes que no aterrizan.

Sí. Primero, a mí me parece que lo elemental es no olvidar el Concilio. Yo era jovencísima. Recibí el Concilio con la información que nos daba el fenomenal Martín Descalzo. Íbamos a oírle a la Universidad de Barcelona, que en aquellos momentos era la más tendente a ser secularizada. Por las materias que yo he explicado, por ejemplo de antropología, la Gaudium et Spes habla del mundo que vendrá con una escatología que hace que los alumnos reconozcan que nada de eso lo tenían cerca. Lo primordial es no olvidar esos grandes textos, que yo tengo por verdad y belleza. Leídos en alto suenan formidable. Luego, por otra parte, me parece que en la Iglesia necesitamos instaurar una conversación entre todos. Una conversación franca, sincera, en que presbíteros, laicos, obispos y adolescentes tomen parte de alguna manera. Una conversación en la que se comuniquen los problemas y se intenten soluciones. Yo tengo experiencias de laicos que se han asomado a encuentros de presbíteros, en nuestro mismo Instituto, y han dicho “Nunca habíamos oído hablar con esta sinceridad de sus dificultades, de su voluntad de cambiar, de lo que les puede su temperamento, de lo que se han podido equivocar…”. Y han salido robustecidos. En definitiva, hace falta esa conversación, a la que los periodistas le pondréis otro nombre.

¿Un Estado General o una Asamblea General del Pueblo de Dios?

Sí. Sencillamente que tú y yo, y otro y otro que nos encontremos en una celebración, nos reconozcamos cristianos.

¿En este momento ves a la Iglesia española muy separada, muy dicotomizada? ¿No hay puentes entre las distintas sensibilidades?

Sí me gustaría que hubiera más encuentro, porque creo que nos entenderíamos.

¿Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa?

Sin duda ninguna. Hay desconocimiento. No niego que también puede haber malentendidos, incluso suspicacia. Pero sobre todo hay desconocimiento. Como lo ha habido en la historia de la relación de hombres y mujeres. Las generalizaciones vienen de ahí, de que hemos vivido vidas muy a parte, muy separadas. Nos hemos encontrado en los matrimonios, en las relaciones… pero en la cultura nos hemos encontrado poco. En el cristianismo igual. Y ahí, en qué piensan unos y otros, encontraríamos la diversidad y la riqueza.

¿Nos llevaríamos la sorpresa de que estamos más cerca de lo que nos imaginamos?

Ya lo creo. Yo no soy una forofa de ciertas cosas vaticanas pero, cuando se ve en la Plaza de San Pedro gente tan distinta, desde las monjas con hábitos polacos, el hippie del pelo largo y la señora que va con su rosario o la americana que lleva la máquina al hombro y shorts, me emociono, y pienso en el credo. Me digo: “¡Qué milagro que esto lo estemos diciendo juntos!”.

Tú fuiste siempre una mujer feminista moderada, nada estridente. ¿Cómo vives en este momento la situación de la mujer en la Iglesia? ¿Sigue clamando al cielo?

Yo suelo decirlo con dos palabras muy sencillas: las mujeres en la Iglesia reclaman otro reconocimiento y otra confianza. Que eso de traduzca en lo que tenga que irse traduciendo. Pero desde luego que hace falta rescatar la aportación de las mujeres a la experiencia cristiana, textos, afirmaciones… No ya de santas conocidas, sino de mujeres cristianas que han aportado cosas espléndidas. Eso es hacer justicia en la historia. Y otra confianza porque, cuando a las personas se les da confianza, crecen, dan de sí. El otro día leía un texto del 1800 y pico, de la mujer que creó la Sociedad Feminista Franco-belga, que no conocía a penas. Y decía, en el lenguaje de la época: “Todas aquellas mujeres que han trabajado por la promoción de las mujeres han contribuido a la afirmación del Reino”. Eso tiene que ser reconocido. En todos los movimientos feministas ha habido estridencias, pero quizá algunas hemos podido ser más pausadas porque otras han gritado.

Si ese reconocimiento fuera a todos los niveles, ¿debería plasmarse incluso en las estructuras eclesiásticas, en algún momento?

Yo creo que sí. Se irá adhiriendo.

¿Se va haciendo ya, poco a poco? En Roma hay alguna subsecretaria, por ejemplo

Sí, pero es más importante que las mujeres vayamos viendo afirmaciones en distintos campos. Y que se reconozcan. Que no haya discriminación entre la valía de una mujer en la Iglesia o en otro campo. Una señora, fundadora de otro movimiento feminista en Francia, me decía que el feminismo eran pequeñas embarcaciones que se echaban a la mar. Yo suelo decir que la entrada de las mujeres en la teología (y no olvidemos que las católicas hemos entrado después del Vaticano II, salvo alguna que entró por la vía indirecta, por la especialización en lenguas para ayudar en los textos de la Escritura) fue también como un grupo de pequeñas embarcaciones que siguen en ruta, pero sabiendo que hay un trasatlántico poblado por varones que ha tenido siglos para navegar.

¿O sea que también hay que reconocer esa situación de facto?

Exacto.

Y luego, ¿que se den pasos?

Creo que se están dando. Para nosotras resultan incomprensibles ciertos cierres demasiado rápidos. Se tiene que hacer toda una maduración, porque en la tradición de la Iglesia ha habido mucha ausencia de las mujeres (ausencia oficial, no en el trabajo). Las mujeres han estado en la diaconía de la caridad y en la transmisión de la fe. Hay un precioso libro que se llama “La religión de mi madre” (refiriéndose al cristianismo), que documenta maravillosamente la labor de las mujeres en la transmisión de la fe.

De hecho, algo que se está viendo hoy que está fallando en la transmisión de la fe es precisamente la transmisión materna. ¿Ya no hacen esa labor las madres y las abuelas?

Efectivamente. Creo que la afirmación puede ir por los dos lados. No me cierro en absoluto a que haya sacerdocio femenino, cuando el conjunto de la Iglesia considere que el tema está ya maduro. Es un tema que está frenado, pero no cerrado del todo.

¿Dogmáticamente no está cerrado?

No conozco ningún teólogo, ni por supuesto ninguna teóloga, que haya dicho que eso es inamovible. Otra cosa es que haya una prudencia eclesial, un cálculo de los tiempos… y la prudencia suele tener también una cierta dosis de audacia. Es un tema que nuestro sucesores verán abierto.

¿La situación de la mujer en la Iglesia chirría más en este momento, donde en cualquier otro ámbito tiene ya carta de naturaleza? En la política, por ejemplo, es evidente el cambio que ha habido en pocos años. ¿No se está quedando la Iglesia un poco atrás? ¿Os tendremos que pedir perdón en poco tiempo?

Las imágenes que se dan en la prensa y en la televisión sobre la Iglesia son dominantemente masculinas, cuando la visión amplia de la Iglesia tendría que dar más rostros femeninos.

¿Tienes esperanza respecto a eso?

Yo sí creo, porque la verdad es testaruda. El Guadiana también va bajo tierra, y aparece. También cambiará el modo de ejercer el presbiterado y el episcopado en la Iglesia del futuro. ¿Será una Iglesia más sinodal, en el sentido del Vaticano II? Las figuras siempre tendrán su función, porque naturalmente tienen su justificación. Pero el modo de ejercer las tareas de unidad en la comunidad irá cambiando.

Como creyente de a pie, ¿cómo vives lo que está pasando en Roma en la actualidad?

Me duele. Me parece tan vil tomar documentos privados, violar la correspondencia, que, sea cual sea el afectado, no sé a qué se debe. Se suelen montar muchas oscuras tramas, que producen libros, películas y versiones rocambolescas. Yo tengo respeto por la figura del Papa Ratzinger, aunque he leído opiniones distintas. Los que le han conocido de cerca confirman la figura enormemente sencilla que vi yo, atravesando la Plaza del Vaticano con un paraguas y una boina, solo y sin cohorte. Dicen que es un hombre extraordinariamente humilde.

¿Y no da la sensación de que debería ser más alemán en estos momentos? ¿Más enérgico? ¿No sale muy dañada la imagen de la institución de este tipo de sucesos?

Yo viví un momento de una gran humillación de imagen en este sentido, cuando murió el Papa Juan Pablo I. Aquello fue un mazazo: le eligieron, elogiaron su sencillez, su voz del norte… Y murió. Recuerdo que llovía en la Plaza de San Pedro. Era terrible la impresión de tristeza. Al mes de haberlo elegido. No era nada glorioso ese funeral. Entonces salió un patriarca de oriente, con sus capas y sus barbas, y dijo: “Católicos, os quiero consolar”. Y a mí me gustó tanto necesitar del consuelo de la Iglesia ortodoxa…
Hay actos de autoridad que deben hacerse, y decisiones que deben evitar ciertas timideces. Pero a mí no me importa que la Iglesia no sea tan potente o tan brillante.

¿La fuerza de la humildad?

Sí, y de la autenticidad. Cuando Pablo VI iba a San Giovanni Laterano a la celebración del Viernes Santo, y se despojaba de todo y se echaba al suelo a adorar la cruz, a mí aquella imagen me gustaba muchísimo: sin tiara, sin nada.

¿Piensa, como el cardenal Martini, que “los Judas” siempre estuvieron presentes en la historia de la institución, y que hay que hacerle frente con la fuerza de Dios?

Sí. Lo haya hecho quien lo haya hecho, me parece muy vil ganar dinero con esas cosas. Por supuesto, si hay algún procedimiento injusto en la economía, que la justicia entre. Pero no me parece que ése sea el camino para sanear la Iglesia.

¿Qué te parece el tema del IBI y la Iglesia?

De problemas jurídicos no sé nada, pero pienso que la Iglesia puede acogerse a lo que está acordado: que los edificios de culto están exentos, así como los que tienen una utilización benéfico-docente. En el resto, que no son de utilidad social, en los que no se presta un servicio, me parece legítimo que paguen el impuesto. Pero creo que la inmensa mayoría son de ese otro tipo. En justicia, si hay alguien que puede ser considerado igual que su vecino, no tiene por qué no pagar, aunque su alcance comercial sea mínimo. Que entre la justicia.

¿Qué nos está pasando para que volvamos a los viejos esquemas clericales y anticlericales? ¿La imagen de la institución está por los suelos? ¿Cómo ganar otra vez la credibilidad social?

Hay un libro de Laboa que se llama “De la intolerancia a la Guerra Civil”, pequeñito e interesante, que explica cómo se polarizaron las cosas antes del Concilio. Es verdad que hubo factores en los que los católicos tendrían que haber sido más acertados. Por ejemplo, en ver las desigualdades sociales, la incomodidad y la furia que crean. Pero pronto cayeron en una intolerancia de tipo religioso: los unos por no entender que si la Iglesia estaba al lado de la burguesía, había que examinar esa situación; y también los otros, con su anticlericalismo furioso. Era imposible que se entendieran así. Ya sabemos cuál fue el resultado.
Ahora tendríamos que hacer un intento de hablar con verdad, y de reconocer, efectivamente, lo que puede haber de incomprensión por parte de unos, y de arrastre de prejuicios por parte de otros. A mí siempre me ha costado mucho ver las polarizaciones. Cuando veo un debate en el que unos se sientan en una bancada, y en la otra se sientan los otros, ya pienso que está viciado de antemano. Porque ya se supone que yo, que estoy en esta bancada, tengo que decir determinadas cosas. Mientras que lo normal sería que, aun estando en bancadas distintas, pudiéramos estar de acuerdo, aunque fuera en un mínimo matiz.

Además te llaman para esos debates en función de que defiendas la tesis para la que te llaman. Y si no, no vas.

Efectivamente. En el fondo, es una falta de respeto a nuestra individualidad. Porque yo te puedo considerar a ti de derechas o de izquierdas, pero tú eres tú, y tu izquierda puede no ser igual a la mía. Volvemos al problema de los matices. Yo no viví el momento de las polarizaciones en España, pero desde Roma se oía el eco. Por aquello sufrieron todos.

¿Cómo activar la capacidad samaritana de nuestra institución, en este momento tan crítico que estamos pasando?

Cuando se habla de eso, yo misma me siento en una insuficiencia de acción. Yo me he dedicado a dar clases, a conformarme con el sueldo que dan en una universidad pontificia (que a nadie la asombraría: es una remuneración muy limitada), peor no tengo un conocimiento directo de lo que son los grandes comedores. Los he visitado, pero no he servido. Creo que comunicamos mal lo que ya se está haciendo, pero también es verdad que en el Evangelio está dicho que, de lo que haga tu mano izquierda, no se entere la derecha. Hay gente que hace mucho y no dice mucho. Pero ,claro, en esta cultura de las pantallas, esto no vende. Ni existe. Yo puedo decir, por lo que conozco, que la Iglesia está trabajando asombrosamente bien, con una generosidad y una voluntariedad grande. Y viviendo con una sencillez que asombra. Pero si presumieran de eso, ya habrían restado pureza y fuerza a su testimonio. Un dominico francés decía siempre: “No despreciemos los testimonios grises”, pero grises no en el sentido de mediocres, sino de testimonios que no son levantados como bandera. Creo que, mirándolo con objetividad, cualquiera tiene que reconocer que la Iglesia (y toda su capilaridad) está hoy haciendo servicios muy importantes. Hay comedores anualmente sostenidos a diario, con turnos, por parroquias, con aportaciones personales… para familias e inmigrantes. Ésa es la mejor veta de la Iglesia.

¿La socio-caritativa?

Sí. La fe de Navarra, por ejemplo, está muy sostenida por el testimonio de los misioneros.

¿La fe ha dado sentido a tu vida totalmente? ¿Te sientes una mujer realizada, plenamente enamorada de Cristo? ¿Crees que ese sentido se puede comunicar a los demás?

Yo no sé si soy tan profundamente cristiana. El cristianismo es una cosa bien decente.

¡Y no es poco!

Es que en el cristianismo se nos apunta a que tengamos la nostalgia de lo que no hemos llegado a ser, sin culpabilizarnos mucho. Ya seremos. A mí me gusta decir que Dios no humilla.

¿Y ese cristianismo “medio decente” sigue teniendo capacidad de atractivo y de seducción para la gente joven?

Lo creo. A algunos, tristemente, les han apagado las preguntas. Es muy importante que las preguntas surjan desde búsquedas de sentido, porque eso es que seguimos siendo humanos. En la manera de proponer tenemos que tener muy en cuenta esos preámbulos, que no son los tradicionales de la fe, sino las nostalgias, el querer, el deseo.

¿Partir de la realidad actual de la gente de hoy, en lugar de las ideas preconcebidas que teníamos de otras épocas, en las que culturalmente éramos todos cristianos?

Sí. Hay mucha gente para la que las palabras cristianas son muy desconocidas, pero no por eso debemos desistir de intentar que ensanchen sus campos de preguntas. Ahí tenemos un factor muy importante, también culturalmente: abrir las preguntas para explicar una materia.

¿Hay capacidad de recepción?

Está ahí, aunque esté dormida, como decían de la esperanza (“la dama velada que duerme en el fondo del alma”). También es así con las preguntas. Ciertamente, no es fácil, porque la distancia cultural es muy grande, pero, ¿por qué desistir? Yo no tengo ningún derecho a creer a los jóvenes de hoy con menos dosis de humanidad de la que yo pude tener en la adolescencia. Por eso hay posibilidades. No sé qué tipo de cristianismo será el suyo, pero seguiremos buscando.

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